CRÍTICA
por Tònia
Pallejà
Valoración:     
Los
asesinatos de papá
Sin
fanfarrias ni revuelos mediáticos, nos llegó
recientemente esta cinta titulada Escalofrío,
cuyo sigiloso paso por las carteleras es-pañolas
no se corresponde con la atención que merecía
habérsele prestado. Escalofrío
representa el regreso a la dirección de Bill Paxton tras
una primera y mínima incursión con Fish
heads en 1982, un secundario
inevitable y hasta imprescindible en una serie de
obtusas producciones, que decidió ponerse
nuevamente tras la cámara para desarrollar y
también protagonizar su propio proyecto, un
thriller personal e intimista que ofrece una
singular relec-tura del terror psicológico.
Con su sobria puesta en escena y unos sencillos
planteamientos, Paxton se desmarca de los cáno-nes
reinantes en taquilla y perfila, con aplomo y
desenvoltura, una pieza de autor que ha sido
concebida para paladares selectos, capaces de
apostar por una filosofía del miedo en el polo
opuesto del fast food del susto fácil y
el peligro evidente.
Y es así
como Paxton se sube al ca-rro de la dirección,
no para exhibir rui-dosos despliegues de dudoso
talento, ni para copiar fórmulas ni formalismos
de un género tan trasnochado como es el thriller
de terror. Paxton viene para enseñarnos que el
miedo no son adolescentes que nos llaman desde su
teléfono móvil en plena noche, que el pánico
no tiene nada que ver con el sobresalto
inesperado, y que la angustia no necesita
de municiones extras de sangre y vísceras para
provocar una reacción en el espectador.
Paxton llega para demostrarnos que la elipsis
bien dosificada, el tiempo pausado y una
exposición de los hechos despojada de cualquier
exceso, son suficientes para crear la atmósfera
propicia y evocar la desazón. No se trata, en
cualquier caso, de una película redonda, ni
diré que sus pequeñas imperfecciones a
modo de desconcertantes salidas de tono son
las que le otorgan la perfección, pero sí la
dotan de una intensa y sugerente personalidad.
Escalofrío no es otra serial
killer movie más, a pesar de seguir la
historia paralela aunque no en el
tiempo de dos "asesinos en
serie". Aquí no vamos a encontrarnos
truculencias al uso, ni exqui-sitos cuerpos sin
vida esperando a que un sagaz detective halle en
ellos la clave para atrapar al criminal. Este es
un film que ahonda en sus personajes con gran
lucidez, que sitúa en el punto de mira la
alienación que sufre un padre de familia de la
Norteamérica pro-funda, iluminado por designios
celestiales, para abrir paso a la in-certudimbre.
El
film recupera, a través de un prolongado
flashback, la antigua tradición de los cuentos
de terror, de las espeluznantes historias
coti-dianas que ponen la piel de galli-na.
"Érase una vez un padre que vivía con sus
dos hijos en una casa a la que se accedía
atravesando un jardín de rosas. Vivían
felizmente en ausencia de una madre, que
falleció al nacer uno de los niños, hasta que
una noche, aquel hombre pacífico y anodino que
trabajaba como mecánico, tuvo una revela-ción
divina..." El relato continúa, y en él van
a aparecer un hacha, un sótano oscuro, y unas
cuantas tumbas, siguiendo la línea de los
mejores clásicos en que se inspira la película.
El cuentacuentos es, en esta
ocasión, un joven que en una desa-pacible noche
visita al inspector de policía encargado del
caso de La Mano de Dios, apodo con el que se
autodenomina un criminal que se ha cobrado varias
víctimas entre la población. El chico ase-gura
conocer la identidad del asesino: su propio
hermano, y es entonces cuando introduce la
historia de una infancia que trans-currió en la
década de los setenta y estuvo marcada
irreversi-blemente por una muy peculiar forma de
"maltrato" psicológico, a base de
amor, cariño y buenas intenciones. ¿Hay algo
más sobrecogedor que la existencia de unos
niños cuyo padre, de la noche a la mañana, se
vuelve chiflado y empieza a matar a sus
convecinos, creyendo que son
"demonios", porque así se lo ha
indicado Dios?
Paxton
pone en tela de juicio la barrera que separa la
razón de la locura, narrándonos, con
toda la na-turalidad del mundo, el caso de este
hombre, sin profundas convicciones religiosas,
que de repente cree haber sido elegido por Dios
para cumplir una misión en la Tierra: eliminar a
los "de-monios" que nos rodean bajo la
falsa apariencia de personas nor-males y
corrientes. Es Dios quien le muestra dónde
encontrar las "armas mágicas" que le
servirán para llevar a cabo su cometido, y es
Dios quien le señalará los nombres de los
elegidos, una larga lista de objetivos que debe
apartar de la circulación. Y este padre
afectuoso, humilde, comienza a realizar la tarea
encomendada, obligando a sus hijos a ser
cómplices de las muertes y el entierro de los
cadáveres, absolutamente convencido de la bondad
de sus actos y lejos de considerarlos como meros
asesinatos. El menor de los niños pronto se
verá contagiado por las ideas de su padre,
mientras el mayor asiste, horrorizado e
impotente, a esta repentina transformación que
sufre la familia.
Tramposa en todo momento,
Escalofrío siembra así una duda que traspasa
al espectador en su atropellado y turbador final.
Un último remate que se desata sin proporción,
sorpresa tras sorpresa, rizando el rizo,
y que resulta incómodo e inquietante, buscando
perversamente la complicidad del público.
Magníficamente interpretada gracias
a la contención y la credibi-lidad que arrojan Matthew
McConaughey, el adolescente Matt
O'Leary y el propio Bill Paxton, Escalofrío
huye de todo tópico e invita a la reflexión.
Prometedora vuelta de Bill Paxton a la
reali-zación, y el descubrimiento de una voz sin
complejos, capaz de hacer surgir a un
inquisitorial ángel de los bajos de un
automóvil.

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