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EL EMBRUJO DE SHANGHAI


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Dirección: Fernando Trueba.
País:
España.
Año: 2002.
Duración: 120 min.
Interpretación: Fernando Fernán Gómez (Capitán Blay), Eduard Fernández (Forcat), Aida Folch (Susana), Ariadna Gil (Anita), Antonio Resines (Kim), Jorge Sanz (Denis), Rosa María Sardá (Betibú), Fernando Tielve (Dani), Juan José Ballesta (Finito Chacón).
Guión: Fernando Trueba; basado en la novela de Juan Marsé.
Producción: Andrés Vicente Gómez y Cristina Huete.
Música: Antoine Duhamel.
Fotografía:
José Luis López Linares.
Montaje: Carmen Frías.
Dirección artística: Salvador Parra.
Vestuario: Lala Huete.

 

CRÍTICA

Manuel Márquez

Tras el largo paréntesis transcurrido desde el ya lejano divertimento que en el año 98 cuajara con La niña de tus ojos (bien "costeao", que diría el castizo; pero divertimento, al fin y al cabo), sólo interrumpido por ese rega-lito melómano que –siguiendo la este-la del Buenavista Social Club, de Wenders– se hizo a sí mismo con Calle 54 (2000), tenía bastante expectación por conocer qué nos ofrecería la nueva producción de Fernando Trueba, trufada de referentes previos más que esperan-zadores: un reparto actoral de campanillas –la relación de intérpre-tes que puebla el elenco haría palidecer de envidia a más de un consagrado...–; un holgado presupuesto, acorde con el prestigio –y sus magníficos "romances" previos con la taquilla, todo hay que decirlo– del director; un soporte literario para el guión de prime-rísimo orden (Marsé, además de buen novelista, ofrece la garantía adicional de que su obra –y los precedentes así lo demuestran– ofrece un universo especialmente apto para su trasposición al celu-loide). En definitiva, muchos y variados elementos de entidad sufi-ciente como para que no fuera una temeridad pensar que, con tales mimbres, sólo cabía tejer un cesto de primerísima calidad.

Desafortunadamente, no es así. El embrujo de Shanghai, un pro-yecto con pretensiones de altos, altísimos vuelos, apenas sí consi-gue algo asimilable a un despegue y, aunque resulta evidente que no se trata de una mala película, también está bastante claro que embrujar, embruja poco, y entusiasmar, entusiama menos aún. Es en esa frialdad, rayana en lo gélido, en esa incapacidad para generar entusiasmo (por su falta de sentido del humor, por su absoluta carencia de chispa) donde la película, probablemente, encalla y se va a pique, dando al traste con los buenos augurios que despierta antes de su contemplación.

La historia (o, si queremos ser más precisos, las historias) que cuenta la película, se desenvuelven en tres planos, o niveles, enfrentados en parejas opuestas: tenemos el mundo interior (el de la torre) frente al mundo exterior (el del barrio), y ambos, a su vez, constituyen el mundo real (Barcelona), enfrentado al mundo imagi-nario (Shanghai). Esos tres mundos, bien definidos y diferenciados, se irán entrelazando, como es lógico, en la medida en que el desa-rrollo de la trama así lo va exigiendo: pero no es esa mescolanza la que falla, sino el muy desigual nivel de calidad que muestran entre ellos; es ésa la "herida" de la que la película se termina doliendo, y muy intensamente.

Sin duda alguna, es el mundo interior, el que se desarrolla dentro de la torre donde viven Anita y Susana, madre e hija, y al que irán accediendo diversos personajes, atraídos por el magnetis-mo desplegado por ambas, el que alcanza mayores cotas de consisten-cia e interés, tanto por su entidad me-ramente "física" –es el que abarca mayor metraje– como por su peso en la trama, sin desdeñar aspectos tan importantes como el de su maravilloso armazón visual (el despliegue de decorados y luces es de primerísimo nivel) o el acierto de hacer girar el desarrollo de las situaciones sobre el personaje de Susana, al que su intérprete, Aida Folch (todo un descubrimiento, que, aun necesitada todavía de un "hervorcillo" interpretativo, ofrece un nivel tremendamente superior al de sus compañeros de reparto infantil masculino, a los cuales devora literalmente, especialmente desde el punto de vista de su presencia física), dota de una mezcla de encanto cándido y furia subterránea que la convierten en lo más parecido a una moderna Lolita que se haya podido ver en el cine español de siempre.

