CRÍTICA
Manuel
Márquez
Tras el
largo paréntesis transcurrido desde el ya lejano
divertimento que en el año 98 cuajara con La niña
de tus ojos (bien "costeao",
que diría el castizo; pero divertimento, al fin
y al cabo), sólo interrumpido por ese rega-lito
melómano que siguiendo la este-la del Buenavista
Social Club, de Wenders se hizo a sí
mismo con Calle 54 (2000),
tenía bastante expectación por conocer qué nos
ofrecería la nueva producción de Fernando
Trueba, trufada de referentes previos más
que esperan-zadores: un reparto actoral de
campanillas la relación de intérpre-tes
que puebla el elenco haría palidecer de envidia
a más de un consagrado...; un holgado
presupuesto, acorde con el prestigio y sus
magníficos "romances" previos con la
taquilla, todo hay que decirlo del
director; un soporte literario para el guión de
prime-rísimo orden (Marsé, además
de buen novelista, ofrece la garantía adicional
de que su obra y los precedentes así lo
demuestran ofrece un universo especialmente
apto para su trasposición al celu-loide). En
definitiva, muchos y variados elementos de
entidad sufi-ciente como para que no fuera una
temeridad pensar que, con tales mimbres, sólo
cabía tejer un cesto de primerísima calidad.
Desafortunadamente,
no es así. El embrujo de Shanghai, un pro-yecto
con pretensiones de altos, altísimos vuelos,
apenas sí consi-gue algo asimilable a un
despegue y, aunque resulta evidente que no se
trata de una mala película, también está
bastante claro que embrujar, embruja
poco, y entusiasmar, entusiama menos aún.
Es en esa frialdad, rayana en lo gélido, en esa
incapacidad para generar entusiasmo (por su falta
de sentido del humor, por su absoluta carencia de
chispa) donde la película, probablemente,
encalla y se va a pique, dando al traste con los
buenos augurios que despierta antes de su
contemplación.
La historia
(o, si queremos ser más precisos, las historias)
que cuenta la película, se desenvuelven en tres
planos, o niveles, enfrentados en parejas
opuestas: tenemos el mundo interior (el de la
torre) frente al mundo exterior (el del barrio),
y ambos, a su vez, constituyen el mundo real
(Barcelona), enfrentado al mundo imagi-nario
(Shanghai). Esos tres mundos, bien definidos y
diferenciados, se irán entrelazando, como es
lógico, en la medida en que el desa-rrollo de la
trama así lo va exigiendo: pero no es esa
mescolanza la que falla, sino el muy desigual
nivel de calidad que muestran entre ellos; es
ésa la "herida" de la que la película
se termina doliendo, y muy intensamente.
Sin duda
alguna, es el mundo interior, el que se
desarrolla dentro de la torre donde viven Anita y
Susana, madre e hija, y al que irán accediendo
diversos personajes, atraídos por el magnetis-mo
desplegado por ambas, el que alcanza mayores
cotas de consisten-cia e interés, tanto por su
entidad me-ramente "física" es
el que abarca mayor metraje como por su
peso en la trama, sin desdeñar aspectos tan
importantes como el de su maravilloso armazón
visual (el despliegue de decorados y luces es de
primerísimo nivel) o el acierto de hacer girar
el desarrollo de las situaciones sobre el
personaje de Susana, al que su intérprete, Aida Folch (todo un
descubrimiento, que, aun necesitada todavía de
un "hervorcillo" interpretativo, ofrece
un nivel tremendamente superior al de sus
compañeros de reparto infantil masculino, a los
cuales devora literalmente, especialmente desde
el punto de vista de su presencia física), dota
de una mezcla de encanto cándido y furia
subterránea que la convierten en lo más
parecido a una moderna Lolita que se haya podido
ver en el cine español de siempre.
Frente a
este mundo interior, tan potente en lo visual
como en lo emocional, el mundo exterior (aunque
no por ello, paradójicamente, más abierto) del
barrio queda enflaquecido, casi raquítico. No es
una cuestión de que su recreación formal no sea
buena, que lo es (los decorados exteriores
denotan un nivel de producción de un potencial
no muy usual por estas latitudes), o de que la
interpre-tación que de su personaje central, el
que soporta el hilo argu-mental, ese capitán
Blay a caballo entre la senectud y la locura,
hace un felizmente recuperado Fernando
Fernán-Gómez, no sea buena, que lo es
también (más que buena, diría que magistral,
de lo mejor de la película). El problema es que
tanto ese hilo argumental (esa recogida de firmas
contra la chimenea de la fábrica) como el perfil
del personaje (el capitán Blay) resultan pobres,
en la medida en que no cumplen las funciones
instrumen-tales que se les asignan en el
desarrollo de la historia ni reflejan con
claridad el entorno social en que ésta se
desarrolla (las refe-rencias son escasas e
inconexas: sólo algunos apuntes de guión, que
hay que cazar a vuelapluma) ni dibujan tampoco
con precisión el perfil de personajes cercanos a
los protagonistas (y que, como tales, influyen
sobre ellos), ni aportan un elemento que
les resulta adjudicado en la distribución de
elementos emocionales de los distintos mundos:
éste era el territorio del humor, y el
humor apenas si aparece en un par de gags
verbales a cargo del capitán. Demasiado poco
para un film del que, sin ser una comedia, cabía
esperar mucho más en ese terreno.
