CRÍTICA
Joaquín
R. Fernández
Puntuación:
9.5 /10
Banda Sonora Original: *****
Dicen que
una película es independiente cuando su
principal instigador logra imponer su forma de
pensar frente a las presiones de un gran estudio.
Si esto es así, no hay duda de que E.T. el
Extraterrestre es una obra personal, un
reflejo de una infancia solitaria que sólo se ve
colmada por la aparición de un suceso
extraordinario. De hecho, Universal no creía en
esta historia (incluso fue rechazada por otras
«majors», que preferían que los alienígenas
fueran belicosos), y ni siquiera sus creadores
sospechaban que les iba a reportar tan altos
beneficios.
Tras
revisar por enésima vez la obra cumbre de Steven
Spielberg, no puedo hacer otra cosa que
rendirme nuevamente ante su encanto. Nos
encontramos frente a una de las
películas más sinceras de la Historia del Cine,
un sueño hecho realidad que, a pesar de su
trasfondo mágico e infantil, oculta una triste
desesperanza: la perdida de los anhelos (por
cierto, tema recurrente en la filmografía de
Spielberg: Hook. El Capitán Garfio, A.I.
-Inteligencia Artificial-, El
Imperio del Sol).
Han sido
muchas las voces que han acusado al realizador de
Salvar
al Soldado Ryan de caer en
numerosas ocasiones en el sentimentalismo más
barato. Sin embargo, soy de los que piensan que
sus emociones son sinceras, una cascada de
alegrías y padecimientos que logra transmitir de
forma adecuada al espectador. Pongamos por caso
el comienzo de E.T. el Extraterrestre,
donde Spielberg narra la aflicción de un ser de
otro mundo que es olvidado por sus compañeros en
un planeta desconocido. La complicidad que se
origina entre el visitante extraterrestre y el
niño que lo recoge es expuesta con una elegancia
inusitada, un ejemplo incuestionable de lo que
debiera ser la verdadera amistad. No hay, pues,
lloriqueos banales, sino un cúmulo de escenas
brillantes que describen profusamente la
relación de amistad que se va generando entre el
niño y E.T. Algo que, por cierto, podemos ver
ampliado en esta edición especial del vigésimo
aniversario de la obra. Así, hay nuevo metraje
en el que observamos con una sonrisa en la boca
cómo el protagonista pesa, mide y baña a su
nuevo compañero de aventuras.
No hay que
olvidar, sin embargo, que E.T. el
Extraterrestre también habla de los
adultos, de cómo la realidad nos hace olvidar lo
que fuimos: niños inocentes eternamente
sumergidos en inagotables fantasías. Al
repecto, ver la tierna escena en la que Mary lee
a Gertie el cuento de Peter Pan, o el revelador
final, justo cuando E.T., tocándole la
frente, le dice a Elliot: «Estaré aquí
mismo». Ése es el verdadero sentido de la
cinta, la frase que resume con exactitud el
mensaje que se haya oculto en tan bellas y
poderosas imágenes.
No hay
palabras, pues, para describir la intensa
emoción que genera el visionado de esta ya
mítica película. Es una magistral combinación
de humor (Gertie viendo a E.T. por primera vez;
la aparición de Yoda), drama (el encuentro de
Mary con su hijo y E.T., ambos agonizando) y
amistad (el hermoso momento final en el que el
extraterrestre dice «ven» y el niño
«quédate»).
Para rabia
de muchos, Spielberg da muestras de su
portentoso genio, algo que demuestra
especialmente en los minutos iniciales, ya que
oculta al público la figura de E.T., buscando
con ello nuestra expectación ante la inminente
revelación. Además, se aleja del infantilismo
más fácil en los soberbios pasajes en los que
aparecen los agentes gubernamentales y los
científicos que buscan a E.T., otórgandole así
una apreciada seriedad al filme. Su entrada en el
hogar de Mary y de sus hijos es sobrecogedora, al
igual que su posterior visión, acercándose
amenazadoramente desde la carretera. Por último,
y por muy trivial que parezca, destacar su
imaginación a la hora de hacer volar a los
niños en bicicletas, en especial cuando Elliot
lo hace con la luna de fondo. Una hermosa estampa
que permanecerá en el recuerdo de incontables
generaciones. Por otra parte, notoria es su
magnífica dirección de actores, y en particular
lo naturales que resultan los niños que se
someten a sus órdenes. Henry
Thomas está genial, tanto en los momentos
cómicos (los divertidos acontecimientos de la
escuela) como en los dramáticos (Elliot y E.T.
mostrando sus dedos y gritando «au» para
manifestar el dolor que les produce su
separación). Incluso la pequeña Drew
Barrymore está espléndida, tal y como se
puede comprobar en los momentos en los que el
extraterrestre se está muriendo.
Finalmente,
tengo que reconocer que hay algunas
escenas de esta edición especial que no mejoran
con el uso del ordenador; al contrario,
el E.T. infográfico resulta muy forzado y se
parece demasiado a un monigote de cualquier
película de animación. No obstante, los
resultados son mucho más adecuados cuando sólo
se retocan algunos de los rasgos del muñeco
original (su boca, su cuello al tragar la
bebida). Y el nuevo doblaje, aspecto que muchos
temían, no es tan malo como pudiera parecer.
Cierto que Elliot tiene una voz que en ocasiones
resulta un tanto molesta, y que la de E.T. es
verdaderamente desastrosa, pero pronto te
acostumbras al resto de los personajes (de hecho,
la de Gertie puede que sea la mejor). Que conste,
eso sí, que me parece muy exagerado decir que la
película es distinta porque tiene unas voces
distintas a las que todos pudimos escuchar de
pequeños. La magia de E.T. el Extraterrestre
permanece inalterable y, en todo caso, ya
podremos adquirir en unos meses el DVD y
hartarnos de escuchar la versión original. Así
que, por favor, dejen los fanatismos a un lado
(si Spielberg quiere quitar las pistolas, hágase
su voluntad), y disfruten de este espectáculo de
magia y emociones.
Precisamente
la banda sonora de John Williams es la
que más gana con su remasterización y
exhibición en cines con sonido digital. Es un
ejemplo de cómo una partitura ha de integrarse
en unas determinadas imágenes; toda ella merece
ser resaltada, sin excepción.
Atención, por ejemplo, a la llegada de los
extraterrestres, con esa tenue música
descriptiva que introduce de lleno al espectador
en la historia. Inefable es el trabajo de
Williams cuando da alientos a los niños mientras
pedalean en sus bicicletas, y trágicas sus
notas cuando desarrolla con ellas la
enfermedad de Elliot y E.T. Spielberg tenía
razón cuando decía que no era otro sino el
compositor el que mantenía a los protagonistas
en el aire cuando iban montados en sus
bicicletas. Un verdadero portento.
Imágenes
de E.T. El extraterrestre - Copyright © 1982
Universal Pictures. Todos los derechos
reservados.
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