CRÍTICA por Ismael
Alonso:
Angelitos negros
Una mujer con gesto huraño,
rodeada de gatos, sola. Patricia
Highsmith aparece en los retratos con un
ojo mostrando una ermitaña locura y el otro
tramando crímenes. Un rostro inquietante para
una literatura no menos turbadora. Tom Ripley, su creación
maestra, es un elegante
psicópata, un retorcido "gentleman",
un amable asesino dispuesto a sostener en
una mano el arma homicida y en la otra la
magnífica "Del
asesinato considerado como una de las bellas
artes" de Thomas
De Quincey. Tom Ripley constituye el
eslabón perdido entre el desequilibrado
refinamiento del asesino victoriano y la brutal
violencia del psico-killer yanqui, una joya vamos
y no lo digo con segundas.
Ripley, que protagonizó cinco
novelas de la escritora fallecida hace pocos
años, es una de las criaturas más sugerentes y
fascinantes de la moderna literatura criminal. Y,
claro está, el cine no podía sustraerse a un
personaje de tal potencial. Primero fue René Clement con "A pleno sol" y
ahora es Anthony Minghella
con "El talento de Mr.
Ripley". Ambas son películas
estimables, que captan el personaje de forma
distinta y seguramente influenciadas por la
diferente moral de cada época.
Minghella, autor de ese
oscarizado témpano llamado "El
paciente inglés" (película que
llegó a unas cotas de hermosa frialdad que para
sí las quisiera la Deneuve),
nos presenta en esta ocasión una trabajadísima
adaptación de los orígenes del
atractivo/repulsivo Ripley que mejora
sustancialmente los resultados mostrados en su
anterior película pero que sigue instaurada en un
exceso de ropaje, de decorados y de melodías
que, en muchas ocasiones, diluyen el interés de
una historia que debería aposentarse en los
personajes. Minghella se abandona al
placer de los sentidos, a las magníficas
localizaciones, a la acertada ambientación
musical jazzistica, a la preciosista fotografía,
al encuadre ajustado pero pierde de vista el
meollo de la cuestión: la atormentada psique del
protagonista, un angelical demonio dubitativo,
que nos es mostrada a golpe de imagen simbólica
un tanto repetitiva (el abuso de planos
reflejados en espejos llega a ser algo
reiterativo) o, lo que es peor, desplazando,
por insistente, la sugerencia por la evidencia
(como en la escena de la partida de ajedrez en el
baño).
Pero, pese a todo, la película
contiene elementos elogiables comenzando por las excelentes
actuaciones del trío protagonista, con
especial mención para el seráfico diletante Dickie Greenleaf que interpreta
con su habitual brillantez Jude
Law, sin olvidar a secundarios de lujo
como Phillip Seymour
Hofmann. La ya mencionada frialdad
del guionista y director, empeñado en
rodear de lujo una trama enfermiza, resta
poderío a la película pero a la vez la elegancia
de los planos y la tamizada luz empleada
añaden al film un ambiente ligeramente decadente
que le cae muy bien. Lástima que los bandazos
finales hagan que el protagonista baile en la
cuerda floja entre la parodia y la compasión sin
acercarse lo suficiente a la turbia ambigüedad
que el personaje requiere.
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