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VANILLA SKY


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Dirección: Cameron Crowe.
País:
USA.
Año: 2001.
Duración: min.
Interpretación: Tom Cruise (David Aames), Penélope Cruz (Sofía Serrano), Cameron Diaz (Julie Gianni), Kurt Russell (Dr. Curtis McCabe), Jason Lee (Brian Shelby), Johnny Galecki (Peter), Jennifer Aspen (Nina).
Guión: Cameron Crowe; basado en el guión de Alejandro Amenábar y Mateo Gil para 'Abre los ojos'.
Producción: Tom Cruise y Paula Wagner.
Música: Nancy Wilson.
Fotografía:
John Toll.
Montaje: Joe Hutshing.
Diseño de producción: Catherine Hardwicke.
Dirección artística: John Chichester y Beat Frutiger.
Decorados: Cloudia Bassett-Rebar.

 

CRÍTICA

Rubén Corral

There are two colours in my head

La lista de burladores cinematográficos es amplísima. Sobre todo desde que se puso de moda aquello que dieron en llamar posmodernidad y de lo que ahora estamos muy orgullosos de renegar para dirigirnos hacia... ¿Una neoposmodernidad (si no es el latín, el griego nos proporcionará nuevos neologismos)?

Esa lista de mentirosos profesionales goza de la presencia de egregios directores de cine como Alfred Hitchcock y está encabezada por el pionero de la fantaciencia cinematográfica, el francés Georges Méliès. De un tiempo a esta parte, los engaños se han sucedido en el cine con una frecuencia que puede achacarse a la desorientación del ciudadano occidental, sobre todo desde un punto de vista sociológico, político y filosófico. Y, como en todos los ámbitos de la vida, de estos ilusionistas siempre se pueden destacar algunos por su habilidad para conseguir que el espectador mire hacia el lado vacío y no se percate de la realidad, o que crea algo que es mentira aunque se venda como cierto. En el terreno de la fotografía son conocidos, notorios e incluso geniales los trabajos del catalán Joan Fontcuberta y del canadiense Jeff Wall. Sirviéndose ambos de los avances tecnológicos se han preocupado de desvestir de realidad a un medio como la fotografía cuyo presunta función primigenia era testimoniar el mundo que nos rodea. Esta realidad se convierte en verosimilitud en manos de estos pioneros equiparables a Méliès.

Y en el cine, últimamente la idea es entretener al espectador con su confusión, con trompe l’oeil insertados en la propia estructura narrativa de los guiones. Ahí se sitúan los casos ejemplares del David Fincher de "El club de la lucha" (Fight club, 1999) o "The Game" (id., 1997). Salvando las muchas distancias que la separan de la virtud de las películas de Fincher, también pertenece a este grupo el tramposete Fabián Bielinsky con su sleeper "Nueve reinas" (2000). Y el caso más irreverente, que bebe, a mi entender, del tramposo por excelencia, el Orson Welles de la deslumbrante "Fraude" (F for fake / Question mark, 1974), es el de David Lynch, un tipo que destruye esa barrera entre verdad y mentira simplemente obviando olímpicamente una distinción que al mundo onírico de su director le resbala.

No está en ese grupo, ni mucho menos, Cameron Crowe, un director con un gusto musical extraordinario al que habría que pedirle que se dedicara a editar recopilaciones musicales. Sin ir más lejos, la portentosa selección ideada para "Vanilla sky" (id., 2001), su última película, ofrece una idea general de lo que fue la música de los años noventa. Al menos en una variante (limitada, por supuesto) moderadamente popular y reconocida por una élite cultural familiarizada con las creaciones de grandes músicos como Thom Yorke (la ubicación de su canción "Everything in its right place", en la obertura del film es, sin duda, un acierto, por su combinación, en tan sólo un par de versos, de los dos motores de la vida presente y futura del protagonista –Everything in its right place / There are two colours in my head-), Peter Gabriel, Michael Stipe o Jeff Buckley y grupos como Spiritualized, The Chemical Brothers o Red House Painters. El gusto musical de Crowe ya quedó demostrado en el acompañamiento musical de la mediocre "Casi famosos" (Almost famous, 2000). Y también quedó probado entonces, y antes en "Jerry Maguire" (id., 1996), que no estamos ante un director medianamente interesante ni ante un guionista dotado para enganchar a un espectador a una película.

