CRÍTICA por Roberto
Pérez Toledo:
El cine de
catástrofes vive un resurgir lógico, acorde con
los tiempos virtuales que vivimos, consecuencia
de un abanico de posibilidades que hoy permite
recrear desastres, naturales o no, de un modo
cada vez más realista y verosímil, lejos ya del
cartón piedra, de casposas superposiciones y de
otros obstáculos que impidan la plena
involucración del espectador en la historia
narrada. La avalancha digital de nuestros
días facilita la tarea, brinda espectáculos
redondos y rotundos, abre bocas en la platea,
pero es también un arma de doble filo, una
tentación constante en manos de quienes
confunden los medios con los fines y fabrican productos vacíos
que algunos llaman películas y en definitiva
sólo constituyen meros escaparates que exhiben
las últimas novedades en software
informático (ejemplos hay decenas, todos los
conocemos y/o sufrimos). En el otro extremo de la
balanza, están las otras películas, las que son
primero historias y luego filmes con efectos
visuales, las de los directores, productores y
guionistas que únicamente utilizan el ordenador
para otorgar significado y eficacia completos a
sus imágenes. A este segundo grupo pertenece,
por suerte, La
tormenta perfecta de Wolfgang Petersen.
La tragedia de los
pescadores del Andrea Gail, que alteró en
1991 la rutina de la pequeña localidad de
Gloucester, en Massachusetts, ofrecía un punto
de partida inmejorablemente cinematográfico: un
grupo de hombres atrapado en medio de una
conjunción de varios frentes huracanados
denominada "perfecta" porque no es
concebible un fatalidad climática mayor. George Clooney, usando como arma
infalible su modo de actuar discreto y afable, es
el capitán del Andrea Gail y, como tal,
encabeza un puñado de
intérpretes que resulta, desde el principio, uno
de los grandes aciertos de la película. Acompañan a Clooney,
entre otros, un Mark
Wahlberg que
avanza con seguridad en su carrera, labrándose
una filmografía que empieza a ser seleccionada
con lupa; John C.
Really,
convertido en secundario imprescindible gracias a
títulos como Magnolia o Entre el amor
y el juego; Diane
Lane,
descubrimiento de Coppola y aquí algo excesiva,
quizá demasiado emocionada como estaba por
participar al fin, después de tantos años, en
un título importante; y, sobre todo, una
recuperada Mary
Elizabeth Mastrantonio, cuyas arrugas han
acentuado su fuerza, su vigor en pantalla, y que,
aunque desaprovechada, protagoniza alguno de los
momentos más intensos del metraje. Todos, ya sea
en alta mar o desde tierra, aprovechan
sobradamente la primera hora larga de calma de la
película para regalar humanidad y entrañas a
unos personajes que, más tarde, con el agua
inundándolo todo, poco uso podrán hacer de las
palabras.
Tiene La
tormenta perfecta, como digo y como era de
esperar, dos partes bien
diferenciadas. El guión dedica su primera hora a
una amplia presentación de los personajes,
quizá demasiado larga pero en ningún caso
molesta. La vida en
Gloucester, con la historia de amor entre Bobby
(Wahlberg) y Christina (Lane), más perfecta aún
que la tormenta, como protagonista, es zanjada
con la escena de la despedida y el inicio del
viaje sin retorno del pesquero, momentos elevados
y cohesionados por una partitura que nos devuelve
a un pletórico James Horner, compositor que parece
recobrar el tino y envuelve las imágenes con una
música omnipresente pero de arrebatadora
belleza. La rutina en el barco, la frustración
por la mala pesca, el innecesario golpe de efecto
del ataque del tiburón (planificado además de
una manera un tanto cobarde) y la caída al agua
del personaje de Reilly preparan el terreno para
la estrella de la función, que se hace esperar,
sabedores como son los responsables de la
película de que la ansiedad creada segundo tras
segundo en el espectador será más que saciada. Llega
la tormenta y la avalancha de agua, la
espectacularidad, el realismo, el
siempre deslumbrante trabajo de los chicos de Industrial,
Light and Magic con sus fondos azules.
Intercalada en la peripecia del Andrea Gail,
nuestros ojos contemplan la historia paralela del
velero también en apuros (a bordo del que viaja
una resucitada Karen
Allen,
perdida durante demasiados años en su búsqueda
del arca perdida) y la operación de salvamento,
que consigue interesar pero tambien descoloca,
pues no consigue Petersen que la vida de estos
personajes nos importe tanto como la de Tyne
(Clooney) y sus hombres.
Cuando ya el agua
ha entrado hasta en nuestros oídos, la ola final
trae la resolución y el fin de la lucha, con un
resultado esperado (anunciado por ese prólogo en
el que la cámara recorre paredes repletas de
nombres escritos) y, puede que precisamente por
ello, lo peor del filme, el pasaje en el que el
guión más flaquea, por precipitado, por poco
enfático. Se echa de menos un mayor hincapié,
reacciones más comprensibles, desconciertan un
poco esos hombres tan prestamente resignados a su
destino fatal. El epílogo relanza de nuevo el
conjunto, con ese discurso que bien podría haber
empañado las dos horas previas y que es salvado
por la brevedad y, otra vez, el rostro de
Mastrantonio, ejemplo de oficio y contención.
La tormenta perfecta
es cine de verano y palomitas, pero que, y se
nota, se esfuerza por ir más allá (gracias también, sin
duda, al pulso férreo e innegable de Wolfgang
Petersen, un viejo lobo de mar en esto de las
superproducciones hechas con dignidad), por
saltarse de vez en cuando la fórmula matemática
que hoy parece regir el cine de Hollywood (que
aprenda Bruckheimer y no siga torturándonos
con engendros como Sesenta
segundos)
y por presentarnos personajes de carne y hueso,
palpables, inmersos en unos acontecimientos
extraordinarios que interesan, entretienen y, a
ratos, emocionan. Y esto, en los tiempos que
corren, yo lo agradezco.
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