CRÍTICA
Ismael
Alonso
Un
cuento chino
En el tan
atractivo como tramposo juego del "¿Qué
hubiera pasado si
?" la hipótesis
suele ganar por varios cuerpos a la realidad
sobre todo cuanto esta última demuestra ser una
experiencia fallida. Esto es lo que ocurre con
"El embrujo de Shanghai" y la tantas
veces comentada posibilidad de que ésta hubiera
sido dirigida por Víctor Erice.
Desde que
se encargó de llevar finalmente el gato al agua
en la adaptación de la novela de Marsé, Fernando
Trueba ha tenido que encarar un doble
reto: el de adaptar una de las novelas más
conocidas de uno de los autores más renombrados
de la narrativa española y el que, esta
adaptación, se apartase del camino que,
previsiblemente (y luego ha demostrado el guión
nunca filmado recientemente publicado), tomaría
Erice, un director mimado por la crítica.
El
resultado final es bastante bo-rroso y desde
luego decepcionan-te viniendo de un
cineasta galar-donado múltiples veces y con un
prestigio contrastado aunque algo injustificado.
En principio la novela de Juan Marsé parece ser
una fuente literaria con muchos alicientes para
un realizador experimentado en argumentos y
épocas semejantes ("El año de las
luces", "Belle Epoque") pero, por
el contrario, el resultado no logra nunca
levantar el vuelo y se ve lastrado por las
expectativas creadas. Es tan bueno el material de
origen que una adaptación literal de la misma
estaba abocada al fracaso desde su misma
concepción, cosa que Erice entendió y Trueba se
resistió a hacer.
El
guión de Trueba sigue al pie de la letra la
novela, su estructura y su forma; pero su
interior resulta hueco, vacío y sin ánima.
El autor de "La niña de tus ojos" no ha
querido o no ha sabido leer entre
líneas y ha hecho tabla rasa con una historia
demostrando grandes dotes de copista al conseguir
una excelente ambientación pero fracasando a la
hora de plantear las ideas que hacen del "El
embrujo de Shanghai" algo mas que una simple
sucesión de imágenes.
Fernando
Trueba pone todos sus esfuerzos en dotar a la
historia de un marco estético de primer orden
creando una Barcelona de posguerra llena de una
impecable imaginería, pero tras este escenario
la historia se desmorona, los personajes son
muñe-cos inverosímiles, la narración se vuelve
repetitiva y aburrida, lo que es imperdonable.
Todo ello es debido a un error en la concepción
de una historia que no habla Shanghai como Trueba
parece insistir. La ciudad china es una mera
excusa, un mcguffin, que Trueba se toma a pie de
la letra como si un lector de la Biblia leyendo
lo de la zarza ardiendo estudiase la combustión
espontanea de especies vegetales en lugar de
llegar al fondo de la parábola. La novela de
Marsé habla de la búsqueda de la figura
paterna, de la ausencia, del mito de los huidos,
de la penuria ética de un época mezquina, del
escapismo a través de sus diversas formas
(dibujos, tebeos, seriales y, sobre todo, el
cine) y de la mentira como refugio ante los que
lo tienen todo perdido. El personaje de Forcat
hace bueno aquello de "se non e vero, e ben
trovato", ahí esta el quid de la cuestión.
En cambio
el film de Trueba no es sino escenas repetidas,
diálogos brillantes en ocasiones pero inconexos,
decorados fastuosos y una historia
paralela, la ambientada en Shanghai y rodada en
blanco y negro que roza el esperpento al
desdeñar la evocación y la insinuación y
sustituirlas por una burda plasmación exótica.
El resultado de esta digresión monocroma esta
más cerca de la burla cinéfila y el pastiche
cómico que de la ensoñación.
Por ultimo tampoco
ayudan a la película los actores. Por
un lado los niños no están a la altura de lo
que sus papeles requieren. Fernando
Tielve es un actor abotargado que se pasa
toda la película con cara de pasmarote, siendo
incapaz del más mínimo registro dramático,
mientras que su compañera, la lolítica Aida Folch, tampoco
concede más a su personaje que una cierta
perversidad en su mirada. Por otro lado los
veteranos Eduard Fernández y Ariadna Gil parecen
haber bajado bastante enteros su capacidad
interpretativa y eso sin mentar a Antonio
Resines imitando a Bogart o a Jorge Sanz cayéndose
una y otra vez por las escaleras en una secuencia
sonrojante que pone la triste guinda al amargo
pastel que supone este "Embrujo de
Shanghai".
Calificación:
Floja
Imágenes
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