CRÍTICA
Miguel
Á. Refoyo
Claustrofobia y lobreguez
cotidiana
A pesar de no alcanzar las cotas
de Fight Club, Fincher constata su
condición de genio de la puesta en escena con
esta cinta de suspense psicológico
Tras
convertirse en uno de los cineastas visionarios
más importantes de la actualidad debido a una
corta trayectoria cinematográfica en la que su
personal estilo visual y narrativo han sido
elementos definitorios de un universo
intransferible y sorprendente, David
Fincher vuelve a la dirección con
Panic Room. Una cinta que, de
entrada, pone de manifiesto la constatación de
un talento fílmico y artístico en el que su
destreza visual y su ejemplar artesanía han
hecho de él un artista de la puesta en escena.
Alejándose por completo de la purgativa y
magistral Fight Club, obra
maestra ilustrativa del materialismo que condena
esta época de consumo e intolerancia en la que
vive el hombre moderno, Fincher se une al
guionista David Koepp para
narrar la historia de Meg y Sarah, madre e hija
que se trasladan a vivir a una casa con una
particular habitación que esconde un gran
secreto. En su primera noche, unos ladrones
deciden poner a prueba los nervios y el valor de
la familia. La intención de director y guionista
es alcanzar el desafío de lograr el mayor
realismo posible, circunscribiendo la acción por
completo a una sola localización, adecuando su
ritmo a una perfecta utilización del espacio
cinematográfico, como algo que no se revela
neutro, sino como centro del drama. Algo que en
Panic Room se logra, en gran parte,
gracias a la angustiante y decadente atmósfera
patentizada como distintivo del director de Se7en. El
predomino de las tonalidades lóbregas y
tétricas, negativas y apagadas, vuelve a
inquirir en beneficio de un guión que,
pese a más de algún problema de
languidez, cumple correctamente con el buscado
suspense psicológico, de una manera simple y
eficaz.
Para su
nuevo y esperado film, Fincher ha vuelto a dejar
la actitud ascética del discurso moral, esta vez
bastante más evidente que en sus anteriores
cintas, para apostar por su excepcional punto de
vista cinemato-gráfico, un mundo de compleja
planifi-cación formal en el que ofrece una nueva
lección de opulencia visual donde la
visceralidad se sosiega y acelera en función del
suspense y del terror. Un perfeccionismo visual
reconocido en Fincher que brilla, esta vez, en
los pequeños detalles con los que dota de empuje
a un guión que, si bien adolece de un complejo
de trasgresión que no consigue, sí se ajusta a
los requisitos de un director difícil como lo es
él. La búsqueda metafórica del carácter
trágico de la vida sigue siendo la inmutable
constante a definir. En este caso, representada
en una mujer al cuidado de su hija enfrentada a
una amenaza exterior que pondrá a prueba su
fortaleza y tenacidad. Una excelente
ejemplificación de la sordidez cotidiana que,
llena de intenciones naturalistas para hurgar en
los miedos y la fragilidad humana, envuelve la
obra de David Koepp (equivalente a su gran El
efecto dominó) y la del propio Fincher (The
Game). La acción es el objetivo, la
tónica sobre la que se sustentan los pilares de
la edificación modélica de Fincher, acentuando
de nuevo la oscuridad en un escenario sórdido,
acuoso y oscurantista que representa, en
realidad, la intención narrativa de profundizar
en el lado más oscuro y desconocido de todos sus
personajes en el que ese castle keep
tecnológico, esa habitación del pánico,
implica el aislamiento emocional y la consecuente
decadencia familiar, símbolo manifiesto de la
era preservadora que se nos viene encima.
El cineasta
retorna así a sus digresio-nes narrativas
(perceptible en ese lar-go plano secuencia
digitalizado), en el photogrammetry,
pero esta vez defi-niendo su objetivo visual en
función de la acción argumental y no de la
espectacularidad. Panic Room se
asemeja a una partida de ajedrez, donde se
muestra un tablero (la casa) y unas piezas
personalizadas en unos personajes situados en dos
extremos (el bien y el mal). Una partida
en la que, una vez que la acción les enfrenta,
cada uno de ellos juega su estrategia para ganar
esta agobiante partida a vida o muerte. Pero en
contraposición de aquéllos que tachan a Fincher
como vendedor de humo, el director
muestra todas sus cartas, sin reservas, sin
guardar esta vez un efecto final que
confunda. La gran virtud de Panic
Room es su grafía traslúcida. Una vez que
son presentados los personajes y los ángulos de
la mansión, el diagrama se revela simple y sin
trabas. Tanto el modus operandi de la
madre y la resistencia de la hija, como el
contraste de personalidades entre los ladrones
que origina un enfrentamiento en la disposición
metódica de cada uno de ellos, es expuesto con
una limpieza alineada y solvente para que los
roles lleguen hasta el extremo sus intenciones,
reaccionando todos como se espera de ellos
(incluido final). Mucho se ha hablado de la
renuncia de Nicole Kidman comenzado
el rodaje de esta película, pero lo cierto es
que Jodie Foster realiza
un ejercicio de interpretación física y
dramática intachable, lleno de matices
interpretativos, que la sitúan de nuevo
en el pináculo de su carrera. Efecto al que no
son ajenos Kristen Stewart, Forest
Whitaker y, sobre todo, un irreconocible Jared Leto,
secundarios que demuestran que Fincher es
también un buen director de actores. Llena de
buenos momentos de una tensión sugerentes,
endurecidos por el dominio y el mecanismo
utilizado por Fincher desde sus ejemplares
créditos, Panic Room justifica que,
empero de la historia, nos encontramos ante un
director llamado a ser uno de los indiscutibles
genios del cine moderno.
Imágenes
de La habitación del pánico- Copyright © 2002
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