CRÍTICA
Rubén
Corral
El
reparto levanta la película
Pertenece
al hastío del lugar común el decir que la
actuación (que cualquier actuación) de Fernando
Fernán-Gómez es sensacional,
encantadora, sensible, perfecta. Y aunque se
intente evitar el tópico, hay que rendirse ante
la evidencia de que, sin la habitual maestría
interpretativa del director de "Mambrú
se fue a la guerra", esta
película reposaría plácidamente muy cerca de
los fondos de la inanidad, porque es necesario
partir del hecho de que "En la ciudad sin
límites" (Antonio Hernández, 2001) es
una película que se une a la marca de fábrica
del cine español de los años noventa (desde sus
títulos de crédito en movimiento, pasando por
la introducción de imágenes de síntesis,
cromas, efectos especiales o una música de
acompañamiento con tintes de epopeya), con lo
que de ausencia de personalidad estética
implica.
No
escandalizará a nadie el decir que el director
de "El gran
marciano" (2001) llevó mucho más
allá sus límites como realizador en aquella
película experimental y ya caducada pero en la
que, a sabiendas de moverse en el terreno de la
astracanada, pudo ejercitarse con mayor libertad
que en los apretujados e insensatamente rígidos
compartimentos estancos de los géneros de la
nueva industria del cine español. De este modo,
a "En la ciudad sin límites" le pesa
demasiado la obsesión que nos ha caído como una
plaga bíblica desde otras cinematografías
colonialistas de ser encasillada rápidamente
dentro de unas coordenadas genéricas que, en
esta ocasión, son las del thriller. Y esa
marginación del drama (sin más) que parece
convertirse en paranoia entre los productores
españoles perjudica el hecho de que "En la
ciudad sin límites", partiendo de que
Hernández no se habría visto abocado a realzar
con la retórica propia del thriller más
convencional de hoy en día, podría
haber sido un estupendo drama sobre las
especulaciones de una familia de buitres y
gusanos a la espera de la inminente llegada de la
herencia del paterfamilias.
Sin
embargo, una subtrama (de acción, de espionaje,
de misterio) que termina absorbiendo el resto de
la historia, se interpone en ese propósito. Una
subtrama que nace de los recuerdos de Max
(Fernán-Gómez), un anciano a punto de morir y
que termina remitiendo -una vez más- a la
dictadura franquista, a la represión política y
social o a la homofobia. De este modo, de una
historia ubicada en el fondo de la película que
parecía remitir a "Lemmy Caution contra
Alphaville" (Alphaville, Jean-Luc
Godard, 1965) por lo descabellado de la
confusión mental de Max, un hombre que confunde
pasado, presente y futuro, termina acercándose
más a "La guerra ha terminado" (La
guerre est finie, Alain
Resnais, 1966). No hay que ser muy avispado
para entender que los títulos citados no guardan
demasiados puntos en común. El paso de
"una" película a "otra"
explica la estupefacción del espectador ante un
cambio tan abrupto que no sólo cambia el tono de
la película, sino que aisla historias a medio
contar y frustra muchas expectativas (o recupera
la atención de los que pretendían encontrar esa
"segunda" película, según se mire).
Durante
este tránsito desde el marginado drama desnudo
al consolidado género el espectador gozará con un
plantel de actores no sólo excepcional nada más
mirar sus nombres sino, sobre todo, en estado de
gracia, capaces de dar credibilidad a
personajes de dudosa profundidad (Adriana
Ozores y Roberto Álvarez están
sensacionales en sus embates con unos personajes
que rozan pero nunca caen en lo caricaturesco) o
de dotar de cuerpo a otros cuya escasa
repercusión en la trama les podría haber
arrinconado sin más en un marasmo de personajes
(Ana Fernández y Leticia
Brédice en encarnizada y desarrapada pugna
por el amor de Leonardo Sbaraglia). Pero
sobre todos ellos -lo que es decir mucho- brillan
Fernando Fernán-Gómez, como el viejo loco con
manía persecutoria al que atosigan los
remordimientos, y Alfredo Alcón que, con
sólo dos apariciones, es capaz de llenar la
pantalla y dotar de un magnetismo arrollador al
-por otra parte- personaje más carismático de
los presentados en el guión de Hernández y Brasó.
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