CRÍTICA por Santiago
L. Moreno:
"En tiempos remotos una raza
extraterrestre se acercó a la Tierra y realizó
las operaciones pertinentes que a posteriori
darían como resultado el homo sapiens.
Tras su marcha, dejaron en otro cuerpo del
Sistema Solar un dispositivo que sólo habría de
despertar cuando el Hombre lograra llegar a él,
prueba fehaciente de su madurez y capacidad para
reunirse con sus creadores entre las
estrellas." Aunque pudiera parecerlo, esta
breve sinopsis no pertenece a la obra más
señera del género de ciencia ficción, 2001, una odisea del espacio,
sino a un filme mucho más reciente. Y
ciertamente, no por casualidad.
Brian De Palma,
director al que en sus comienzos se llegó a
presentar como el sucesor del maestro del
suspense, Alfred Hitchcock,
ha decidido un año antes de la fecha señalada
realizar un excelente homenaje a la obra maestra
de Stanley Kubrick,
y además darle un repaso a la nueva generación
de directores, más preocupados a la hora de
crear tensión en mover la cámara y realizar un
montaje agresivo que en utilizar el efectivo
lenguaje cinematográfico de toda la vida. Las
intenciones estéticas del director enfilan por
el camino del pulso reposado pero firme,
mostrando largos planos pausados de la superficie
marciana, el viaje espacial y los protagonistas,
los cuales tampoco responden al perfil que impera
en el cine de palomitas actual, ese que les
obliga a soltar chistes sin sentido entre taco y
taco mientras se pelean sin parar entre ellos. En
Misión a Marte los personajes son humanos, pero
sin olvidar nunca su condición de astronautas,
de profesionales con una misión que cumplir y
que no tienen que mostrarse continuamente
graciosos por la simple excusa del solaz
adolescente. Todo está enfocado hacia la sobriedad,
incluyendo el inusual (pero usual en él) score
de Ennio Morricone,
ausente de las habituales fanfarrias y golpes
violentos de violín que adornan últimamente
cualquier película con algo de acción. Algunas
escenas, en especial la que incluye el imposible
rescate orbital, alcanzan incluso la
majestuosidad, huyendo a la vez del
fácil y manido recurso del alivio final.
El filme tiene siempre presente la obra
homenajeada que, menciones a Contact aparte como
la del personaje de la difunta esposa del
copiloto o la manera en que está oculto el
código del ADN, aparece no sólo en la trama
argumental, sino en las naves, trajes e
interiores que contiene la película.
Olvidándose de la lectura mística, De Palma se
ha volcado en la interpretación racional
de la maravilla kubriquiana, realizando
un filme en el que los alienígenas no son más
que eso, la religión no tiene lugar y el
Monolito pasa de ser un frío y extraño objeto a
convertirse en un rostro semihumano. Los
procedimientos del viaje y la presentación de
Marte, extrapolados de la información que la
NASA facilitó sobre el tema, ayudan a hacer más
creíble una historia que recuerda en muchos
aspectos a otro filme de semejantes
características al que sin duda le debe los
primeros minutos de metraje: Apolo XIII. Incluso el
melifluo final no deja de ser otra manera de
representar ese encuentro directo con otra raza
alienígena que Kubrick imaginara de manera tan
abstracta y que De Palma convierte en más
cercano a nuestra visión de las cosas. Y
adornando todo el conjunto, unos
maravillosos -y por una vez creíbles- efectos
especiales.
Este homenaje a 2001,
una odisea del espacio, la mejor
película de ciencia ficción de la historia,
aún siendo excelente, cuenta con un par de
puntos oscuros. Uno de ellos es responsabilidad
de Tim Robbins,
quien acompañado por las correctas
interpretaciones de sus compañeros
realiza sin embargo la peor interpretación de su
vida, ilustrando al espectador sobre cuál puede
ser el aspecto del cartón. El otro aspecto
negativo reside en la existencia quizás
homenaje a su maestro- de un rotundo McGuffin,
y es que el motivo por el que nuestros vecinos
pusieron la semilla en nuestro planeta, por mucho
que se piense, no deja de ser un inmenso
misterio.
Buen trabajo, Brian De Palma.
Salve Kubrick.
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