CRÍTICA
Julio
Rodríguez Chico
La
mentira contada desde la locura

Tras una
buena acogida en la Berlinale, se estrena en
nuestro país En la ciudad sin límites, una
película de carácter autobiográfico de Antonio
Hernández, que le da
también su personal toque político y moral.
Como ya hizo en su anterior película Lisboa al mostrar
la vida de su hermana, ahora vuelve a trasmitir
lo que tiene en el corazón: decide adentrase en
el mundo creado por la locura de su padre, para
así comprenderle y pedirle perdón, pues -como
ha declarado- "murió completamente
solo", incomprendido por los suyos.
Aparentemente ese cariño y ese recuerdo lleno de
nostalgia podrían explicar el cuidado que
respiran cada uno de sus planos.
Sin
embargo, a tenor de sus declaraciones, todo
indica que detrás de esta realización también
está la intención de romper una lanza a
favor de las células comunistas en el exilio
-como ya hiciera Resnais en La
guerra ha terminado- y a toda
su ideología vital, donde el adulterio o la
homosexualidad cobran carta de naturaleza frente
a la moral imperante en esos momentos. Esto
último lo hace de manera astuta y sibilina, al
no mostrar sus cartas hasta el final de la
película, cuando ya ha ganado al espectador para
su causa y dejado maltrecha a la protagonista
interpretada estupendamente por Adriana
Ozores.
Durante
doce años ha ido puliendo el guión, buscando el
modo en que el espectador viese la realidad con
la mente de Max, un enfermo terminal de cáncer
que ahora empieza a perder la razón. En torno a
él se reúnen, en París, sus tres hijos con sus
mujeres, novias y amantes; pronto se crea una
atmósfera de intriga y secretos inconfesados,
alimentada por la dura actitud de Marie, la
esposa del anciano, que trata de impedir que su
hijo Jaime indague en el pasado.
De
manera pareja y equilibrada asistimos durante la
proyección a un doble drama. Por un
lado el vivido por Max en el interior de su
cabeza, al revivir angustiosamente el pasado de
su lucha comunista desde la resistencia en
París. De otra, el mundo de mentira sobre el que
Marie ha construido su existencia, o las vidas
sentimentales de las tres parejas labradas sobre
la infidelidad y el egoísmo encubierto.
En
definitiva, una historia sobre la memoria y el
pasado con su trama política tocada de refilón,
sobre la mentira en la que se construyen vidas de
aparente solidez y armonía familiar, y sobre el
amor y la muerte que coloca a cada uno en el
lugar que le corresponde. Es la historia de la
vida -al menos de la vida del director- contada
despertando emociones pero no sentimentalismos,
inquietudes y perplejidades, llanto y rabia por
la mezquindad de algunos. Antonio Hernández
reclama así el derecho de cualquiera a elegir
cómo vivir y morir, pero lo hace desde la trampa
y al margen de cualquier planteamiento moral: nos
presenta al anciano Max como un ser
encarcelado en el hospital y que busca en lo
profundo de su mente, en su locura, la libertad
para ser él mismo y evadirse, su ciudad sin
límites.
El guión
está construido con mesura y equilibrio,
dosificando adecuadamente la información acerca
del pasado y sobre las relaciones entre los
miembros de la familia. El espectador va
conociendo paulatinamente los deseos ocultos que
animan a cada uno de ellos, los amores no
correspondidos, la ambición por el poder o la
herencia, logrando uno personajes principales con
personalidades bien matizadas. El trabajo
de Fernando Fernán-Gómez es
antológico, lo que no es ninguna
sorpresa: con sobriedad y mesura, con gestos
llenos de vida y sencillez da vida a un enfermo
que vive atormentado por una culpa del pasado que
no se perdona. Leonardo Sbaraglia le sirve
de comparsa en el personaje de Víctor, el hijo
que valientemente busca la verdad de ese pasado
oculto que ahora vuelve a la cabeza de su padre,
con el único deseo de darle paz y consuelo en
sus últimos momentos; su papel es notable y
aporta dramatismo y emotividad a la historia.
También es destacable la actuación de Ana
Fernández, que interpreta con frescura y
sensibilidad el papel de cuñada adúltera; o de
Adriana Ozores, con toda la fuerza y carácter de
la mujer abandonada por el marido pero que no se
resigna a quedar relegada. El resto de los
personajes apenas están esbozados.
Si
cuidado y medido está el guión, no lo es menos
la planificación de las secuencias. La cámara
busca mostrar la realidad que ve un loco,
y por eso se mueve continuamente escudriñando
los rostros o recorriendo las calles de Madrid o
París. Antonio Hernández demuestra un
virtuosismo técnico y se permite jugar con el
tiempo e introducir varios ralentíes o
sobreimpresiones que reflejan el transcurrir de
las horas, experimentar con el tratamiento
digital de las imágenes, o ir dando más luz a
la fotografía conforme se va esclareciendo la
trama. La música de Víctor Reyes merece un
comentario especial dado el protagonismo que toma
en muchos momentos en que el diálogo le cede
paso, hasta tal punto que quizá subraye en
exceso los derroteros dramáticos o emotivos que
toma la historia. Es decir, todo un despliegue
técnico al servicio de una causa entre lo
político-moral y lo personal.
Imágenes
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