CRÍTICA
Rubén
Corral
Tragicomedia
en el principio y el fin del mundo

La tercera
película del argentino Daniel
Burman, un joven porteño de 29 años que
también fue productor de "Garage
Olimpo" (1999), reincide en las
(no pocas) virtudes de su anterior film, "Esperando
al Mesías" (2000), y
se ratifica en una onda pseudopoética que remite
a una suerte de cursilería rebajada adquirida
del cine de su compatriota Eliseo Subiela. El
resultado es, pese a todo, satisfactorio, y el
cariño que los guionistas (además del propio
director, su habitual colaborador Emiliano
Torres) muestran por sus personajes se
refleja en la identificación del espectador con
los devaneos sentimentales en torno al
amor y la soledad que persiguen a un oftalmólogo
viudo y una azafata de vuelo encarnados con
singular perfección por la más bella que nunca Ingrid
Rubio y el entrañable Alfredo
Casero.
"Todas
las azafatas van al cielo" parte de una
concatenación de situaciones que podrían
figurar en un manual de guión y que parecen el
reverso tragicómico del de "Los amantes
del Círculo Polar" (Julio Medem, 1998).
Los primeros treinta minutos del film no son más
que los encuentros fortuitos y
desencuentros voluntarios de estos dos
personajes (Julián y Teresa) en su periplo por
la ciudad patagónica de Ushuaia, la más austral
de la República Argentina, en la que quedan
atrapados debido a una hilarante amenaza
terrorista. Cuando, finalmente, el encuentro se
produce y las fuerzas del destino parecen indicar
que permanecerán juntos, el empeño de uno de
los personajes vuelve a separarlos. En ese
sentido, la voluntad naturalista de Burman y
Torres queda patente en un retrato de la timidez
confundida con un miedo al compromiso y el miedo
a la expresión de los sentimientos propios.
En Ushuaia,
Julián y Teresa se encuentran con todo un
desfile de personajes encantadores, dignos de un remake
en el hemisferio sur de la serie "Doctor
en Alaska" (Northern exposure),
como un controlador de aeropuerto que roba una
pieza de cada avión que aterriza en el
aeropuerto para construir por su cuenta uno con
el que atravesar la Antártida o aterrizar en las
islas Malvinas; o una prostituta que, de día,
sirve como guía en un barco que enseña la fauna
local a los turistas; o una enfermera que se
enamora de sus pacientes; o un taxista judío
(encarnado por Daniel Hendler, el
protagonista de "Esperando al Mesías")
que gusta de adivinar las profesiones de sus
clientes por la expresión de sus rostros. Son
todos ellos personajes tratados con celebrada
condescendencia por la cámara de Burman, un
enfoque optimista que sirve para minimizar el
sentido trágico de la vida de, al menos, los dos
protagonistas, logrando de nuevo acrecentar el
efecto de realismo.
Quizá por
las concomitancias demostradas en su anterior
película, Burman puede aparecer como un émulo
de las intenciones de un Woody Allen, aunque su
cine, bastante lejos del ensayado por el
neoyorkino, posea un estilo que no puede ser
calificado como propio pero, desde luego, sí
como personal. En este sentido, son muchas las
secuencias en las que los diálogos apenas tienen
peso, y la habilidad para mostrar consecuencias
(eludiendo los hechos en sí, como en la serie de
acontecimientos que llevan a Julián al hospital)
por medio del montaje, o por falsos raccords
de mirada, juega a favor del respeto hacia el
espectador. El valor creativo del cine de Burman,
en este sentido, se agradece, es refrescante y
atrevido.
En el debe
del film, tal y como apuntábamos al inicio del
texto, la inoportuna sensación de que, pese a
que sobre todo al inicio de la
película logra mantenerse indemne durante
buena parte del metraje, en algunos
instantes, las licencias poéticas incomodan el
desarrollo de la acción. Así ocurre
con el no siempre acertado manejo de la voz en off
o con vacuos, prescindibles experimentos con los
efectos especiales que, en el caso de alguna
secuencia concreta se vuelven estomagantes.
Como
cierre, no se puede más que elogiar la habilidad
de Burman para incluir en su historia algunas
canciones horteras de Raffaella
Carrá con un sentido tan ajustado al tono
y el contenido de la película. No se puede más
que soltar una carcajada cuando un avión, con la
música a todo volumen, sobrevuela el sombrío
valle de una montaña en el que dos suicidas
pretenden morir de frío, al soniquete de
"en el amor todo es empezar".
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