CRÍTICA
Julio
Rodríguez Chico
La
cárcel del dolor

El actor Todd Field ha
sorprendido a todos con esta opera prima de bajo
presupuesto, que rezuma madurez y dominio
fílmico. Nominada a cinco Oscar© y premiada
hasta la saciedad, retrata con maestría
el drama de un matrimonio americano, de clase
burguesa y formación humanística, al ser
asesinado su único hijo por el ex marido de su
novia.
La
narración es lineal y el ritmo progresivo y muy
medido, dosificando adecuadamente toda la
información de manera que el espectador sea
conducido poco a poco hasta llegar a conocer el
alma doliente de cada personaje. La hondura,
definición y complejidad de cada uno de ellos
especialmente del padre y de la madre
hace que suframos su misma soledad y choque
existencial frente al dolor, gracias a una
planificación basada en abundantes primeros
planos y a la excelente interpretación de Tom
Wilkinson y Sissy Spacek.
Descubrimos
a Matt un padre racional, sensato y
liberal, y a Ruth una madre muy
sensible, hiperprotectora e implacable como
dos seres que viven para su hijo, pero con dos
formas diferentes de educar y manifestar esa
preocupación. A la hora del dolor por la muerte
de Frank, él sufrirá su ausencia entre sus
cosas, en su habitación, y sabrá dejarse ayudar
por sus amigos; ella se verá encerrada en la
habitación de su propia mente, incapaz de
perdonar al asesino impune y al que ve por todas
partes, y moverá todos los hilos de la venganza.
Asistimos al mismo shock que Tykwer nos
presentó el año pasado en La
princesa y el guerrero
donde el protagonista no podía salir del
servicio de la gasolinera donde murió su
mujer, a los críticos momentos en que la
soledad y la incomunicación se adueñan de la
persona, que no logra digerir la muerte de un ser
querido y se recrimina responsabilidades sobre lo
sucedido. Es una pena que en ninguno de los casos
hayan profundizado más y atisbado el sentido del
dolor en el perfeccionamiento para la persona.
"Dos
es compañía, tres son multitud". Este
aforismo dicho por Ruth a su marido podría
actuar como leit-motiv para toda la película.
Por un lado, queda así referida la difícil
situación derivada de una relación con una
mujer divorciada y de clase social inferior: en
este sentido, supone una crítica a la
estratificación social en clases, también
presente en los Estados Unidos. Por otro, ese
tercer personaje el hijo para el padre, el
asesino para la madre actúa como una
sombra o fantasma que flota en el ambiente y que
coge cuerpo en la mente, hasta poner en peligro
incluso el matrimonio.
Al dibujar
esa situación familiar y presentar esas dos
psicologías complementarias, no son casuales las
ocupaciones de los padres (médico y profesora de
música), ni el drama previo del divorcio de
Natalie magnífica Marisa
Tomei o la falta de confianza en la
justicia. Es un mundo aparentemente tranquilo y
feliz como el ofrecido de Maine, esa
localidad portuaria donde se respira paz para
pescar o asistir a una fiesta popular, pero
donde el drama va por dentro, en la vida de cada
persona.
La
situación dramática está llena de momentos de
tensión emocional, buceando hasta los rincones
más recónditos del alma a través de rostros
llenos de expresividad, y sin necesidad de
recurrir a crisis agudas y estridentes. El
desenlace está mejor conseguido que en la
película de Nanni Moretti (La
habitación del hijo), aún
considerando que sus personajes obedecen a
mentalidades y estilos cinematográficos
distintas.
El guión
parte de un breve cuento de André
Dubus, y conserva las características
clásicas de la narrativa americana. Pero ante
todo estamos ante una lección de cine narrado a
través de imágenes que cuentan la historia a la
vez que invitan a la reflexión sobre esa misma
realidad. El inteligente uso de la elipsis y de
la dilatación del tiempo cuando la situación
interior de los personajes así lo exige, el
asociacionismo de imágenes y un tratamiento
elocuente del silencio contribuyen decisivamente
a la fluidez de la trama y a que el espectador
cale en el dolor de los protagonistas.
Todd Field
nos ofrece, pues, una muestra de cine humanista
en la línea de sus admirados Ozu, Bergman o Renoir con
una serena radiografía del dolor, visto desde la
óptica complaciente del mundo americano.
Imágenes
de En la habitación - Copyright © 2001 Good
Machine, Green Street Films y Miramax Films.
Fuente: Lauren Films. Todos los derechos
reservados.
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