Ahora que se enfrentaba al remake de ese desbarajuste fílmico que era y es "Abre los ojos" (Alejandro Amenábar, 1997), pensado para mayor gloria del mecenas y protagonista Tom Cruise, la opción a seguir basculaba entre copiar al pie de la letra la película de Amenábar o intentar llevarla a su terreno personal. En lo que a mí concierne, y aun a riesgo de parecer prejuicioso, ninguna de las dos vías llevaba hacia una película aceptable. Menos condenable, sobre todo moralmente, era la segunda opción, la que ha tomado y la que ha convertido "Vanilla sky" en un epígono para un público desconocido (que no es el estadounidense), un altar en el que poner a un Tom Cruise irritante y sobreactuado en el papel que tan bien hiciera naufragar en la versión castiza del film Eduardo Noriega.

De este modo, "Vanilla sky" se convierte en un desfile de todos los defectos de un director que ha demostrado una tenacidad a prueba de bomba en su intento de ser reconocido por sus compañeros de profesión. Crowe es un personaje conocido en el mundo de Hollywood que arrastra un inexplicable aura de anticomercial por sus orígenes ligados al mundo del rock (fue crítico musical para "Rolling Stone" y ha redactado abundantes liner notes para gente como Led Zeppelin o Peter Frampton). Sin embargo, en sus películas se percibe la apatía de los cineastas de su generación y entorno (Los Angeles), a los que no se les pide que se preocupen por la novedad de sus historias, sino que no se salgan de lo convencional para no espantar al público de las salas. Así, a modo de ejemplo, Crowe se ha labrado toda una carrera en lo que denominaría "deserciones temporales" de sus películas: esos momentos tan frecuentes en el cine comercial estadounidense en que la acción pasa a un segundo plano para cobrar toda la notoriedad una canción que se incluye en el cedé anexo, convirtiendo las imágenes en un fondo instrumental.

Sin embargo, con "Vanilla sky", Crowe sí que ha corrido un riesgo. Aunque al público español que conozca "Abre los ojos" le pueda parecer un sacrilegio (cfr. la crítica de Ángel Fernández Santos en las páginas de "El País"), el director de "Vanilla sky" se ha enfrentado a una historia que, independientemente de que guste o no, asume un grado de complejidad que queda lejísimos de esas películas exangües que factura Hollywood. Sus esfuerzos se dirigen a intentar desembrollar el mendaz libreto que urdieran Mateo Gil y Alejandro Amenábar. Y, como ocurre con sus películas anteriores, el resultado es insatisfactorio. Tampoco logra insuflar a este libreto reconvertido a la iconografía norteamericana (punto fuerte del film, empero) la coherencia necesaria para que no se convierta, como el original, en una película "con nota a pie de página", esto es, con escena en la azotea de un rascacielos.

Por lo que respecta al esfuerzo de los actores, hay que lamentar que todos estén al mismo nivel que en el original. Ni un actor tan interesante como Jason Lee logra dar credibilidad al endeble personaje del amigo del protagonista que encarnara Fele Martínez. Desde luego, no hablaré de la lamentable exhibición de muecas que corren a cargo de Tom Cruise y la señora de Cruise. Sin duda alguna, lo peor... De todo.


Imágenes de Vanilla sky - Copyright © 2001 Cruise-Wagner Productions. Todos los derechos reservados.

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La Butaca © 1999 Ángel Castillo Moreno. Valencia (España)
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