CRÍTICA por Ismael
Alonso
Mi vida me da risa
La simpatía es un sentimiento
ambiguo que oscila entre el afecto y la
compasión. En el terreno cinematográfico, que
es sendero marcado por hitos de amor y odio, malo
es tirar por el camino del medio pues nos
hallaremos en el mustio terreno de la
indiferencia. Pero existe una ultima vía de
escape a esta deprimente condición de film
olvidable y que provoca el desinterés y es
que la película sea simpática.
Puede que sean las propias
carencias de la película la que la salven de la
inercia de pasar el resto de su vida en la
estantería más recóndita de un videoclub con
poca fortuna para seleccionar sus fondos, puede
que sean sus faltas y sus defectos la que la
hagan merecedora de una agradable compasión por
parte del engolado espectador o que, incluso,
provoquen un cierto entusiasmo entre la
concurrencia menos exigente o más desprevenida.
Todos tenemos una serie de películas que no
consideramos buenas pero que nos resultan
agradables, que no están entre nuestras
favoritas pero que nos importa ver y hasta volver
a ver; "Yo y yo
misma" es una de esas porque, sin
ser una maravilla, entretiene lo suficiente,
tiene algunos gags afortunados, posee un ritmo
correcto para una comedia de serie media y está
dirigida de forma competente, sin
alharacas pero con encomiable sencillez.
El guión está resuelto sin
grandes aspavientos dramáticos y sin los
temibles efectismos esperables en una trama que
trata sobre el desdoblamiento de personalidades y
las paradojas espacio-temporales y, sobretodo,
los productores y la directora-guionista han
tenido el tino de escoger a una excepcional
interprete llamada Rachel
Griffiths que es una actriz que
ha demostrado que puede lidiar con la comedia ("La boda de Muriel")
o con el drama ("Hillary
and Jackie") con igual brillantez. En
una historia como la que nos presenta Pip Karmel, sobre una joven mujer que pasa
por la crisis de los treintatantos y que pese a
su éxito profesional cree que metió la pata al
no haberse casado cuando pudo años atrás y que,
por un azar nunca explicado (lo cual casi se
agradece), conoce a la mujer que pudo haber sido
y la sustituye, el papel protagonista no
lo lleva un reparto coral al uso sino que el peso
ha de ser soportado por una sola persona y de la
capacidad de esa actriz dependerá el nivel de la
película. En este caso Rachel Griffiths resulta
imprescindible.
Que nadie se piense que "Yo
y yo misma" es el ultimo grito en
originalidad pero su tono desenfadado y
su falta de pretensiones hacen que
cuestiones como el destino, la condición
femenina o la familia, a menudo tratadas con una
seriedad casi metafísica, sean aquí expuestas
de forma ligera, agradable y simpática. Y no
sean maliciosos y piensen que digo simpática
como aquella mujer que viendo a los hijos de su
vecina y tras haber exclamado que guapos eran el
mayor y los medianos observa que el benjamín es
feo como un pecado y dice eso de "y este...
que niño tan simpático". No, la
simpatía que desprende "Yo y yo misma"
es sincera y atractiva.
ISMAEL
ALONSO
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