CRÍTICA
Mateo
Sancho Cardiel
Rescatada
de los rincones más insondables del universo
onírico, "Mulholland Drive" es una
película para disfrute de aquellos que alguna
vez se han levantado sobresaltados de la cama
fascinados por un sueño que se ha esfumado en
tan sólo un instante, y cuya aspiración es
poder algún día retener ese mundo fascinante
para repasarlo una y otra vez, analizarlo y
complacerse de la complejidad del cerebro humano.
Sí, David
Lynch ha conseguido esta
vez hacer un delirio en su mejor tradición, pero
que tiene la paradoja de ser perfectamente
coherente. Eso no la exime, por supuesto, de
estar abierta a todo tipo de interpretaciones,
a hacer de la ambigüedad su principal arma para
atrapar al espectador. Y vaya si lo atrapa. Desde
el momento en que Betty desembarca en Hollywood
para cumplir su sueño de llegar a ser una gran
estrella y encuentra en el apartamento de su tía
a Rita, todo entrará en una laberíntica trama
que nos deja con la boca abierta y estimula
enormemente nuestro cerebro, ansioso de encontrar
una explicación y voraz por no dejar escapar
cada detalle que, como bien sabemos, encontrará
más tarde su explicación, su respuesta.
Porque,
aunque a veces no lo parezca, nada está en el
cine de Lynch por casualidad. Todo tiene su cómo
y su porqué, porque el universo creado en
"Mulholland Drive" no es trivialmente
onírico, sino que representa la hipocresía, el
espejismo que campa a sus anchas por los grandes
estudios de Hollywood. A modo de aventura
atormentada, de fantasía febril, la mente
turbadora y diabólicamente inteligente del
director afila un gran dardo contra la industria.
Porque esta vez ha planteado una serie de piezas
que encajan a la perfección, pero a las que el
espectador habrá de dar la interpretación
global, totalmente subjetiva, pero siempre
interesante. Son tantas las aristas y los
recovecos que esconde el genial guión de
"Mulholland Drive", las pistas y los
señuelos, que cada espectador agarrará lo que
le resulte más sugerente, significativo o
similar a su propia experiencia. Así,
la historia de amor-admiración entre las dos
actrices propone todo un calidoscopio de
sentimientos y miserias humanas, hasta alzarse
como un retrato de la especie en su voraz
instinto de supervivencia, en su desesperada
búsqueda del amor y del éxito, en su
vertiginosa caída hacia la soledad.
Además de
esta potencia argumental más que considerable y
absolutamente parcial, puesto que no es más que
una perspectiva más, Lynch consigue que
la película fascine desde el primer momento
gracias a un estilo visual único, que nos
sumerge en el ecosistema paranoide y palpitante
que todos llevamos en nuestro interior pero que
jamás sabríamos explicar. Planos
rocambolescos, iluminación hipnótica, decorados
surrealistas y personajes entre lo grotesco y lo
idealizado nos convencen de que la película es
una obra maestra nada más acabar la proyección,
cuando aún no hemos engarzado los cabos del
argumento, porque hemos vivido una experiencia
cinematográfica insólita. Por ello, cuando,
tras horas de meditación y procesamiento de cada
detalle que el filme expresa apreciamos también
su gran complejidad temática, la impresión que
conservamos de esta película es simplemente
colosal, una pieza de orfebre que ha conmocionado
todos nuestros esquemas previos. Y todo gracias a
la soberbia dirección, a esa magnífica e
insobornable personalidad que es David Lynch,
responsable absoluto de un cine que no conoce
barreras, que es siempre innovador y ofrece al
cinéfilo la gran esperanza de que en este arte
no todo está inventado.
Imágenes
de Mulholland Drive - Copyright © 2001 Universal
Pictures. Todos los derechos reservados.
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