CRÍTICA por Ismael
Alonso
Más es menos
Ignoro si David
Fincher es, o
mejor dicho, llegará a ser algun día un buen
director pero lo que tengo muy claro es que unos
buenos pulmones sí que tiene. Fincher
agarra una historia ganadora del campeonato de
redacciones de un curso de amigos del peyote y la
hincha (delirios de la personalidad), la hincha
(bienamada violencia), la hincha
(automutilación) y la hincha (nihilismo
terrorista) y de puro milagro no estalla. Lo que sí estallan son
las caracajadas ante semejante espectáculo
ganso. Una cosa si hay que reconocerle a Fincher,
le salga bien o mal la jugada no se puede dejar
de apreciar en él un cierto espiritu gamberro
aunque éste sea mas propio de un adolescente
mosqueado que de un cinesta medianamente
convencido de sus propuestas.
A Fincher Kropotkin y Bakunin se la traen al fresco, a
él lo que le gusta es filmar una versión bruta
y violenta de "La guerra de los
botones" y
el anarquismo new age. Su particular intifada de
salón la lleva a cabo mediante películas que de
puro ampulosas casi llegan al ridículo. Estuvo a
punto de caer en ese error en sus trabajos
anteriores: la mesiánica "Alien
3", la
exagerada aunque brillante "Seven" y la rocambolesca y
verbenera "The Game", pero en "El
club de la lucha" se lanza de lleno, y no sé yo si a
propósito, al más absoluto ridículo,
aunque eso sí con gracia y con estilo, con
talento incluso.
La
historia que trata de contar su película se
desborda, le viene grande incluso a la propia
pantalla (y así nos lo hace ver con algunos
efectos digitales curiosos) y lo que empieza como
una ola gigante en las interioridades de la sala
de proyección, va amainando hasta llegar a los
pies del espectador como una bromita moderna,
como una fábula sacada de una galleta de la
fortuna china. Al final lo que queda de aquel tifón
de ideas radicales, de estética rupturista, de
imágenes impactantes, de giros argumentales
inverosímiles es una brisa leve que
apenas agita la mente de los que la contemplan.
"El club de la lucha" es exagerada,
extravagante y parece, por su mezcla de ingenua
perversidad, una película de cine mudo pasada
por una cura de desintoxicación en un
laboratorio de efectos especiales.
¿Y quién
va en la cresta de ola de semejante cuchufleta
inofensiva? Un actor con mayúsculas, Edward
Norton, y uno
que debe serlo porque lo pone en su carnet, Brad Pitt, acompañados de la
insufrible Helena Bonham Carter en un papel tan
prescindible como carente de interés. Norton
es lo mejor de la película con creces,
porque este actor hace interesante cualquier
proyecto en el que intervenga y, si uno es
benevolente, no deja de tener su miga el
progresivo desvarío de la película hacia el
más absoluto de los disparates mediante unos
diálogos que son dadaístas de puro
grandilocuentes o algunas escenas que
oscilan entre la comicidad más primitiva a la
violencia contemplada como una de las bellas
artes (y si no que se lo digan a Jared Leto tras pasar por la clínica "Jorobado
de Notre Dame" de adecentamiento facial).
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