CRÍTICA
Manuel
Márquez
Si hay una
sección que, entre las bien nutridas
estanterías de los grandes almacenes "Cine
de intriga made in U.S.A.", destaca por su
pujanza y vitalidad, ésa es la sección
"Timos varios y estafas diversas",
filón inagotable dentro del género de suspense,
cuya enumeración de títulos se nos haría
interminable. Hasta tal punto ello es así, que
no es infrecuente que lleguen a coincidir en la
cartelera varias películas pertenecientes a
dicho rubro, como está sucediendo actualmente
con dos films como Oceans
eleven, de Steven
Soderbergh, y ésta, objeto de la presente
reseña crítica, The prime gig (Estafadores),
de Greg Mosher (U.S.A.,
2001), ambas proyectándose de forma simultánea
en nuestra pantallas comerciales.
No obstante
lo antes indicado, escasas similitudes, más
allá de la coincidencia de género y temática,
nos plantean ambas películas, y quizá la más
reseñable de sus diferencias (porque es la que
determina el abismo que las separa) sea la que
atañe a sus pretensiones. Mientras la película
de Soderbergh es una apuesta industrial fuerte,
destinada a reventar taquillas -y para ello,
despliega su "armamento" en todos los
"frentes": reparto, presupuesto,
promoción, etc...-, The prime gig si
por algo destaca, es por su sencillez, su clara
vocación de film menor, hasta el punto
de que llega a resultar sorprendente que alcance
un estreno de amplitud bastante respetable por
las salas de nuestro país.
Y no carece
de sus bazas para colocar sobre el tapete: sobre
todo -y suponemos que con ese aval, básicamente,
habrá conseguido el "asalto a las
carteleras"-, cuenta con un plantel
de intérpretes más que estimable,
encabezado por un Ed Harris muy
consolidado (y que cumple las expectativas, con
su solvencia habitual, de manera muy sobrada), al
que acompañan dos aspirantes a estrellas que
andan bastante desubicados en estos últimos
tiempos, como son Vince Vaughn y Julia
Ormond -aunque, en honor a la verdad, no
parece que vaya a ser su interpretación en esta
película la que los vaya a resituar en
"órbita estelar", especialmente al
primero, un trasunto del peor de los "Mickey
Rourkes" que uno pueda recordar...-, y,
además, un pelotón de secundarios de auténtico
lujo, entre los que destacan Wallace
Shawn y Stephen Tobolowski (a estas
alturas, dos auténticos clásicos...), y de los
que lo único que cabe lamentar es que su
actuación no pase de ser casi episódica, en la
medida en que se ciñe a la fase inicial de la
película, aquélla que sirve para presentarnos e
introducir en la trama al personaje principal.
El problema
es que hay poco más... El director, Gregory
Mosher, sin excesiva experiencia previa, procede
del medio televisivo, y no deja de notársele el
oficio: la película no chirría en ningún
momento, y se desenvuelve con claridad en el
desarrollo de su trama (algo siempre de
agradecer: no vayan a creer que en toda película
de enredo, sea de la modalidad que sea, esa
cualidad se presenta de manera automática...),
pero transmite en todo momento una
sensación de "déjà vu", y es tan
predecible, que no llega nunca a entusiasmar -es
decir, a intrigar un mínimo-.
Esa
proliferación a la que se aludía al principio
hace cada vez más complicado el pergeñar
argumentos originales, y tampoco tendría mucha
lógica esperar el estreno de una obra maestra
del suspense cada dos meses, pero también es
evidente que, si no en los aspectos centrales de
la trama, siempre es factible el explotar nuevos
elementos en los aspectos accesorios, o
laterales, y en esta película falla esa voluntad
transgresora, no habiendo salida alguna de los
caminos más trillados, con lo cual, más allá
de gustar o no gustar, termina resultando
víctima de la más terrible de las catástrofes:
cuando aún no has terminado de verla, ya
te estás olvidando de que la viste; y
el olvido, ay, esa condena, no tiene
redención...
Imágenes
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