CRÍTICA
Rubén
Corral
There
are two colours in my head
La lista de
burladores cinematográficos es amplísima. Sobre
todo desde que se puso de moda aquello que dieron
en llamar posmodernidad y de lo que ahora estamos
muy orgullosos de renegar para dirigirnos
hacia... ¿Una neoposmodernidad (si no es el
latín, el griego nos proporcionará nuevos
neologismos)?
Esa lista de mentirosos
profesionales goza de la presencia de egregios
directores de cine como Alfred
Hitchcock y está encabezada por el pionero
de la fantaciencia cinematográfica, el francés Georges
Méliès. De un tiempo a esta parte, los
engaños se han sucedido en el cine con una
frecuencia que puede achacarse a la
desorientación del ciudadano occidental, sobre
todo desde un punto de vista sociológico,
político y filosófico. Y, como en todos los
ámbitos de la vida, de estos ilusionistas
siempre se pueden destacar algunos por su
habilidad para conseguir que el espectador mire
hacia el lado vacío y no se percate de la
realidad, o que crea algo que es mentira aunque
se venda como cierto. En el terreno de la
fotografía son conocidos, notorios e incluso
geniales los trabajos del catalán Joan
Fontcuberta y del canadiense Jeff Wall.
Sirviéndose ambos de los avances tecnológicos
se han preocupado de desvestir de realidad a un
medio como la fotografía cuyo presunta función
primigenia era testimoniar el mundo que nos
rodea. Esta realidad se convierte en
verosimilitud en manos de estos pioneros
equiparables a Méliès.
Y en
el cine, últimamente la idea es entretener al
espectador con su confusión, con trompe
loeil insertados en la propia
estructura narrativa de los guiones. Ahí se
sitúan los casos ejemplares del David
Fincher de "El club de
la lucha" (Fight club, 1999)
o "The Game" (id.,
1997). Salvando las muchas distancias que la
separan de la virtud de las películas de
Fincher, también pertenece a este grupo el
tramposete Fabián Bielinsky con su sleeper
"Nueve
reinas" (2000). Y el caso más
irreverente, que bebe, a mi entender, del
tramposo por excelencia, el Orson
Welles de la deslumbrante
"Fraude" (F for fake / Question
mark, 1974), es el de David Lynch, un tipo
que destruye esa barrera entre verdad y mentira
simplemente obviando olímpicamente una
distinción que al mundo onírico de su director
le resbala.
No está en
ese grupo, ni mucho menos, Cameron
Crowe, un director con
un gusto musical extraordinario al que habría
que pedirle que se dedicara a editar
recopilaciones musicales. Sin ir más
lejos, la portentosa selección ideada para
"Vanilla sky" (id., 2001), su última
película, ofrece una idea general de lo que fue
la música de los años noventa. Al menos en una
variante (limitada, por supuesto) moderadamente
popular y reconocida por una élite cultural
familiarizada con las creaciones de grandes
músicos como Thom Yorke (la
ubicación de su canción "Everything
in its right place", en la obertura
del film es, sin duda, un acierto, por su
combinación, en tan sólo un par de versos, de
los dos motores de la vida presente y futura del
protagonista Everything in its right place
/ There are two colours in my head-), Peter
Gabriel, Michael Stipe o Jeff
Buckley y grupos como Spiritualized, The
Chemical Brothers o Red House
Painters. El gusto musical de Crowe ya
quedó demostrado en el acompañamiento musical
de la mediocre "Casi
famosos" (Almost famous,
2000). Y también quedó probado entonces, y
antes en "Jerry Maguire" (id.,
1996), que no estamos ante un director
medianamente interesante ni ante un guionista
dotado para enganchar a un espectador a una
película.
Ahora que
se enfrentaba al remake de ese
desbarajuste fílmico que era y es "Abre
los ojos" (Alejandro
Amenábar, 1997), pensado para mayor gloria
del mecenas y protagonista Tom Cruise, la
opción a seguir basculaba entre copiar al pie de
la letra la película de Amenábar o intentar
llevarla a su terreno personal. En lo que a mí
concierne, y aun a riesgo de parecer prejuicioso,
ninguna de las dos vías llevaba hacia una
película aceptable. Menos condenable, sobre todo
moralmente, era la segunda opción, la que ha
tomado y la que ha convertido "Vanilla
sky" en un epígono para un público
desconocido (que no es el estadounidense), un
altar en el que poner a un Tom Cruise irritante y
sobreactuado en el papel que tan bien
hiciera naufragar en la versión castiza del film
Eduardo Noriega.
De este
modo, "Vanilla sky" se convierte en un
desfile de todos los defectos de un director que
ha demostrado una tenacidad a prueba de bomba en
su intento de ser reconocido por sus compañeros
de profesión. Crowe es un personaje conocido en
el mundo de Hollywood que arrastra un
inexplicable aura de anticomercial por sus
orígenes ligados al mundo del rock (fue crítico
musical para "Rolling Stone" y ha
redactado abundantes liner notes para
gente como Led Zeppelin o Peter
Frampton). Sin embargo, en sus películas se
percibe la apatía de los cineastas de su
generación y entorno (Los Angeles), a los que no
se les pide que se preocupen por la novedad de
sus historias, sino que no se salgan de lo
convencional para no espantar al público de las
salas. Así, a modo de ejemplo, Crowe se ha
labrado toda una carrera en lo que denominaría
"deserciones temporales" de sus
películas: esos momentos tan frecuentes en el
cine comercial estadounidense en que la acción
pasa a un segundo plano para cobrar toda la
notoriedad una canción que se incluye en el
cedé anexo, convirtiendo las imágenes en un
fondo instrumental.
Sin
embargo, con "Vanilla sky", Crowe sí
que ha corrido un riesgo. Aunque al público
español que conozca "Abre los ojos" le
pueda parecer un sacrilegio (cfr. la crítica de
Ángel Fernández Santos en las páginas de
"El País"), el director de
"Vanilla sky" se ha enfrentado a una
historia que, independientemente de que guste o
no, asume un grado de complejidad que queda
lejísimos de esas películas exangües que
factura Hollywood. Sus esfuerzos se dirigen a
intentar desembrollar el mendaz libreto que
urdieran Mateo Gil y Alejandro
Amenábar. Y, como ocurre con sus películas
anteriores, el resultado es
insatisfactorio. Tampoco logra insuflar
a este libreto reconvertido a la iconografía
norteamericana (punto fuerte del film, empero) la
coherencia necesaria para que no se convierta,
como el original, en una película "con nota
a pie de página", esto es, con escena en la
azotea de un rascacielos.
Por
lo que respecta al esfuerzo de los actores, hay
que lamentar que todos estén al mismo nivel que
en el original. Ni un actor tan
interesante como Jason Lee logra dar
credibilidad al endeble personaje del amigo del
protagonista que encarnara Fele
Martínez. Desde luego, no hablaré de la
lamentable exhibición de muecas que corren a
cargo de Tom Cruise y la señora de Cruise. Sin
duda alguna, lo peor... De todo.
Imágenes
de Vanilla sky - Copyright © 2001 Cruise-Wagner
Productions. Todos los derechos reservados.
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