CRÍTICA
por
Darth Sidious
Puntuación: 7
Banda Sonora Original: * * * * *
Desconcertado. Ésa es la palabra
que se adecúa a lo que yo sentía mientras
visionaba la primera hora de American
Beauty en el
cine. ¿Ésa era la obra maestra que iba a
arrasar en los Oscars? La película estaba bien,
se dejaba ver e incluso su realización contenía
ciertos momentos que cabría calificar de
portentosos, pero en mí se producía una
extraña confusión al sentir, en realidad, que todo
aquello no eran más que unos cuantos tópicos
situados con fortuna por el guionista Alan
Ball.
Y es que, ¿no son personajes extremos los que
pueblan la cinta? ¿Pretenden hacernos creer que
esos acaudalados protagonistas representan al
ciudadano medio? ¿Que los jóvenes poseen
inquietudes metafísicas como las que se asoman
en el personaje interpretado por Wes Bentley? ¿Que todo el mundo,
todo, es igual que el que sale por esa pantalla?
Cierto es que vivimos en un planeta de
apariencias (aspecto que, en mi opinión, es el
que mejor retrata American Beauty), pero
considero injusto poblar de extremismos (y caer,
repito, en el tópico) la película; la sociedad
es algo heterogéneo, American Beauty sólo está
analizando una parte mínima de la misma. De ahí
el error de caer en esta propuesta radical,
haciéndonos ver, en un primer momento, que todo
el mundo es rastrero, vil, egoísta (salvo la
madre de Ricky, una auténtica sufridora), para
luego decirnos todo lo contrario. Es esto, pues,
y siempre según mi apreciación, lo peor de
American Beauty. Sin embargo, y tras esta
opinión liberadora, he de decir que este filme
de DreamWorks SKG posee algunos momentos
arrebatadores. Y no precisamente en la
comedia, sino más bien en el drama. Ahí es
donde radica toda su fuerza, ahí es donde se
hace sublime, soberbia, algo que la redime de sus
posibles pecados. El dolor de los
personajes, sus emociones, se transmiten al
espectador de forma sincera, le llegan
al corazón, le impactan. De ahí que la media
hora final me parezca magnífica, no ya porque es
entretenidísima (jugando a ser
una especie de «thriller», por cierto), sino
porque supone dar a los personajes un momento de
liberación, un instante para sincerarse consigo
mismos y con los demás.
Si hay alguien que merece llevarse
el Oscar este año, ése es Sam
Mendes.
Su labor es impagable. A pesar de su
escasa experiencia en el mundo cinematográfico,
muestra tal desparpajo a la hora de mover la
cámara que uno se queda pasmado al comprobar la
fuerza que otorga a secuencias tan sencillas (y
en apariencia, imposibilitadas para obtener
algún brillo de ellas) como aquélla en la que
una bolsa de plástico baila al compás del
viento. De los actores, que están todos
muy bien, he de decir una cosa; Kevin
Spacey y Annette
Bening están
muy bien, por supuesto, pero sus interpretaciones
no son tan convincentes en el campo de la
comedia. Es como si sobreactuaran, dándoles a
sus personajes poses fingidas y en algunas
ocasiones poco creíbles. No obstante, en los
momentos dramáticos hay que rendirse a la
evidencia: están espléndidos. E igual de
espléndidas son las actuaciones de los
personajes secundarios, y en particular de los
más jóvenes, toda una sorpresa (Thora
Birch, Wes
Bentley y Mena Suvari).
Finalmente, la partitura de Thomas
Newman deja el mismo sabor que la
película: sabes que no estás ante un producto
perfecto, pero te gusta. Es una música
extraña, escasamente melódica y en ocasiones
impropia para las imágenes que contemplamos,
pero todos sabemos que este compositor (al igual
que Goldenthal y, en determinadas ocasiones, Mancina) suele experimentar
bastante en este campo de las bandas sonoras.
Resumiendo, la película se deja ver
y tiene momentos magníficos, pero tampoco es la
obra maestra que muchos dicen por ahí. Se
disfruta pero, para verdadera crítica de la
sociedad (estadounidense o no, la verdad), ya
tenemos Los Simpson. En esto, le da mil vueltas a
American Beauty.
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Beauty
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