Las mejores películas basadas en relatos del escritor Edgar Allan Poe

Escrito por el 26.06.12 a las 12:00
Archivado en: Miscelánea

«Soy un artista. Y un artista no es más que un hombre arrastrado por un río: en una orilla está la cordura y en la otra la locura, pero él jamás encontrará el descanso en ninguna de las dos: seguirá fluyendo entre ambas, arrastrado por las aguas de su arte, alejado de la vida que se desarrolla en tierra, desde donde los demás le observan sin poder ayudarle, hasta morir en la inmensidad del mar.» Estas palabras nacían de labios de un Edgar Allan Poe de ficción, evocado por el escritor Félix J. Palma en su novela “El mapa del cielo” (Plaza y Janés). Poco se sabe con certeza de la vida del célebre cuentista de Baltimore, y menos aún sobre su muerte, acontecida en un hospital público después de que lo encontrasen, en pleno delirio, tirado en la calle. Esta circunstancia y el potente contenido imaginario de sus relatos ha convertido a Poe en una figura en manos de todos, prácticamente sin derechos de autor.

Múltiples obras, entre ellas abundantes películas, continúan tanteando el cosmos oscuro y demente que surgió de las fantasías del escritor, y por supuesto al mismísimo poeta, cuya vida otorga ideas totalmente descabelladas y otras más convencionales para biopics fuera de norma. A principios del siglo XX, algunos ensayos de cortometrajes silentes se fijaron en narraciones de este poeta de la enajenación y el horror insinuado antes de un estallido grotesco; las vívidas imágenes que a todo lector pueden sugerirles los cuentos abordados a continuación han formado parte indisoluble del género fantástico, de terror y ciencia ficción en la gran pantalla. Y aunque algunos nombres cinematográficos ya pervivirán por siempre asociados al emblema del autor, entre ellos los del director Roger Corman y el intérprete Vincent Price, las creaciones de Edgar Allan Poe siguen expandiéndose como sólo lo consiguen las creaciones más lúcidas y revolucionarias. Una literatura avant-garde que menos de un siglo después empezó a suscitar las mejores películas inspiradas en sus escalofriantes invenciones.

“La caída de la casa Usher” (Roger Corman, 1960): «¿Qué era aquello que me desconcertaba tanto durante la contemplación de la Casa Usher?» Se lo pregunta un hombre a caballo que llega al palacio familiar de su amigo Roderick Usher, un hombre carcomido por la enfermedad que va consumiendo a su hermana. Los elementos eran típicamente Poe y, como se confirmó en esta producción, precisos en el universo Corman: la violencia que surge de pasiones más viscerales que románticas en mentes demoniacas, asoladas por algún espíritu maligno o un simple desorden del ánimo. Fue el primer acercamiento del cineasta y de Richard Matheson como guionista a los cuentos de Poe, y el inicio de una nutrida e impremeditada saga sobre los terrores más populares del escritor. La historia que inauguró este ciclo no es una de las más conocidas —hubo un corto de 1928 dirigido por James Sibley Watson y Melville Webber—, y quizá haya ganado en notoriedad gracias al combo Corman-Price, siempre exagerado y, por tanto, siempre tan efectivo para los cánones del poeta de lo tenebroso. Un reparto reducido al mínimo, un espacio barroco, forrado de oropeles y terciopelos rugosos, y la perfecta yuxtaposición de la voz modulada y el gesto teatral de Vincent Price rinden uno de los más fieles homenajes a esos personajes monomaníacos imaginados por Poe.

“La máscara de la muerte roja” (Roger Corman, 1964): «Un murmullo que expresaba desaprobación y sorpresa y, finalmente, terror, horror y disgusto.» Entonces Corman se percató de que el academicismo y la narración tradicional formaban parte de la esencia de las estructuras de Poe, pero como cubiertas de una pulsión más esquizoide, más atormentada, más visual. Así, optó por desencadenarse del misterio y abordar de modo directo atmósferas extraídas directamente de un mal sueño. Y pesadillesca es esta versión de un carnaval atropellado, erótico y cruel, formado por varios salones de colores entre los que danzan y se desfogan un montón de aristócratas que no esperan a la muerte como invitada. El relato de Poe, de tremenda carga lírica, se transformó en una película que se aparta del original para dar más protagonismo al príncipe que organiza la fiesta, interpretado por Vicent Price. Nuevo añadidos, como muertes enigmáticas, satanismo y diálogos que articulan las obsesiones y la caída del príncipe, extendieron lo que sobre papel era una sucesión de descripciones ambientales sin apenas acción. Sólo la lenta espera de la muerte roja, o la peste que barre los campos de los plebeyos antes de tragarse, como postre delicioso, a los nobles escondidos en sus castillos de malaquita.