Frente a este mundo interior, tan potente en lo visual como en lo emocional, el mundo exterior (aunque no por ello, paradójicamente, más abierto) del barrio queda enflaquecido, casi raquítico. No es una cuestión de que su recreación formal no sea buena, que lo es (los decorados exteriores denotan un nivel de producción de un potencial no muy usual por estas latitudes), o de que la interpre-tación que de su personaje central, el que soporta el hilo argu-mental, ese capitán Blay a caballo entre la senectud y la locura, hace un felizmente recuperado Fernando Fernán-Gómez, no sea buena, que lo es también (más que buena, diría que magistral, de lo mejor de la película). El problema es que tanto ese hilo argumental (esa recogida de firmas contra la chimenea de la fábrica) como el perfil del personaje (el capitán Blay) resultan pobres, en la medida en que no cumplen las funciones instrumen-tales que se les asignan en el desarrollo de la historia –ni reflejan con claridad el entorno social en que ésta se desarrolla (las refe-rencias son escasas e inconexas: sólo algunos apuntes de guión, que hay que cazar a vuelapluma) ni dibujan tampoco con precisión el perfil de personajes cercanos a los protagonistas (y que, como tales, influyen sobre ellos)–, ni aportan un elemento que les resulta adjudicado en la distribución de elementos emocionales de los distintos mundos: éste era el territorio del humor, y el humor apenas si aparece en un par de gags verbales a cargo del capitán. Demasiado poco para un film del que, sin ser una comedia, cabía esperar mucho más en ese terreno.

Y queda, para terminar, el plato fuer-te, el que habría de dotar a la película de magia y encanto especiales: el mundo imaginario, centrado en ese relato chinesco, lleno de sombras y claroscuros, con el que Forcat (inter-pretado por un Eduard Fernández que, habiéndonos acostumbrado a unos niveles interpretativos altísimos, termina resultando un tanto decepcionante), engatusa y atrapa a los niños. Éste debería resultar fascinante, y también nos acaba ofreciendo la enésima frustración: Trueba lo desarrolla con un exceso de frialdad, abusando de los tópicos situacionales del género negro y con un tono muy desvahído, en el que Shanghai se termina disipando entre las brumas (y no hablo en sentido metafórico, precisamente...). La que debiera ser presencia deslumbrante de Ariadna Gil, en su segundo papel (la sensual china Chen), se limita a tres, cuatro apariciones más bien desganadas; y un Resines voluntarioso y poco más que correcto en su papel de duro de la historia, no consigue superar el lastre que abruma a esta parte tan sustancial de la película.

Llegados a este punto, ni las fórmulas "alternativas" de resolución final de la trama (un recurso que Trueba no inventa, pero que hay que reconocer que utiliza muy hábilmente) ni una última secuencia que resulta enternecedora y brillantemente resuelta (esos planos de Aida Folch en la taquilla del cine, con el rostro sombrío, sin levantar la mirada, son de auténtico sombrerazo) salvan a la película de la "caída al pozo", ni cambian el regusto un tanto amargo que deja en el paladar del espectador con mínimas exigencias.

No debería dejar sin mención, y en-tiendo que merecen, por su importan-cia, capítulo aparte –no se puede olvi-dar que en las historias de Marsé son siempre los niños el vehículo que nos conduce, y son sus ojos los perisco-pios a través de los cuales vemos el mundo que nos quiere mostrar–, las interpretaciones infantiles. Sobre Aida Folch, en el papel de Susa-na, no me extenderé en mayores comentarios que los ya realiza-dos: en líneas generales, excelente, aunque aún le falta algo de cuajo. Muy distinto es el caso de Fernando Tielve, que ya mostraba bastantes lagunas en su anterior interpretación (en El espinazo del diablo), y que, en este caso, vuelve a causarnos cierta decepción (en cualquier caso, resulta bastante evidente que un papel de tanto peso le viene grande, muy grande...): su expresividad facial –y, en particular, la mirada–, es más que aceptable, pero su rigidez gestual y sus carencias declamatorias restan muchos puntos a su valía interpretativa. En cuanto a Juanjo Ballesta, su problema es que (y permítanme el juego fácil de palabras...) el guión le da muy poca "bola": su personaje, tras una intervención que tampoco resulta, ni mucho menos, espectacular, desaparece abruptamente, después de cumplir la que parece ser su única misión (la de introducir a Daniel en la casa), y, en esas condiciones, resulta difícil apuntar cualidades; una auténtica lástima, porque posible-mente hubiera podido dotar de mucha mayor frescura a ese flojo mundo exterior al que aludíamos arriba.

Ya dice el refrán que hasta el mejor escribano echa un borrón, y, en este caso, Fernando Trueba no ha estado a la altura de lo que cabía esperar de él –y no voy a entrar, por supuesto, en estériles polémicas, ya suficientemente explotadas, acerca de posibles "películas alternativas" a cargo de otro/s autor/es, dado que no le veo a tales polémicas otra utilidad que la de publicitar gratuitamente la película sobre la que recaen–. Hay que confiar en que sus próximas entregas sí lo estén, porque Trueba lleva dentro bastante mejor cine que éste, o aunque sólo sea como acto de desagravio a un Billy Wilder que merece un homenaje de despedida de bastante más postín...


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