CRÍTICA
por Leandro
Marques
Buenos Aires, Argentina
Bolivia,
a la vuelta de casa
El
bar-restaurante ubicado en la esquina de Pazco y
Estados Unidos no tiene demasiados clientes. Sin
embargo, cuenta con unos cuantos que nunca
fallan. Ellos siempre tienen tiempo para ir a
comer un sandwich de chorizo o para tomar un
café o una cerveza fría. Amantes, como la
mayoría de los argentinos, del fútbol y del
boxeo, utilizan la televisión colgada sobre uno
de los vértices de la pared como el punto de
atención de la mayoría de sus miradas. Y cuando
no hay nada para ver, hay mucho para decir.
Adrián
Caetano, uruguayo, codirector junto a Bruno
Stagnaro de la prestigiosa "Pizza,
birra y faso" y aplaudido en la
pasada edición de Cannes por su última
película, "El oso rojo", es
el responsable de la dirección y también del
guión de "Bolivia", esta
historia simple, de bajo presupuesto, filmada en
blanco y negro, que explora el micromundo de los
personajes que interactúan en el austero bar de
Constitución, barrio tradicional de Buenos Aires
poblado por muchos trabajadores honestos y
otros no tanto, provenientes generalmente
de alguna provincia argentina, o bien de países
vecinos como Bolivia y Paraguay.
Un
cartelito pegado en la vidriera soli-cita la
presencia de un cocinero y parrillero
experimentado para comen-zar a colaborar en el
local. Y Freddy, boliviano recientemente llegado
al país, sin permiso para trabajar legal-mente,
es el hombre que consigue el puesto. "Bolivia"
película que obtuvo el premio de la
crítica en el Festival de Rotterdam y se
presentó con bue-na aceptación en Cannes y
otros fes-tivales internacionales durante el 2001
ofrece un cine silencioso y sugerente,
que hace un uso primordial del lenguaje de la
cámara. Ella está ahí para registrar
cada uno de los rincones del bar (casi toda la
película está contada desde allí), retratar
miradas y cruces, describir situaciones y
personajes.
Caetano,
aunque no siempre lo consigue, porque muchas
veces los roces que se producen entre los
protagonistas lucen forzados, intenta hacer fluir
la trama, que se tense por si sola y, a través
de un manejo pausado y calmo de los tiempos y
ritmos fílmicos, espera pacientemente la llegada
del momento en que todo explota.
Los
clientes del bar-restaurante ubicado en Pazco y
Estados Unidos son taxistas en su mayoría. Y
estos tiempos de crisis económica, que son duros
para todos, también lo son para los taxistas.
Con deudas que los asfixian, y sin perspectivas
de un futuro mejor, se juntan, se quejan, toman.
Y algo más. Para ellos, el bar es la posibilidad
de escape transitorio. Mientras tanto, Freddy
cocina, sirve el café, y trata de adaptarse a
ese mundo nuevo, alejado de su mujer e hijos, que
representa Buenos Aires para él. Ése es otro
punto a favor de la cinta, a través de
las imágenes, de algunos gestos y actitudes, es
posible aden-trarse en la vida de cada uno de los
personajes. Conocerlos un poco.
La
discriminación y la marginación, generalmente,
sirven como desahogo frente a las propias penas.
Son resul-tado de la impotencia y la frustración
que se producen al vivir una vida no deseada. Ser
boliviano, o ser homo-sexual, puede servir de
blanco ideal para la descarga de una furia
interior que no puede contenerse. Es interesante
observar la manera en que Caetano va llevando su
historia, con sutileza, sin imponer a la fuerza
su mirada. Es el espectador quien debe captar las
imágenes que ve para delinear su propia lectura
sobre un mundo pequeño y específico, que tiene
lugar en un bar de Constitución, pero que, sin
embargo, también puede encontrar a la vuelta de
su casa.
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