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Dirección
y guión: Miguel Ángel Vivas.
País: España.
Año: 2002.
Duración: 108 min.
Interpretación: Georges
Corraface (Jaime), Ana Fernández (Julia), Emilio
Gutiérrez Caba (Lázaro), Alberto Jiménez
(Iván), Carlos Kaniowsky (Tony), Magüi Mira
(Virginia), Ana Otero (Sonia), Jordi Dauder
(Comisario), Héctor Colomé (Abogado de
Lázaro), César Díaz (Juanma), Tatiana
Martínez (Estrella), Sandra Toral (María).
Producción ejecutiva y
dirección de producción: José
Luis Escolar.
Fotografía: Juan Miguel Azpiroz.
Montaje: Pablo
Zumárraga.
Diseño de producción: .
Dirección artística: Bárbara
Pérez Solero. |
CRÍTICA
Julio
Rodríguez Chico
Valoración:
*****
Una
mirada turbia sobre el interior del hombre
Miguel Ángel
Vivas ha ganado la primera edición del
concurso Opera Prima, y lo ha conseguido desde su
pasión por el cine negro americano, al que toma
como patrón para esta película. Más en
concreto, resulta patente la deuda contraída con
Seven (David
Fincher), de la que no logra despegarse.
Comienza
de manera impactante con una escena dura y llena
de expectativas en la que queda patente el
sadismo y morbo con que se sucederán una serie
de asesinatos infantiles. Es el
"comienzo del juego" anunciado en
sangre por el asesino de esta primera víctima,
el bebé de Toni, un policía del cuerpo de
homicidios. El caso se asigna a su compañero de
trabajo Jaime Narbona. Llevado por su intuición
-y también por el odio y la venganza-, el
inspector pronto sospecha de Lázaro Herranz, al
que ya acusó hace años de crímenes similares,
aunque entonces perdiese la causa por falta de
pruebas. Disputas internas en el cuerpo de
policía, matrimonios resquebrajados por la
indiferencia y la infidelidad, y un pasado que
pesa de manera determinante sobre los personajes
marcan el resto de la historia.
Vivas
parte de un guión al uso y sin apenas
aportaciones personales, con un asesino
psicópata y desconocido, unos móviles por
determinar, y una buena dosis de violencia y
sangre -unas veces con imágenes
escabrosas y otras con descripciones tras las
autopsias no menos crudas- y también de sexo,
concesiones a un mercado poco exigente. Se excede
en esas muestras, y también abusa de unos golpes
de efecto con los que pretende mantener en
tensión al espectador. Es cierto que aplica con
acierto y corrección las reglas del suspense -que
se palpa por ejemplo en la escena angustiosa en
que la esposa e hija de Narbona están solas en
casa y se respira la presencia del asesino-, pero
resulta excesivo el efectismo de la música, los
destellos de luz o los trepidantes fogonazos de
fotos y recuerdos que emplea.
Por
supuesto, toda la historia se desarrolla en
ambientes nocturnos, con lluvia en exteriores
opresivos y sombras en interiores inquietantes.
Es un clima en que todo resulta confuso y
ambiguo, donde apenas de distingue la verdad de
la mentira, la persona equilibrada del asesino,
donde se descubre el error de quien se creía
conocer. Vivas hace así su crítica social -tomando
el cuerpo de policía como punto de referencia-
ante la hipocresía e insinceridad dominantes, en
que las apariencias anulan una interioridad que
no llega a descubrirse; de ahí el título de la
película, que indica ese reflejo oscuro y falso
que abunda en la sociedad y la persona. Para
reflejarlo, el director recurre a símbolos
estéticos como son mostrar unas imágenes
tamizadas por el cristal o la cortina de lluvia
que se interpone, o hacer resonar las voces
deformadas por sus ecos o sus recuerdos del
pasado.
Narrativamente
la película pierde fuerza en el momento en que
se descubre el motivo de las desaveniencias entre
Narbona y su mujer, o el porqué del empeño
personal del inspector por incriminar a Lázaro.
A partir de ahí, el ritmo decae y el
suspense sólo se mantiene por el interés en
averiguar la identidad del asesino, para terminar
con un desenlace ya muy repetido en el género.
Las
relaciones personales -especialmente entre los
policías- no quedan tampoco resueltas con
profundidad, en parte por unas interpretaciones
poco convincentes y por un casting no muy
acertado; es una lástima que se dé poco
desarrollo a los papeles de Emilio
Gutiérrez Caba y especialmente de Ana
Fernández, que con pocos minutos demuestran
oficio y capacidad sobrada para encarnar las
personalidades mejor definidas del film. Georges
Corraface da vida a un inspector atenazado
por los fantasmas de su pasado y con escaso
control sobre sus actos, y su actuación resulta
exagerada e histriónica, como si se estuviera
mirando a uno de esos espejos que reflejan su
imagen borrosa.
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