CRÍTICA
Rubén
Corral
Enfermedad
en el Café del Mar

No se le
puede negar al debú cinema-tográfico del
publicista Igor Fioravanti su
honestidad, la película está basa-da en las
vicisitudes de algunos per-sonajes que el propio
director ha co-nocido y/o conoce en el lugar en
el que se enmarca la acción: la isla de Ibiza.
Además de ese trabajo de adaptación, en el que
Fioravanti ha querido respetar al máximo el
marco donde se desarrollan los hechos, el
director demuestra su buen gusto cuando llama al
DJ José Padilla para
componer, recopilar o utilizar composiciones
propias y ajenas que ilustren ese "sentir
ibicenco" que, a tenor de las declaraciones
efectuadas por el director, impregna el film. Una
motivación nostálgica exorcizada por la
emocionante música de Padilla (buena parte de la
cual pertenece a su trabajo
"Navigator", cuya escucha y/o
adquisición se tornará vital para los que
disfruten con la B.S.O. de la película) y
revitalizada por un mensaje anegado por un
presunto exceso de respeto verista. Es decir, el
espectador (entregado) quiere ver en un
hipotético sentimiento de atención a esos
acontecimientos y personajes reales la razón
para explicarse que la narración de "El
sueño de Ibiza" caiga en tantos baches de
ritmo, en tantos y tan leves giros de la
narración, y que termine centrándose
en un drama cotidiano ya muchas veces recogido
por cine y televisión.
Si no
podemos dirigirnos a los conte-nidos (ni a las
ideas, algunas delibe-radamente démodées
como la reve-lación mística de Nacho tras
su vuelta de la India, otras desarrolladas
de manera poco convincente el paso de
diferentes generaciones de persona-jes
extraviados por la isla, otras fuera de
contexto la manera en que se escandaliza
Nacho ante una relación homosexual de su amigo
Carlos), la mirada, acunada por los ritmos
de chill-out del res-ponsable del Café
del Mar, debe dirigirse a la estética de
un film en el que se nota el origen
publicitario de su guionista y director,
con cielos azules, casas blancas, cibachromes
de imá-genes románticas en blanco y negro, piercings,
camisas de las que compraría a docenas,
atardeceres dulces en playas desiertas, soli-daridad
con el Tercer Mundo, bañarse desnudo,
automóviles de la época esplendorosa de la
Ibiza de finales de los setenta, películas con
alemanes y/o de alemanes como "Wild and
free" (Siggi Götz, 1980) o "Hot dogs
auf Ibiza" (Max Pécas, 1979), su buen compo-nente
de psicodelia provocada por el efecto de las
drogas, hin-duismo de diseño
Demasiados
ingredientes encantadores para que la historia
pudiera evitar naufragar en el tedio,
por mucho que el trabajo de Paco
Martín sea extraordinario (sobre todo,
mientras está sano), por mucho que la
fotografía de Miguel Leal haga
resaltar todos estos componentes de manera
aislada, por mucho que sea honesta. Al final, a
la película la barre (lamento reiterarme) su
propia banda sonora: mucho más sólida, mucho
más profunda, mucho más encantadora.
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