Y queda,
para terminar, el plato fuer-te, el que habría
de dotar a la película de magia y encanto
especiales: el mundo imaginario, centrado en ese
relato chinesco, lleno de sombras y claroscuros,
con el que Forcat (inter-pretado por un Eduard
Fernández que, habiéndonos acostumbrado a
unos niveles interpretativos altísimos, termina
resultando un tanto decepcionante), engatusa y
atrapa a los niños. Éste debería resultar
fascinante, y también nos acaba ofreciendo la
enésima frustración: Trueba lo desarrolla con un
exceso de frialdad, abusando de los tópicos
situacionales del género negro y con un tono muy
desvahído, en el que Shanghai se termina
disipando entre las brumas (y no hablo
en sentido metafórico, precisamente...). La que
debiera ser presencia deslumbrante de Ariadna Gil, en su
segundo papel (la sensual china Chen), se limita
a tres, cuatro apariciones más bien desganadas;
y un Resines voluntarioso y poco más
que correcto en su papel de duro de la historia,
no consigue superar el lastre que abruma a esta
parte tan sustancial de la película.
Llegados a
este punto, ni las fórmulas
"alternativas" de resolución final de
la trama (un recurso que Trueba no inventa, pero
que hay que reconocer que utiliza muy
hábilmente) ni una última secuencia que resulta
enternecedora y brillantemente resuelta (esos
planos de Aida Folch en la taquilla del cine, con
el rostro sombrío, sin levantar la mirada, son
de auténtico sombrerazo) salvan a la película
de la "caída al pozo", ni cambian el
regusto un tanto amargo que deja en el paladar
del espectador con mínimas exigencias.
No debería
dejar sin mención, y en-tiendo que merecen, por
su importan-cia, capítulo aparte no se
puede olvi-dar que en las historias de Marsé son
siempre los niños el vehículo que nos conduce,
y son sus ojos los perisco-pios a través de los
cuales vemos el mundo que nos quiere mostrar,
las interpretaciones infantiles. Sobre Aida
Folch, en el papel de Susa-na, no me extenderé
en mayores comentarios que los ya realiza-dos: en
líneas generales, excelente, aunque aún le
falta algo de cuajo. Muy distinto es el caso de Fernando
Tielve, que ya mostraba bastantes lagunas
en su anterior interpretación (en El espinazo del diablo), y que,
en este caso, vuelve a causarnos cierta
decepción (en cualquier caso, resulta bastante
evidente que un papel de tanto peso le viene
grande, muy grande...): su expresividad facial
y, en particular, la mirada, es más
que aceptable, pero su rigidez gestual y sus
carencias declamatorias restan muchos puntos a su
valía interpretativa. En cuanto a Juanjo
Ballesta, su problema es que (y permítanme
el juego fácil de palabras...) el guión le da
muy poca "bola": su personaje, tras una
intervención que tampoco resulta, ni mucho
menos, espectacular, desaparece abruptamente,
después de cumplir la que parece ser su única
misión (la de introducir a Daniel en la casa),
y, en esas condiciones, resulta difícil apuntar
cualidades; una auténtica lástima, porque
posible-mente hubiera podido dotar de mucha mayor
frescura a ese flojo mundo exterior al que
aludíamos arriba.
Ya dice el
refrán que hasta el mejor escribano echa un
borrón, y, en este caso, Fernando Trueba
no ha estado a la altura de lo que cabía esperar
de él y no voy a entrar, por
supuesto, en estériles polémicas, ya
suficientemente explotadas, acerca de posibles
"películas alternativas" a cargo de
otro/s autor/es, dado que no le veo a tales
polémicas otra utilidad que la de publicitar
gratuitamente la película sobre la que recaen.
Hay que confiar en que sus próximas entregas sí
lo estén, porque Trueba lleva dentro bastante
mejor cine que éste, o aunque sólo sea como
acto de desagravio a un Billy Wilder que merece
un homenaje de despedida de bastante más
postín...
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