CRÍTICA
Rubén
Corral
Propósito
de enmienda

Emprender
el proyecto de una película bélica no es algo
habitual en el cine español. En los últimos
años, sólo el maniáticamente escurridizo Gerardo
Herrero (que compagina con desgracia
labores de producción en películas como "Antigua vida mía" y de
dirección en otras como "El lugar
donde estuvo el paraíso", ambas
horripilantes) lo había intentado con la
adaptación de la novelita de Arturo
Pérez-Reverte "Territorio Comanche". El éxito
en su empresa fue muy discutible.
No estoy
capacitado para valorar la carrera de Daniel
Calparsoro, de cuyo cine me apeé tras
soportar una de las películas más aburridas (y
pese a ello, de culto, no lo ignoro) del cine
español, "Salto al vacío". Sin
embargo, con "Guerreros", Calparsoro
ha demostrado que se encuentra en camino hacia un
cine tolerable, en muchas ocasiones digno y en
otras hasta brillante, convenientemente
salpicado, no obstante, con irritantes dosis de
modernidad mal digerida e innecesarios guiños a "La
chaqueta metálica" (Full
metal jacket, Stanley Kubrick, 1987).
Sin embargo, y contra todo
pronóstico, en "Guerreros" lo mejor se
encuentra en la tarea de Calparsoro, sobre todo
en tareas de dirección, que es capaz de dotar de
los necesarios arrestos de espectacularidad en
momentos clave a una acción que debe evitar la
pirotecnia continua que permite las inversiones
multimillonarias (de las que, como todo el cine
español, huelga decir, carece) que facilitan
exceso pantagruélicos como los del arranque y
cierre de "Salvar al
soldado Ryan" (Saving
private Ryan, Steven Spielberg, 1998), por
citar el caso paradigmático en lo que a moderno
cine bélico se refiere. Estos buenos momentos de
espectáculo (como el ataque de los
albano-kosovares a las fuerzas francesas y
españolas de la KFOR) se compaginan con otros
muy conseguidos, aunque menos aparentes, como el
"rescate" de una mujer herida por una
mina.
Desde
luego, lo más logrado se encuentra en la
comprobación de que la educación visual de
Calparsoro ha subido muchos enteros desde su
debut en el largometraje. En aquella ocasión,
como en todos sus otros films (hasta este), la
protagonista era Najwa Nimri. Aquí, su
ex compañera se encarga, junto a Carlos Jean, de una
banda sonora excepcional, tan por encima
de los acomodados arreglos orquestales con los
que, con demasiada frecuencia nos atosigan los
popes del engalanaje musical patrio. La
combinación de la partitura original con un tema
sublime del extraordinario músico armenio Arto
Tuncboyaciyan la hace elevarse también
por encima de una película cuyos inconvenientes
surgen a partir de lo explicado hasta ahora.
Ni
siquiera puede hablarse de que las
interpretaciones o que la segunda mitad de la
historia sean monótonas, ni siquiera se puede
decir que puedan dejarse pasar. Resultan
directamente molestas. En el caso del
reparto, al habitualmente insípido Eduardo
Noriega hay que añadir decepcionantes
actuaciones de un sobreactuado Eloy
Azorín (en el papel protagonista), un
apocado Rubén Ochandiano (como su
sargento) y un sorprendentemente plano -porque lo
tenía en un pedestal tras "Krámpack"- Jordi
Vilches (como el típico suboficial borde).
Por otro lado, el desvarío a que somete la
acción Calparsoro como guionista, junto a Javier
Cavestany, a su película tras la llegada a
la localidad de la "zona de exclusión"
tomada por paramilitares serbios alcanza cumbres
de ridiculez en la histérica huida de la
prisión de Azorín o en los incomprensibles
ataques de locura que se convierten en habituales
tras la recuperación del pueblo por los
albano-kosovares.
Pese a
ello, y dado que las expectativas hundidas desde
"Salto al vacío" auguraban un
descalabro que no es, hace albergar esperanzas
para que Calparsoro, tal y como ha hecho
Almodóvar, supere su tendencia al exceso y se
centre en unas labores de dirección que apuntan
a que este vasco se convierta en una realidad del
cine español.
Imágenes
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