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AMERICAN BEAUTY


cartel Dirección: Sam Mendes.
País:
USA.
Año: 2000.
Duración: 122 min.
Intérpretes: Kevin Spacey (Lester Burnham), Annette Bening (Carolyn Burnham), Thora Birch (Jane Burnham), Wes Bentley (Ricky Fitts), Chris Cooper (Coronel Fitts), Mena Suvari (Angela Hayes).
Guión: Alan Ball.
Fotografía: Conrad L. Hall.
Montaje: Tariq Anwar y Christopher Greenbury.
Música:
Thomas Newman.
Diseño de producción: Naomi Shohan.

 

CRÍTICA
por Darth Sidious

Puntuación: 7
Banda Sonora Original:
* * * * *

Desconcertado. Ésa es la palabra que se adecúa a lo que yo sentía mientras visionaba la primera hora de American Beauty en el cine. ¿Ésa era la obra maestra que iba a arrasar en los Oscars? La película estaba bien, se dejaba ver e incluso su realización contenía ciertos momentos que cabría calificar de portentosos, pero en mí se producía una extraña confusión al sentir, en realidad, que todo aquello no eran más que unos cuantos tópicos situados con fortuna por el guionista Alan Ball. Y es que, ¿no son personajes extremos los que pueblan la cinta? ¿Pretenden hacernos creer que esos acaudalados protagonistas representan al ciudadano medio? ¿Que los jóvenes poseen inquietudes metafísicas como las que se asoman en el personaje interpretado por Wes Bentley? ¿Que todo el mundo, todo, es igual que el que sale por esa pantalla? Cierto es que vivimos en un planeta de apariencias (aspecto que, en mi opinión, es el que mejor retrata American Beauty), pero considero injusto poblar de extremismos (y caer, repito, en el tópico) la película; la sociedad es algo heterogéneo, American Beauty sólo está analizando una parte mínima de la misma. De ahí el error de caer en esta propuesta radical, haciéndonos ver, en un primer momento, que todo el mundo es rastrero, vil, egoísta (salvo la madre de Ricky, una auténtica sufridora), para luego decirnos todo lo contrario. Es esto, pues, y siempre según mi apreciación, lo peor de American Beauty. Sin embargo, y tras esta opinión liberadora, he de decir que este filme de DreamWorks SKG posee algunos momentos arrebatadores. Y no precisamente en la comedia, sino más bien en el drama. Ahí es donde radica toda su fuerza, ahí es donde se hace sublime, soberbia, algo que la redime de sus posibles pecados. El dolor de los personajes, sus emociones, se transmiten al espectador de forma sincera, le llegan al corazón, le impactan. De ahí que la media hora final me parezca magnífica, no ya porque es entretenidísima (jugando a ser una especie de «thriller», por cierto), sino porque supone dar a los personajes un momento de liberación, un instante para sincerarse consigo mismos y con los demás.

Si hay alguien que merece llevarse el Oscar este año, ése es Sam Mendes. Su labor es impagable. A pesar de su escasa experiencia en el mundo cinematográfico, muestra tal desparpajo a la hora de mover la cámara que uno se queda pasmado al comprobar la fuerza que otorga a secuencias tan sencillas (y en apariencia, imposibilitadas para obtener algún brillo de ellas) como aquélla en la que una bolsa de plástico baila al compás del viento. De los actores, que están todos muy bien, he de decir una cosa; Kevin Spacey y Annette Bening están muy bien, por supuesto, pero sus interpretaciones no son tan convincentes en el campo de la comedia. Es como si sobreactuaran, dándoles a sus personajes poses fingidas y en algunas ocasiones poco creíbles. No obstante, en los momentos dramáticos hay que rendirse a la evidencia: están espléndidos. E igual de espléndidas son las actuaciones de los personajes secundarios, y en particular de los más jóvenes, toda una sorpresa (Thora Birch, Wes Bentley y Mena Suvari).

Finalmente, la partitura de Thomas Newman deja el mismo sabor que la película: sabes que no estás ante un producto perfecto, pero te gusta. Es una música extraña, escasamente melódica y en ocasiones impropia para las imágenes que contemplamos, pero todos sabemos que este compositor (al igual que Goldenthal y, en determinadas ocasiones, Mancina) suele experimentar bastante en este campo de las bandas sonoras.

Resumiendo, la película se deja ver y tiene momentos magníficos, pero tampoco es la obra maestra que muchos dicen por ahí. Se disfruta pero, para verdadera crítica de la sociedad (estadounidense o no, la verdad), ya tenemos Los Simpson. En esto, le da mil vueltas a American Beauty.

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