CRÍTICA
Julio
Rodríguez Chico
Laberinto
onírico en el vacío

Tras una
génesis tortuosa de lo que comenzó
siendo una serie para la televisión, David
Lynch da una vuelta de
tuerca y nos presenta una película retorcida y
críptica con la que vuelve a su estilo propio,
tras el paréntesis de Una
historia verdadera. Lo que
ahora nos cuenta no tiene nada que ver con lo
real y lo verdadero, sino más bien con la
visión onírica e interior atormentada,
siniestra y a ratos preciosista de su
protagonista, allá donde se confunde la realidad
y la ilusión.
Una joven
alegre, frágil y algo ingenua, Betty, llega a
Los Angeles dispuesta a ser una gran actriz , y
se aloja en el apartamento prestado por su tía.
Allí se encontrará con Rita, una mujer
amnésica, única superviviente de un accidente
en la carretera de Mulholland Drive. En la misma
ciudad, un egocéntrico director de cine ve cómo
tiene que someterse a los productores de su
película, que le imponen a la protagonista. Las
tres tramas se entrecruzarán misteriosa y
oscuramente en búsqueda de su identidad perdida,
con personajes que se debaten entre el amor y la
muerte, entre el éxito y el fracaso.
Lynch ha
insistido en que su película como la
propia vida no puede ser sometida a un
análisis lógico que intente descifrar lo
enigmático y desconcertante del panorama
presentado, y en que toda ella se asienta sobre
unas ideas que hacen funcionar la música, las
imágenes, las interpretaciones... Ciertamente,
la trama no se sostiene si no es moviéndonos en
un universo sin coordenadas, o si no la vemos con
las del propio director. Básicamente,
éstas quedan definidas por una concepción de la
vida en que el amor anula el tiempo y las
identidades personales Vértigo sería la
mejor referencia, donde se confunden los
sexos y se equipara el amor lésbico al
heterosexual (véase el brindis al amor hecho a
tres bandas), y donde se mezcla lo siniestro y lo
cómico. Así, a lo largo de dos horas nos
presentará las piezas inconexas del puzzle, que
en un largo epílogo descifrará parcialmente
tras un fundido en negro que nos traslada a
las profundidades insondables del tiempo y de la
vida ayudado por la indefinición aludida.
Para
el director, la realidad no es más verdadera que
la ilusión o el sueño, y siempre acaba
imponiéndose: el destino hace que sus personajes
estén obligados a amarse en cuantas vidas
tengan. Con esta amalgama etérea de imposturas
donde no hay lugar para la verdad y la realidad
objetiva, Lynch puede manejar todas las cartas
para jugar como le convenga; crea personajes que
pronto se desvanecen y se confunden en un tiempo
indefinido: Betty encuentra en Rita su
complemento originario, Rita es Camilla en un
pasado que se mezcla con el presente, Betty es
Diane en ese mundo de ensueño y deseos
frustrados,... todo le está permitido porque
todo es vacío y hueco.
Eso es lo
que nos ofrece esta película falsa, como el
mundo del celuloide o como la esquizofrenia que
sufre uno de los personajes secundarios. Queda ya
de manifiesto en el pregenérico, al presentarnos
una parejas bailando en una fiesta pop
visión nostálgica de la década de los
cincuenta, tan querida por el director que
se desdoblan en otras idénticas y en siluetas
sobre un fondo chillón, no siempre coincidentes.
O en la actuación a la que asistimos en el Club
del Silencio, en que "todo está grabado, no
hay orquesta". Es el desdoblamiento de
realidad y los universos distintos que se repiten
cíclicamente, pero siempre con la desolación
amorosa y el destino trágico del que nadie puede
sustraerse y ante el que sólo cabe el silencio.
La
película supone también una crítica feroz al
sistema de producción de Hollywood, sufrido por
el propio director: los productores
calificados de banda de gángsters, que
usan de la fuerza y del poder según sus
particulares intereses egoístas son
prototipos de esa misma vaciedad y falsedad antes
aludida. Quiere, por otro lado, que la película
sea un canto al amor, pero no parece que lo
consiga con unas situaciones tan oníricas y
depravantes como las relaciones lésbicas
escenas incluidas de sexo enfermizo y
desagradable que mantienen Rita y Betty, o
la confusión moral que reina en los estudios de
cine.
Como
decía, Lynch vuelve aquí a su universo
estético surrealista, mezcla de belleza y
depravación, con formas abstractas e imágenes
que se suceden sin un sentido lógico, más
propias de ambientes evanescentes de la época
romántica. El guión es complicado y
enigmático, bien construido a partir de unas
ideas y que no se desprende de su origen
televisivo, quedándose en la típica historia
sin fin. Resulta fundamental el empleo de
la música y el tratamiento del sonido para
realzar el misterio, así como la labor de
casting realizada; de las
interpretaciones no se pueden hacer especiales
elogios, quizá porque ni los propios actores
sabían a ciencia cierta qué personalidades
debían interpretar en sus papeles.
Imágenes
de Mulholland Drive - Copyright © 2001 Universal
Pictures. Todos los derechos reservados.
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