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GUERREROS


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Dirección: Daniel Calparsoro.
País:
España.
Año: 2001.
Duración: 95 min.
Interpretación: Eloy Azorín, Eduardo Noriega, Rubén Ochandiano, Carla Pérez, Jordi Vilches, Roger Casamajor, Iñaki Font, Sandra Wahlbeck, Olivier Sitruk.
Guión: Daniel Calparsoro y Juan Cavestany.
Producción ejecutiva: Fernando Bovaira y Enrique López Lavigne.
Música: Najwajean.
Fotografía:
Josep M. Civit.
Montaje: Julia Juaniz.
Dirección de producción: Javier Arsuaga.
Dirección artística: Juan Botella.

 

CRÍTICA

Rubén Corral

Propósito de enmienda

Emprender el proyecto de una película bélica no es algo habitual en el cine español. En los últimos años, sólo el maniáticamente escurridizo Gerardo Herrero (que compagina con desgracia labores de producción en películas como "Antigua vida mía" y de dirección en otras como "El lugar donde estuvo el paraíso", ambas horripilantes) lo había intentado con la adaptación de la novelita de Arturo Pérez-Reverte "Territorio Comanche". El éxito en su empresa fue muy discutible.

No estoy capacitado para valorar la carrera de Daniel Calparsoro, de cuyo cine me apeé tras soportar una de las películas más aburridas (y pese a ello, de culto, no lo ignoro) del cine español, "Salto al vacío". Sin embargo, con "Guerreros", Calparsoro ha demostrado que se encuentra en camino hacia un cine tolerable, en muchas ocasiones digno y en otras hasta brillante, convenientemente salpicado, no obstante, con irritantes dosis de modernidad mal digerida e innecesarios guiños a "La chaqueta metálica" (Full metal jacket, Stanley Kubrick, 1987).

Sin embargo, y contra todo pronóstico, en "Guerreros" lo mejor se encuentra en la tarea de Calparsoro, sobre todo en tareas de dirección, que es capaz de dotar de los necesarios arrestos de espectacularidad en momentos clave a una acción que debe evitar la pirotecnia continua que permite las inversiones multimillonarias (de las que, como todo el cine español, huelga decir, carece) que facilitan exceso pantagruélicos como los del arranque y cierre de "Salvar al soldado Ryan" (Saving private Ryan, Steven Spielberg, 1998), por citar el caso paradigmático en lo que a moderno cine bélico se refiere. Estos buenos momentos de espectáculo (como el ataque de los albano-kosovares a las fuerzas francesas y españolas de la KFOR) se compaginan con otros muy conseguidos, aunque menos aparentes, como el "rescate" de una mujer herida por una mina.

Desde luego, lo más logrado se encuentra en la comprobación de que la educación visual de Calparsoro ha subido muchos enteros desde su debut en el largometraje. En aquella ocasión, como en todos sus otros films (hasta este), la protagonista era Najwa Nimri. Aquí, su ex compañera se encarga, junto a Carlos Jean, de una banda sonora excepcional, tan por encima de los acomodados arreglos orquestales con los que, con demasiada frecuencia nos atosigan los popes del engalanaje musical patrio. La combinación de la partitura original con un tema sublime del extraordinario músico armenio Arto Tuncboyaciyan la hace elevarse también por encima de una película cuyos inconvenientes surgen a partir de lo explicado hasta ahora.

Ni siquiera puede hablarse de que las interpretaciones o que la segunda mitad de la historia sean monótonas, ni siquiera se puede decir que puedan dejarse pasar. Resultan directamente molestas. En el caso del reparto, al habitualmente insípido Eduardo Noriega hay que añadir decepcionantes actuaciones de un sobreactuado Eloy Azorín (en el papel protagonista), un apocado Rubén Ochandiano (como su sargento) y un sorprendentemente plano -porque lo tenía en un pedestal tras "Krámpack"- Jordi Vilches (como el típico suboficial borde). Por otro lado, el desvarío a que somete la acción Calparsoro como guionista, junto a Javier Cavestany, a su película tras la llegada a la localidad de la "zona de exclusión" tomada por paramilitares serbios alcanza cumbres de ridiculez en la histérica huida de la prisión de Azorín o en los incomprensibles ataques de locura que se convierten en habituales tras la recuperación del pueblo por los albano-kosovares.

Pese a ello, y dado que las expectativas hundidas desde "Salto al vacío" auguraban un descalabro que no es, hace albergar esperanzas para que Calparsoro, tal y como ha hecho Almodóvar, supere su tendencia al exceso y se centre en unas labores de dirección que apuntan a que este vasco se convierta en una realidad del cine español.


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