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EN LA CIUDAD SIN LÍMITES


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Dirección: Antonio Hernández.
Países:
España, Argentina.
Año: 2001.
Duración: 120 min.
Interpretación: Leonardo Sbaraglia (Víctor), Fernando Fernán-Gómez (Max), Geraldine Chaplin (Marie), Ana Fernández (Carmen), Alfredo Alcón (Rancel), Leticia Brédice (Eileen), Adriana Ozores (Pilar), Roberto Álvarez (Luis), Álex Casanovas (Alberto).
Guión: Antonio Hernández y Enrique Brasó.
Música: Víctor Reyes.
Fotografía:
Unax Mendia.
Montaje: Javier Lafaille y Patricia Enis.
Vestuario: Cristina Caspueñas y Laura Herrera.

 

CRÍTICA

Julio Rodríguez Chico

La mentira contada desde la locura

Tras una buena acogida en la Berlinale, se estrena en nuestro país En la ciudad sin límites, una película de carácter autobiográfico de Antonio Hernández, que le da también su personal toque político y moral. Como ya hizo en su anterior película Lisboa al mostrar la vida de su hermana, ahora vuelve a trasmitir lo que tiene en el corazón: decide adentrase en el mundo creado por la locura de su padre, para así comprenderle y pedirle perdón, pues -como ha declarado- "murió completamente solo", incomprendido por los suyos. Aparentemente ese cariño y ese recuerdo lleno de nostalgia podrían explicar el cuidado que respiran cada uno de sus planos.

Sin embargo, a tenor de sus declaraciones, todo indica que detrás de esta realización también está la intención de romper una lanza a favor de las células comunistas en el exilio -como ya hiciera Resnais en La guerra ha terminado- y a toda su ideología vital, donde el adulterio o la homosexualidad cobran carta de naturaleza frente a la moral imperante en esos momentos. Esto último lo hace de manera astuta y sibilina, al no mostrar sus cartas hasta el final de la película, cuando ya ha ganado al espectador para su causa y dejado maltrecha a la protagonista interpretada estupendamente por Adriana Ozores.

Durante doce años ha ido puliendo el guión, buscando el modo en que el espectador viese la realidad con la mente de Max, un enfermo terminal de cáncer que ahora empieza a perder la razón. En torno a él se reúnen, en París, sus tres hijos con sus mujeres, novias y amantes; pronto se crea una atmósfera de intriga y secretos inconfesados, alimentada por la dura actitud de Marie, la esposa del anciano, que trata de impedir que su hijo Jaime indague en el pasado.

De manera pareja y equilibrada asistimos durante la proyección a un doble drama. Por un lado el vivido por Max en el interior de su cabeza, al revivir angustiosamente el pasado de su lucha comunista desde la resistencia en París. De otra, el mundo de mentira sobre el que Marie ha construido su existencia, o las vidas sentimentales de las tres parejas labradas sobre la infidelidad y el egoísmo encubierto.

En definitiva, una historia sobre la memoria y el pasado con su trama política tocada de refilón, sobre la mentira en la que se construyen vidas de aparente solidez y armonía familiar, y sobre el amor y la muerte que coloca a cada uno en el lugar que le corresponde. Es la historia de la vida -al menos de la vida del director- contada despertando emociones pero no sentimentalismos, inquietudes y perplejidades, llanto y rabia por la mezquindad de algunos. Antonio Hernández reclama así el derecho de cualquiera a elegir cómo vivir y morir, pero lo hace desde la trampa y al margen de cualquier planteamiento moral: nos presenta al anciano Max como un ser encarcelado en el hospital y que busca en lo profundo de su mente, en su locura, la libertad para ser él mismo y evadirse, su ciudad sin límites.

El guión está construido con mesura y equilibrio, dosificando adecuadamente la información acerca del pasado y sobre las relaciones entre los miembros de la familia. El espectador va conociendo paulatinamente los deseos ocultos que animan a cada uno de ellos, los amores no correspondidos, la ambición por el poder o la herencia, logrando uno personajes principales con personalidades bien matizadas. El trabajo de Fernando Fernán-Gómez es antológico, lo que no es ninguna sorpresa: con sobriedad y mesura, con gestos llenos de vida y sencillez da vida a un enfermo que vive atormentado por una culpa del pasado que no se perdona. Leonardo Sbaraglia le sirve de comparsa en el personaje de Víctor, el hijo que valientemente busca la verdad de ese pasado oculto que ahora vuelve a la cabeza de su padre, con el único deseo de darle paz y consuelo en sus últimos momentos; su papel es notable y aporta dramatismo y emotividad a la historia. También es destacable la actuación de Ana Fernández, que interpreta con frescura y sensibilidad el papel de cuñada adúltera; o de Adriana Ozores, con toda la fuerza y carácter de la mujer abandonada por el marido pero que no se resigna a quedar relegada. El resto de los personajes apenas están esbozados.

Si cuidado y medido está el guión, no lo es menos la planificación de las secuencias. La cámara busca mostrar la realidad que ve un loco, y por eso se mueve continuamente escudriñando los rostros o recorriendo las calles de Madrid o París. Antonio Hernández demuestra un virtuosismo técnico y se permite jugar con el tiempo e introducir varios ralentíes o sobreimpresiones que reflejan el transcurrir de las horas, experimentar con el tratamiento digital de las imágenes, o ir dando más luz a la fotografía conforme se va esclareciendo la trama. La música de Víctor Reyes merece un comentario especial dado el protagonismo que toma en muchos momentos en que el diálogo le cede paso, hasta tal punto que quizá subraye en exceso los derroteros dramáticos o emotivos que toma la historia. Es decir, todo un despliegue técnico al servicio de una causa entre lo político-moral y lo personal.


Imágenes de En la ciudad sin límites - Copyright © 2001 Zebra Producciones. Todos los derechos reservados.

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La Butaca © 1999 Ángel Castillo Moreno. Valencia (España)
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