CRÍTICA por Ismael
Alonso:
La sombra de Django
Aunque
Thomas Alva Edison sólo hubiera inventado la
bombilla ya tendría asegurado un lugar en la
posteridad, aunque Goya únicamente hubiera
pintado "Los fusilamientos de la
Moncloa" ya aparecería en todos los libros
de arte, aunque Miguel Induráin sólo
hubiera ganado un Tour de Francia su nombre
sería recordado por millones de aficionados.
¿Qué decir pues de Woody
Allen, quizás el mayor
genio vivo de la cinematografía?.
Aunque solamente hubiera dirigido "Annie Hall" ya
entraría de lleno en la historia del séptimo
arte. "Acordes
y Desacuerdos" su
último estreno entre nosotros viene a acrecentar
el mito.
Siguiendo la costumbre de Allen
de bautizar sus películas con una par de
sustantivos unidos por una conjunción ("Sombras y niebla",
"Maridos y
mujeres", "Delitos
y faltas"), la jocosa traducción
castellana de "Sweet
and Lowdown" invita a creer que se
trata de una comedia alocada al estilo de "Misterioso asesinato en
Manhattan" pero no es así.
"Acordes y desacuerdos" es una
película que rezuma homenajes
por los cuatro costados: primero al jazz
y al swing al que el autor rinde siempre
que puede pleitesía (sobretodo al jazz anterior
a la II Guerra Mundial, el be-bop o el cool le
son más ajenos) incluyendo más de treinta
cortes musicales en un metraje de hora y media;
luego al cine mudo de Chaplin
y Keaton
con la presencia de una tan deliciosa como
sorprendente Samantha Morton y por último retoma
la querencia del director y guionista por crear
falsos personajes supuestamente reales
como ya hiciera en "Zelig".
Pero la genialidad en esta
ocasión no llega de la mano de las armas
habituales. No es esta vez el diálogo el pilar
fundamental de la construcción de los personajes
aunque es imposible no apreciar el dominio de
Allen en este menester ya que seguramente se
trata del mayor creador de frases brillantes por
centímetro de celuloide. En esta película, en
cambio, los personajes se resuelven a
partir de detalles, de planos, de miradas, de
gestos que son engarzados pieza a pieza
por un extraordinario intérprete para conseguir
un personaje adorable y mezquino llamado Emmet Ray, un tipo
profundamente humano, un ruin bondadoso, un torpe
habilidoso, un niño hombre. Sean Penn ofrece
al anonadado espectador un trabajo
endiabladamente bueno. ¿Quién podría
pensar que aquel pendenciero hijo de director,
casado con la starlette Madonna sería hoy por
hoy uno de los mejores actores del panorama
cinematográfico?. Penn consigue crear un
personaje típico de Woody Allen pero no tópico.
Ni imita ni caricaturiza lo que cualquiera
podría pensar que es un personaje alleniano sino
que reinventa y recrea la vida de un artista
marcando su crueldad infantil, su egolatría, su
miedo al compromiso y al fracaso, su ánimo de
niño travieso. Cualquiera que lea esto pensara
que se va a encontrar en el cine con un tipo
repugnante pero no es así, la habilidad de Allen
tras la cámara y el dominio dramático de Penn
en pantalla convierten a Emmet Ray en un
personaje al que uno se rinde sin condiciones,
tan fascinante y excéntrico como cautivador.
Allen, un tipo que lleva la
friolera de 13 nominaciones al Oscar al mejor
guión original, no deja de sorprender con su
escritura, ya sea esta mordaz, hilarante,
sombríamente cotidiana o radiantemente fabulada.
Estoy seguro de que una de las cosas que
generaciones posteriores nos envidiarán será
que nosotros hayamos podido ver la obra de Woody
Allen en vida y que hayamos tenido nuestra
ración (banquete más bien) anual de genialidad.
No desaprovechemos este regalo.
ISMAEL ALONSO
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