CRÍTICA
por José
Luis Santos
Si hacemos
una generalización quizás en exceso facilona e
incompleta podemos llegar a la conclusión de que
el cine de terror-suspense nos presenta en los
últimos tiempos una triple vertiente (dejando
por supuesto al margen al insoportable gore): en
primer lugar está la escuela más clásica, con
una fotografía cuidada, ambientes estáticos y
asfixiantes y bandas sonoras inquietantes y
tormentosas, cuyos ejemplos recientes más claros
y elegantes son sin duda la casi impecable "Los otros" de Alejandro
Amenábar y la desasosegante "El sexto
sentido" de M. Night
Shyamalan. En segundo lugar nos encontramos
con lo que podríamos denominar la escuela del
"terror adolescente", desde luego la
menos interesante y la más prescindible, con los
consabidos ejemplos de pseudo-filmes como "Scream" (lástima
que no se quedó en un corto con sus espléndidos
primeros 10 minutos, lo único aprovechable) o "Sé
lo que hicisteis el último verano". Por
último, y como la más reciente, nos encontramos
entre ambas con una tercera tendencia
pretendidamente más sofisticada, con realizaciones
apoyadas claramente en una estética cercana al vídeoclip,
movimientos de cámara acusados y rápidos,
efectos que a menudo tratan de enmendar unos
pobres contenidos (véase "Poseídos"), y el
apoyo en ocasiones de bandas sonoras de corte
tecno (véase "The hole") que en
combinación con el juego de imágenes buscan
realzar el ritmo. Y es en este tercer grupo donde
encaja el segundo trabajo para la gran pantalla
de Mark Pellington tras la
estimable "Arlington Road".
Con una
temática
paranormal-fantasmagórico-semialienígena, al
más puro estilo de "Expediente X",
"Mothman, la última profecía"
evidencia claramente el origen de su realizador
como director de vídeos musicales en la
archiconocida MTV y de grandes espectáculos
audiovisuales (como el "Zoo TV" de U2),
mostrando ese ambiente de vídeoclip al que
hacíamos referencia, que fuerza al máximo con
multitud de recursos efectistas para tratar de
realzar el pulso narrativo, consiguiendo un ritmo
más que aceptable en su primera mitad, si bien a
partir del ecuador de la cinta se empieza a
evidenciar un cierto cansancio ante los continuos
artificios que la cámara asume, y que conforme
se van repitiendo van perdiendo efectividad en su
intento de mantener una intensidad máxima de
forma continuada a lo largo de toda la historia,
que además muestra una sensible decadencia en su
parte final. Una historia basada en la novela
homónima del periodista John Keel que
supuestamente se basa a su vez en los hechos
reales acontecidos en el pueblo de Point Pleasant
en 1967, desarrollando un guión que si bien no
inventa nada que no hayamos visto ya, sí
mantiene durante gran parte de la filmación un
cierto interés y una aceptable dignidad,
consiguiendo captar la atención del espectador y
mantenerlo relativamente fiel, a pesar de que
conforme se va acercando el desenlace van
incrementándose los cabos sueltos y los
tópicos hacen que el conjunto se vaya
resintiendo para quedar reducido a un producto de
mero entretenimiento que llega muy justito de
fuerzas al final de un metraje tal vez excesivo
para no contar nada nuevo.
La gran
virtud del film de Pellington es sin lugar a
dudas el mantener oculta la amenaza,
integrándola en el ambiente y no
tangibilizándola más allá de los dibujos
atormentados de quienes dicen haber visto a
Mothman, consiguiendo así un efecto más
envolvente que prolonga el misterio más allá de
un insípido monstruo chisporroteante, babeante o
sanguinolento que difícilmente a estas alturas
hubiera podido sorprender los excesivamente
martilleados ojos del espectador, redondeándose
el efecto con la utilización continua de
primeros planos muy cerrados que catalizan la
sensación de desazón ante lo que puede
sobrevenir ante la cámara en cualquier momento.
Esto hace que a pesar de no innovar en nada ni
aportar una visión del tema especialmente
interesante (la idea de las premoniciones
catastróficas la hemos visto más veces tanto en
el cine como en la literatura, una de las más
recientes en la novela "Fuego
frío" del habitual del terror Dean R.
Koontz) la película no aburre y se deja
ver, denotando un esfuerzo por encajar en su
guión algunas piezas que a pesar de lo
atropellado y excesivamente recurrente de la
parte final al menos la colocan algo por encima
en ambición de otros frutos hollywoodienses
recientes de su género como la plana
"Poseídos", la por momentos ridícula "La
bendición", o la
irregular "Premonición".
Respecto al
reparto, un Richard Gere ("Pretty
Woman", "El primer
caballero", "Sommersby") que
tendrá que aportar algo más para hacerse
perdonar bodrios como "Laberinto
rojo" disfruta como un enano (budista,
por supuesto) con un papel tan pretendidamente
espiritual (qué más quiere un ciego que ver,
suele decirse...) con el que se puede afirmar que
cumple, si bien su personaje, si hubiera estado
escrito de forma más exhaustiva, hubiera podido
dar para emociones y contradicciones más
jugosas, y hubiera exigido una colección
gesticular más compleja y profunda, pero tampoco
se le puede pedir que vaya más allá de las
carencias del guión. Mientras, Laura
Linney ("El show de
Truman"), que ya compartió pantalla
con Gere en "Las dos caras de la
verdad", trata como puede de sacar adelante
un personaje dibujado por el guión con trazo
torpe, sobretodo en su relación con el
protagonista, introducida en mi opinión de forma
insuficiente. Destacar entre los secundarios a un
eficaz Will Patton ("Armageddon", "60 segundos") que ayuda
a dar consistencia a la historia convirtiéndose
posiblemente en lo más creíble de la misma.
En fin, si
son ustedes propensos a creer en historias
paranormales tal vez disfruten con "Mothman,
la última profecía", y puede que
incluso lleguen a aceptar la aparición de tan
misteriosa criatura precediendo a las grandes
desgracias allí donde éstas están a punto de
acontecer. Yo, personalmente, me temo que por
hechos empíricos no voy a poder aceptar su
existencia: cuando fui a ver "Moulin
Rouge" el amigo Mothman ni tan
siquiera tuvo la consideración de asomar la
nariz para intentar avisarme de lo que se me
venía encima... Créanme, jamás se lo
perdonaré, porque aquéllo sí que fue una
catástrofe...
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