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LA TORMENTA PERFECTA


cartel Dirección: Wolfgang Petersen.
País: USA.
Año: 2000.
Duración: 130 min.
Intérpretes: George Clooney (Billy Tyne), Mark Wahlberg (Bobby Shatford), Diane Lane (Christina Cotter), Mary Elizabeth Mastrantonio (Linda Greenlaw), John C. Reilly (Dale Murphy).
Guión: Bill Wittliff y Bo Goldman, basado en el libro de Sebastian Junger.
Fotografía: John Seale.
Montaje: Richard Francis-Bruce.
Música: James Horner.
Diseño de producción: William Sandell.

 

CRÍTICA
por Roberto Pérez Toledo:

El cine de catástrofes vive un resurgir lógico, acorde con los tiempos virtuales que vivimos, consecuencia de un abanico de posibilidades que hoy permite recrear desastres, naturales o no, de un modo cada vez más realista y verosímil, lejos ya del cartón piedra, de casposas superposiciones y de otros obstáculos que impidan la plena involucración del espectador en la historia narrada. La avalancha digital de nuestros días facilita la tarea, brinda espectáculos redondos y rotundos, abre bocas en la platea, pero es también un arma de doble filo, una tentación constante en manos de quienes confunden los medios con los fines y fabrican productos vacíos que algunos llaman películas y en definitiva sólo constituyen meros escaparates que exhiben las últimas novedades en software informático (ejemplos hay decenas, todos los conocemos y/o sufrimos). En el otro extremo de la balanza, están las otras películas, las que son primero historias y luego filmes con efectos visuales, las de los directores, productores y guionistas que únicamente utilizan el ordenador para otorgar significado y eficacia completos a sus imágenes. A este segundo grupo pertenece, por suerte, La tormenta perfecta de Wolfgang Petersen.

La tragedia de los pescadores del Andrea Gail, que alteró en 1991 la rutina de la pequeña localidad de Gloucester, en Massachusetts, ofrecía un punto de partida inmejorablemente cinematográfico: un grupo de hombres atrapado en medio de una conjunción de varios frentes huracanados denominada "perfecta" porque no es concebible un fatalidad climática mayor. George Clooney, usando como arma infalible su modo de actuar discreto y afable, es el capitán del Andrea Gail y, como tal, encabeza un puñado de intérpretes que resulta, desde el principio, uno de los grandes aciertos de la película. Acompañan a Clooney, entre otros, un Mark Wahlberg que avanza con seguridad en su carrera, labrándose una filmografía que empieza a ser seleccionada con lupa; John C. Really, convertido en secundario imprescindible gracias a títulos como Magnolia o Entre el amor y el juego; Diane Lane, descubrimiento de Coppola y aquí algo excesiva, quizá demasiado emocionada como estaba por participar al fin, después de tantos años, en un título importante; y, sobre todo, una recuperada Mary Elizabeth Mastrantonio, cuyas arrugas han acentuado su fuerza, su vigor en pantalla, y que, aunque desaprovechada, protagoniza alguno de los momentos más intensos del metraje. Todos, ya sea en alta mar o desde tierra, aprovechan sobradamente la primera hora larga de calma de la película para regalar humanidad y entrañas a unos personajes que, más tarde, con el agua inundándolo todo, poco uso podrán hacer de las palabras.

Tiene La tormenta perfecta, como digo y como era de esperar, dos partes bien diferenciadas. El guión dedica su primera hora a una amplia presentación de los personajes, quizá demasiado larga pero en ningún caso molesta. La vida en Gloucester, con la historia de amor entre Bobby (Wahlberg) y Christina (Lane), más perfecta aún que la tormenta, como protagonista, es zanjada con la escena de la despedida y el inicio del viaje sin retorno del pesquero, momentos elevados y cohesionados por una partitura que nos devuelve a un pletórico James Horner, compositor que parece recobrar el tino y envuelve las imágenes con una música omnipresente pero de arrebatadora belleza. La rutina en el barco, la frustración por la mala pesca, el innecesario golpe de efecto del ataque del tiburón (planificado además de una manera un tanto cobarde) y la caída al agua del personaje de Reilly preparan el terreno para la estrella de la función, que se hace esperar, sabedores como son los responsables de la película de que la ansiedad creada segundo tras segundo en el espectador será más que saciada. Llega la tormenta y la avalancha de agua, la espectacularidad, el realismo, el siempre deslumbrante trabajo de los chicos de Industrial, Light and Magic con sus fondos azules. Intercalada en la peripecia del Andrea Gail, nuestros ojos contemplan la historia paralela del velero también en apuros (a bordo del que viaja una resucitada Karen Allen, perdida durante demasiados años en su búsqueda del arca perdida) y la operación de salvamento, que consigue interesar pero tambien descoloca, pues no consigue Petersen que la vida de estos personajes nos importe tanto como la de Tyne (Clooney) y sus hombres.

Cuando ya el agua ha entrado hasta en nuestros oídos, la ola final trae la resolución y el fin de la lucha, con un resultado esperado (anunciado por ese prólogo en el que la cámara recorre paredes repletas de nombres escritos) y, puede que precisamente por ello, lo peor del filme, el pasaje en el que el guión más flaquea, por precipitado, por poco enfático. Se echa de menos un mayor hincapié, reacciones más comprensibles, desconciertan un poco esos hombres tan prestamente resignados a su destino fatal. El epílogo relanza de nuevo el conjunto, con ese discurso que bien podría haber empañado las dos horas previas y que es salvado por la brevedad y, otra vez, el rostro de Mastrantonio, ejemplo de oficio y contención.

La tormenta perfecta es cine de verano y palomitas, pero que, y se nota, se esfuerza por ir más allá (gracias también, sin duda, al pulso férreo e innegable de Wolfgang Petersen, un viejo lobo de mar en esto de las superproducciones hechas con dignidad), por saltarse de vez en cuando la fórmula matemática que hoy parece regir el cine de Hollywood (que aprenda Bruckheimer y no siga torturándonos con engendros como Sesenta segundos) y por presentarnos personajes de carne y hueso, palpables, inmersos en unos acontecimientos extraordinarios que interesan, entretienen y, a ratos, emocionan. Y esto, en los tiempos que corren, yo lo agradezco.


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