CRÍTICA por Ismael
Alonso
Velocidad luz
La velocidad inunda
nuestra vida. Coches rápidos, imágenes
aceleradas y plazos apremiantes que lo único que
hacen es impedirnos posar la mirada sobre
lo aparentemente sencillo y concedernos la
oportunidad de analizarlo con un mínimo
detenimiento. La visión fugaz de un
paisaje impide sentirlo y vivirlo. Cada época
tiene su orden y su ley y cada época tiene sus
transgresores, sus rebeldes. Alvin Straight
abandona el código de la velocidad y, avanzando
a contracorriente, se rebela contra esa visión
del mundo que parece estar basada en
correr hacia adelante sin pararse a pensar. Alvin
Straight prefiere tomarse su tiempo, no porque no
tenga prisa sino porque no tiene ese tipo de
prisa que parece dictada por la tecla de avance
rápido de un mando a distancia vital. David Lynch ha hecho lo
mismo durante toda su carrera: marcarse un paso,
no más lento ni más rápido que el que dictaba
el cine de su tiempo, simplemente diferente.
Alvin Straight y David Lynch tienen una medida
distinta de las cosas y, afortunadamente, la
comparten con nosotros.
Tras el hábil juego de palabras
del titulo original (el apellido del protagonista
juega con la rectitud moral y física de su
trayectoria) nos encontramos con una gran
película apuntalada sobre la entereza, la
testarudez y la misma naturaleza del ser humano
en un escenario simple que no simplista. Puede
que "Una historia
verdadera" remita a una América
regida por la naturaleza, por el trabajo, por la
honestidad cotidiana o por las costumbres
sencillas pero no por ello se trata de un retrato
falso ni bucólico. La mentira, la muerte y el
dolor son tratados en la película pero desde un
enfoque naturalista, sin aspavientos, como algo
irremediable y ya pasado. En este aspecto, Alvin
Straight, en su lento deambular por el Medio
Oeste se plantea como una figura casi angelical
dispuesto tanto a escuchar como a ser oído y
preparado igualmente a purgar sus propias faltas
y ayudar a enmendar las de los demás. Lynch nos
presenta un hombre que no tiene prisa porque
teme, quizás, que precipitando su andadura
precipitará también su final. Su
historia es su camino, no importa tanto
el origen y el destino como el trayecto en si, un
camino de reflexión (acerca de Dios, de su
familia, de la guerra) y, a la vez, de expiación
sobre lo que le ha tocado vivir.
En este sentido la película de
Lynch adolece de un cierto maniqueísmo, y puede
dar la sensación de estar contemplando a un "Autopista hacia el
cielo" de calidad, pero esta
impresión pronto desaparece al conjuntarse un extraordinario
intérprete (Robert
Farnsworth, veteranísimo actor nominado
aquí al Oscar) y un no menos brillante
director. Ambos, arropados por la
música de Angelo
Baladamenti y la fotografía de Freddie Francis (otro
octogenario ilustre) elevan lo que podría
haberse convertido en una historia llena de
buenas intenciones en una película llena
de buenos resultados. La maestría
visual de Lynch jugando tanto con la sensibilidad
como con la ironía (recuérdese ese plano-grúa
donde el protagonista avanza hacia una carretera
que se extiende recta hasta el horizonte, y la
cámara se eleva esperando captar la estela del
audaz viajero para a continuación volver a bajar
y comprobar que este apenas se ha desplazado unos
metros).
No vale la pena pasarse todo el
metraje intentando buscar en este trabajo el
supuesto "estilo Lynch", ir tras la
huella, atisbar el vestigio que ha caracterizado
a este autor tan personal sólo proporcionará
decepciones; no porque "Una historia
verdadera" no tenga rasgos lynchianos (que
los tiene, la mujer de los ciervos, los
mecánicos gemelos e incluso el comienzo del film
apuntan hacia ese lado) sino porque sería
preferible contemplar la película como una
lógica continuación de la obra del autor de "Carretera perdida" o
"Erasehead"
es decir como un retrato de la sociedad americana
que el director conoce. La América de "Blue Velvet" no
es antagónica de la de "Una historia
verdadera" sino complementaria.
"Una historia
verdadera" tiene la ventaja de ser cine que
se saborea y que se siente y ello gracias a que imprime
un ritmo que permite detener la mirada en el
detalle y en el gesto de forma que,
probablemente, nada se nos escapa y podemos
apreciar el recorrido del protagonista en todas
sus facetas. La película proporciona la
agradable sensación de llenar, no sólo la
pantalla, sino al espectador mismo colmándole de
sensaciones no por sencillas menos valiosas.
ISMAEL
ALONSO
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