CRÍTICA por Ismael
Alonso:
"Y van
cuatro"
Sin duda soy afortunado. ¿Por
qué digo esto? Tengo suerte porque no conozco
personalmente a los responsables de esta
película, no me une a ellos ningún lazo ni
relación. Si no fuera así, si fuera amigo del
director, o los actores fueran colegas o le
debiera algún favor al productor, me las vería
negras para poder escribir un comentario
mínimamente caritativo sobre "Asfalto".
No se lo tomen muy en serio si quieren pero mi
labor en esta ocasión es casi de índole social:
es mi deber advertir al publico del peligro que
corren si van a ver esta película.
El espectador inocente que
pretenda apoyar con el dinero de su entrada a ese
bonito 15% de cuota que ostenta el cine español
mejor haría en alquilar en el videoclub de la
esquina las obras completas de los hermanos
Ozores. Para caso es lo mismo, prácticamente
verán cine de la misma calidad y además se
ahorrarán el estomagante estilo
pretencioso de su director (que en un
alarde de narcisismo incontrolado firma su
película como Calparsoro; se quita el nombre y
también la vergüenza, a juzgar por lo visto).
Daniel
Calparsoro, cineasta (?)
perpetrador de ejercicios tan huecos y petulantes
como "Salto al
vacío" o "Pasajes"
nos brinda en esta ocasión una nueva oportunidad
para pensar que cualquier tiempo pasado fue
mejor, y no porque añore su anterior
filmografía sino porque recuerdo con agrado
cuando ni siquiera rodaba. "Asfalto" es
una mala mezcla de lo peor del cine chungo de
principios de los 80 (aquel de "Perros callejeros"
o "Deprisa,
deprisa") y de imitación de tragedia
griega con aroma a folletín excesivo.
Juan Diego
Botto, Gustavo
Salmerón y Najwa
Nimri (que continúa con su exasperante
dicción susurrante habitual) se emplean a fondo
en perfeccionar un estilo de
interpretación minimalista basado en pegarse
gritos y golpear cosas. Los
protagonistas, mirando constantemente con cara
patibularia y sentenciando en lugar de hablar,
consiguen dar una imagen de rebelde de
esteticiéne, de macarra de diseño, de chulo de
colegio de pago que estaría muy bien si no fuera
porque las intenciones son otras. Es
imposible creerse los personajes, la acción, la
trama, el conflicto... todo está dejado
de la mano de Dios en un guión que hace
aguas en todas y cada una de sus páginas.
Cualquier parecido con la realidad no es que sea
pura coincidencia es que es un milagro.
Cree el director de esta cosa que
poniendo unos decorados supuestamente realistas
que atufan a diseño artístico, que rodando unos
cuantos planos en un Madrid artificialmente
cortado al tráfico y que pegando unos cuantos
tiros la cosa va a pasar por un drama urbano.
Pero no sólo eso, porque también pretende que
nos creamos que el trío protagonista se agita en
un torbellino donde arrecian el amor, la amistad
y la pasión por el simple hecho de ponerse todos
juntitos en el mismo catre y abrazarse cada dos
por tres.
Parece mentira que ésta
sea la cuarta película del director y que siga
cometiendo los mismos errores de sus inicios. Esa
mirada airada a la sociedad, ese arraigo por lo
marginal, ese gusto por las relaciones familiares
problemáticas en realidad parecen más una pose
que una postura comprometida. Calparsoro no
concede a sus personajes un ápice de humor
así que el público debe ponerlo por él de
forma que cuanto más dramática pretende tornar
su película, más risas se oyen en el patio de
butacas. Los resultados, pues, no rozan
el ridículo sino que lo sobrepasan a toda
velocidad llegando al paroxismo de la
incompetencia en el supuesto clímax final.
Pero ¿No hay nada bueno en
"Asfalto"?. Si, lo hay. La
banda sonora compuesta por Najwajean y Mastretta
es magnífica. De hecho, si ya es
inevitable que acudan al cine a ver esta
película siempre les queda el recurso de cerrar
los ojos y escuchar la música.
ISMAEL
ALONSO
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