CRÍTICA
Julio
Rodríguez Chico
Claroscuros
en el corazón

Fiel a un
cine que indaga sobre la naturaleza humana y las
contradicciones en las que cae en situaciones
críticas, Mario Camus nos ofrece
una película en torno a la violencia y
al amor. Lo hace desde el lenguaje
realista que le caracteriza, con cierta dosis de
lirismo cuando la trama argumental así lo
precisa, y siempre presentándonos unos
personajes arrastrados en su actuar por un pasado
del que no logran desprenderse.
La playa
de los galgos comienza como una
historia de suspense e intriga, desencadenada por
actos de violencia terrorista el
conflicto vasco y la represión argentina de los
ochenta sirven de telón de fondo que a
nadie dejan satisfechos. Ésta es la tesis de una
película en que se muestran familias rotas y
vidas marcadas por el dolor o la enfermedad,
donde el individuo deja ver su propia
vulnerabilidad ante la ceguera incubada por la
violencia o por el deseo de venganza, y donde los
vivos parecen correr como galgos sin encontrar
las puertas de la libertad y del amor. Asistimos
a verdaderos dramas interiores, donde se mezclan
amor y odio, perdón y venganza, o bondad e
ingenuidad con la mentira y la falsedad.
Camus
crea una galería de personajes dibujados con
matices que la vida real presenta, con reacciones
inteligentes y pasionales. El director
cántabro se muestra convencido de que en la vida
y en el proceso creativo sólo existe el
instinto, y que la única certeza es la propia
vida como un discurrir misterioso de tantos
sucesos indescifrables. Es la búsqueda de la
libertad por la vía de la renuncia a intentar
encontrar una explicación y una finalidad a
todo, por el camino de la aceptación de la
irracionalidad de la conducta humana,
planteamiento que le aproxima al polaco
Kieslowski.
Pero como
se dice al comienzo del tercer capítulo, los que
aman no mueren si quieren vivir. Por eso, cerrado
el círculo de la trama negra, la película
deriva por caminos de melodrama romántico de
tintes trágicos, e inevitablemente decae el
ritmo narrativo. Lo que Camus busca es
desarrollar las historias paralelas, con las
paradojas que viven el ingenuo Martín, la
enigmática Berta, o el psiquiatra ahora ocupado
pacientemente en arreglar relojes (sugestiva
imagen de lo que supone poner en marcha la vida
que se ha parado en enfermos psíquicos). Por
eso, se desvelarán nuevas contradicciones en una
búsqueda de amor y sentido a la vida, aunque
para eso caiga en la irracionalidad del
comportamiento o en propuestas de amor al margen
de cualquier moralidad, incluidas escenas
explícitas de sexo.
Estructurada
en tres partes la primera rodada entre
Cantabria y Madrid, y las otras dos en
Dinamarca, los parajes de bosques, playas o
calles de Copenhague dejan ver el lado más
poético del film, resaltado a su vez por la
expresividad de abundantes primeros planos de
rostros y miradas, o por los enjundiosos
silencios de los personajes. Las
interpretaciones de Carmelo
Gómez, Claudia
Gerini y Miguel
Ángel Solá trasmiten
convicción y dramas personales asumidos, con
inocencia, perversidad y bondad respectivamente.
Menos fuerza y más forzados se nos presentan las
actuaciones que eso parecen más que
interpretaciones de Ingrid
Rubio y Gustavo Salmerón.
Estamos,
pues, ante una película comprometida y que
indaga en el comportamiento del hombre, siempre
ligado a la vida y a la muerte. El realismo
dramático con que lo trata y la sensibilidad del
espectador actual ante la violencia terrorista
hacen que se vea con atención e interés, y que
se logre fácilmente una empatía con los dramas
de sus protagonistas.
Imágenes
de La playa de los galgos - Copyright © 2002
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