CRÍTICA
Rubén
Corral
Novelas

Acerca de
los problemas que entraña la adaptación del
contenido de una novela (o de material de
procedencia exclusivamente literaria) se han
escrito (no pocas) tesis doctorales. Por supuesto
van mucho más allá de señalar las dificultades
meramente técnicas, aunque sea a partir de la
superación de éstas de donde surja toda
teorización posterior. Una vía empleada con
excesiva frecuencia contempla la coincidencia con
el texto de partida en la inclusión de un mismo
inicio y un mismo desenlace. Por el medio suelen
quedar matices y subtramas reducidas a la mínima
expresión, en realidad como reflejo del problema
que implica adaptar el tiempo de lectura de una
novela al tiempo de visión de una película. El
mayor riesgo es ahogar la historia con un ritmo
descompensado, conseguir que, con la inclusión
de todos los puntos de giro del texto original,
se produzca una condensación de momentos
"clave" que agobie la película y al
espectador. En cierta manera de ese pie cojeaba
la honrosa "La casa de
la alegría" (The
house of mirth, Terence Davies, 2001),
basada en la novela de Edith
Wharton (que no quiso mirar, para desgracia
propia, en el espejo de la adaptación de Scorsese en "La
edad de la inocencia"), y de ese
mismo defecto adolece "Otilia", una
película que propone no pocas ideas interesantes
que terminan siendo devoradas por el desarrollo
de la historia.
En cierta
manera, no ser capaz de desprenderse de
su punto de partida literario termina
convirtiéndose en el handicap
esencial de esta adaptación de la novela de Sergio
Galindo. De esta manera, la
búsqueda de ese desenlace predefinido se lleva
por delante la primacía que, en la historia,
estaba logrando esa rebeldía (que no feminista,
aunque se puedan rastrear en ella algunos rasgos
que obedecerían a postulados feministas)
encarnada en Otilia, una mujer marcada desde su
nacimiento por ser la hija del terrateniente de
un pueblo mexicano y con una mancha en la cara
que la haría indeseable ante los ojos de la
sociedad (más) machista del México rural de
principios de siglo. Una vez se libera de su
"función" para esa sociedad que la
rechaza (tener hijos) tras ser contagiada por su
marido de una enfermedad "de esas que
contagian los hombres", Otilia se olvida de
una familia castrante y de un matrimonio de
conveniencia para investirse de una rebeldía
hasta cierto punto adolescente que la lleva a
enfrentarse a la hipocresía que sustenta una
sociedad tan intolerable, agria y decadente como
la que retratara no hace mucho Lucrecia
Martel en su impactante "La ciénaga" (2000).
Además, la
carga de significado que una mancha en la cara de
una mujer consigue la película de Dana
Rotberg entronca excelentemente con todo
ese retrato social efectuado basado en la
representación. De este modo, los espectadores
saldrán de la sala de cine recordando un par de
secuencias que, al menos a mí, me remitieron al
nombre de Luis Buñuel: Otilia
desciende lentamente una escalinata desnuda, con
una especie de casco de mimbre que le cubre toda
la cabeza y zapatos de tacón; y, por otro lado,
Otilia logra seducir al cura del pueblo para que
albergue pensamientos (y casi acciones)
pecaminosos hacia ella.
Sin
embargo, todo este dechado de buenas
intenciones, de exposición de críticas y
personajes bien construidos se desmorona en el
último tercio de película, tras la
marcha de un bandido del que Otilia se enamora. A
partir de entonces, todo lo dicho queda reducido
a un telón muy de fondo en beneficio del
énfasis de un "tragedión" que se ve
venir prácticamente desde el inicio. Además de
dejar en evidencia la falta de nitidez en la
definición del personaje de Alberto Estrella,
este tercer acto se suma a un arranque dubitativo
en la concreción de una película a medio
lograr, en buena parte por culpa de las
servidumbres adquiridas más que hacia la novela
original hacia el "medio-novela".
Imágenes
de Otilia - Copyright © 2000 Alameda Films.
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