CRÍTICA
por
Ismael Alonso
Adorable
corrupción
Una
civilización edificada sobre pantalones vaqueros
y hot-dogs, una democracia sustentada por la
corrupción y el magnicidio, una sociedad basada
en la tradición y la mitomanía y una religión
impresa en billetes verdes sólo podía ser
analizada desde dentro. Sam Mendes con "American
Beauty"
se convierte en un quintacolumnista que boicotea
la sociedad estadounidense desde dentro.
Y encima, este genial saboteador se permite ser
inglés.
En
"American Beauty" están presentes
todas las constantes que uno pueda relacionar con
la sociedad tradicional norteamericana (el
ejercito, la comida rápida, los institutos, la
obsesión por el triunfo o las viviendas
unifamiliares) pero también se apuntan los
rasgos de una América emergente y, en parte
oculta, representada por las videocámaras, los
homosexuales, el sexo adolescente o las drogas.
De la mezcla, más que del contraste, entre estas
constantes surge el amargo drama con resquicios
de humor negro que Mendes nos muestra.
Kevin Spacey da vida a
un resignado padre de familia, un fracasado congénito del
que sabemos su final nada más empezar la
película (muy al estilo de "El
crepúsculo de los dioses"). Spacey,
genial en su retrato del perdedor
apático, encuentra en la transgresión
de la norma el empuje que le impulsa de nuevo a
vivir. Su indolencia se trastoca en
vigor por una pasión casi pedófila por una
compañera de instituto de su propia hija; es
entonces, cuando saborea el placer del riesgo,
cuando empieza a disfrutar de verdad de su vida.
Pero
frente a esta implosión, frente a este estallido
interno, tenemos el caso opuesto de su
esposa, interpretada por Annette
Bening. Aquí la mujer
supercompetitiva, falsamente cómoda con su
vida se precipita hacia un estallido externo de
furia. Lo que Spacey consigue es paz interior, lo
que Bening alcanza es el paroxismo de la crisis.
Testigos de esta adorable corrupción son la hija
de la pareja y su novio. Unos personajes tan dispuestos a mostrar su madurez
como a herir por su frialdad.
Toda esta
crónica esta rodada en un estilo limpio,
discreto, casi minimalista. Apenas hay
detalles en los decorados, casi no hay escenas
situadas fuera del microcosmos de esta familia
americana, si bien se refuerza, mediante
imágenes, la idea de una triple forma de mirar. Por
un lado la apariencia costumbrista, formalmente
perfecta en la que está rodado casi todo el
metraje, por otro lado la imagen onírica, la
visión del deseo y por fin la mirada
real dada por una cámara de vídeo casi
omnipresente en las manos del joven vecino.
Mendes, un
experimentado director teatral, debuta aquí con
una historia sobre la desintegración
del mito americano, sobre la descomposición de
un decorado humano en el que Kevin Spacey nos brinda una
interpretación realmente soberbia,
inspiradísima y contenida, que logra transmitir
el patético heroísmo que el personaje requiere.
Puede que no todos los personajes están tan bien
acabados (sin ir más lejos el papel de la esposa
queda algo desdibujado según avanza la
película) y que determinadas escenas hubieran
requerido haberse trabajado más desde el punto
de vista de puesta en escena pero es indudable
que nos encontramos ante una película de
considerable calidad en la que varios elementos
(no hay que olvidar la excelente banda
sonora) se ha aliado para proporcionar
al, a menudo decepcionado público, una sabrosa
ración de inteligencia.
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Beauty
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