CRÍTICA por Ismael
Alonso:
Drama epidérmico
Afirmaba Gerardo
Vera acerca de los jóvenes directores en
una reciente entrevista que en ellos (cito
textualmente) "la
manera de contar historias está por encima de
las historias que cuentan". Vamos,
que para estos nuevos realizadores la forma está
por encima del fondo, que les interesa más el
cómo que el qué. La verdad es que no sé si
malinterpreto sus palabras pero "Segunda piel"
me parece precisamente eso, un ejercicio
de estilo, una película de laboratorio más que
un pedazo de hondura humana atrapado por el
objetivo de su cámara.
Cuando se tiene la oportunidad de
contemplar este último trabajo del autor de las
fallidas (o quizás directamente mediocres) "Una mujer bajo la
lluvia" y "La
Celestina" uno recuerda muy
frescamente una obra de teatro de Harvey Weinstein, actor y
dramaturgo norteamericano, llamada "Algo en común"
y que ha podido ser vista en España hace dos o
tres años. Pues bien, tras ver "Segunda
piel" la sensación no es otra que la de que
la genial y original idea de Vera, guionizada por
Ángeles González-Sinde
(que no consigue estar aquí a la altura de su
trabajo en "La buena
estrella"), no es sino un vulgar
prólogo al brillante texto teatral. No es
plagio, no, pero tampoco es la premisa
insólita que nos pretenden vender.
Pese a no ser una mala película
sobre las relaciones sentimentales, el tratamiento
superficial, casi frívolo que el
director y su guionista han conferido al asunto
es su mayor lastre. La película pretende
naturalizar algo hasta hace poco tan
estigmatizado en la pantalla como es el amor
homosexual pero lo que consigue es una crónica
artificiosa e incluso ramplona de un triangulo
afectivo.
De los tres personajes que
sustentan la historia sólo el interpretado,
magníficamente por cierto, por Javier Bardem es un ser
libre. Por su parte los de
Jordi Mollá y Ariadna
Gil son presa de sus inhibiciones y
contradicciones y son retratados con bastantes
rasgos de hipocresía y estupidez. Vera no
consigue que el espectador comprenda o simpatice
con el matrimonio que en ocasiones deviene en
insufrible parejita de pijos.
Más atento al efecto estético,
al contraste de texturas, al uso de la luz
tamizada en encuadres tan bellos como afectados
que a la progresión sentimental de la historia,
Gerardo Vera hace que la acción se
acelere y se ralentice sin mucha coherencia
desechando una gradación en los acontecimientos
que se precipitan sin venir a cuento. Si
bien el retrato de relación matrimonial, uno de
los, a priori, puntos más interesantes a ser
tratados por la película, queda pronto diluído
sin pena ni gloria y llega al esperpento en la
escena en la que Ariadna Gil habla con su madre
no ocurre lo mismo con el interesante vínculo
entre Cecilia Roth y
Javier Bardem que resulta más estimulante
gracias a la capacidad interpretativa de ambos
actores.
En definitiva, la
historia adolece precisamente de lo que más
necesita: intensidad. Gerardo Vera es un
gran director artístico pero sus veleidades como
realizador no han hecho sino dar al traste con
materiales tan buenos como el remake de una
película de Neville
y la adaptación de una de las joyas de la
literatura española; en esta ocasión, y
manejando un argumento original, mejora con
respecto al pasado pero el resultado final no
deja de tener el frío aspecto del celuloide
emocionalmente vacío decorado a base de muebles
de diseño.
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