“Historias extraordinarias” (Federico Fellini, Louis Malle y Roger Vadim, 1968): «¿Quién es él?, ¿de dónde vino? y ¿cuáles son sus propósitos?» Tres directores apartados de los códigos del terror explícito, pero no de las estampas surrealistas y voluptuosas, para tres cuentos poco usuales. “Nunca apuestes tu cabeza al diablo”, “William Wilson” y “Metzengerstein”, respectivamente en manos de Fellini, Malle y Vadim, se engarzan como un tríptico que puede disfrutarse por separado o en escala ascendente. La unión de los tres estilos de cineastas con tanta personalidad conlleva, como en todo proyecto de coparticipación, ciertos contrastes acusados, pero de Poe y mentes innovadoras nunca puede salir nada desaprovechable. Jane Fonda y Brigitte Bardot eran preciosos anacronismos en las historias de Poe, con sus bellezas sesenteras abrazadas a pieles de felinos salvajes. Alain Delon, Terence Stamp y Peter Fonda favorecían el disfrute con sus miradas desquiciadas, como los hombres hermosos pero a punto de romperse que imaginara el propio Poe. Fellini trasladó su relato a época contemporánea, pero los otros respetaron las estéticas habitualmente atribuidas al escritor, con esa Edad Media sicalíptica y ese siglo XIX hortera de Louis Malle. En ese sentido, probablemente Fellini se ganó el tanto más jugoso al apostar por una desviación de las formas ya probadas por Roger Corman y al dejar en evidencia que las locuras de Poe no tiene fecha de caducidad.

“La tumba de Ligeia” (Roger Corman, 1964): «¿Por qué debería narrar minuciosamente los indecibles horrores de aquella noche?» El tema del doble, que Poe trataría de modo rotundo en “William Wilson”, constituye uno de los argumentos fundamentales del género de horror, y si se añade la circunstancia de que el doppelgänger sea de la mujer amada, aumenta de forma desmedida la carga de opresión. Como un “Vértigo (De entre los muertos)” (Alfred Hitchcock, 1959) rescrito en algún códice antiguo, la historia de Verden Fell (Price), su esposa muerta Ligeia y su nueva mujer Lady Rowena tuvo un equivalente cinematográfico plástico y eficiente, rodado en localizaciones naturales que salpicaban de ruinas mohosas y paisajes indomables esos interiores psicológicos en continuo proceso de salvajismo. Corman se despedía así de su ciclo Poe, sumergiéndose en los fosos de los temas más subversivos y ambiguos que pueden hallarse en la obra del escritor. La lectura más gótica hecha de un cuento de Poe, asimismo sin temor a amplificar los momentos oníricos y el colorido marca Corman sobre la atmósfera blanquinegra y desconsolada del relato.

“El cuervo” (Lew Landers, 1935): «Érase una medianoche lóbrega…» El poema, no demasiado extenso y de construcción matemática, que le abriría a Poe la compuerta de la fama es una de esas piezas incompatibles con otro medio que no sea aquel en el que nació. Pero ahí está un álbum de Lou Reed lanzado en 2003, y viñetas y obras artísticas deudoras de su repetitivo esquema fatalista, aferrado a la frase del cuervo «Nunca más». Y, sin embargo, siempre hay un nuevo intento por transformar en narración tradicional la escena del hombre abatido por la muerte de la amada y que recibe la visita, estrafalaria y profética, del pájaro negro. La película de Landers, por tanto, se aparta necesariamente del escueto material del poema y cuenta la ceguera gradual de un cirujano, amante de los escritos de Poe, que llevará sus actos al límite para conseguir el afecto de una bailarina enferma. Bela Lugosi y Boris Karloff no podían faltar en el universo del poeta como la pareja diabólica ideal, que lleva al mundo del psicokiller los métodos de tortura imaginados por el Poe más turbulento.

“El péndulo de la muerte” (Roger Corman, 1961): «Entonces el universo fue silencio, quietud y noche.» El péndulo gigante, dotado de un mecanismo semicircular con filo atroz, que va y viene, cada vez más cercano al suelo, hasta rozar las carnes de un hombre sujeto a una camilla. Sufrimientos más lentos e insoportables se han visto en cintas de terror que se encargan de violar sin pudores los castigos macabros descritos por Poe, pero un relato así, sumido en el monólogo interior, no se ganaría a ningún espectador durante más de media hora. Por ello, Roger Corman reincide en su estrategia ya conocida a través de adaptaciones previas y se lanza por los vericuetos de las rencillas entre protagonistas, explicadas mediante pasados tumultuosos y diálogos rotundos, de ésos que deben ser recitados con gorguera. El medievalismo casi extemporáneo de “El pozo y el péndulo”, hipérbole con la Inquisición española de fondo, se beneficiaba de un Vincent Price ya en nómina de los linajes de aristócratas endemoniados, de la creatividad a la hora del reciclaje del guionista/escritor Richard Matheson y la belleza perturbadora de Barbara Steele. Ritmo de metrónomo para un martirio delicioso que, por desgracia, termina.

“El gato negro” (Albert S. Rogell, 1941): «La enfermedad creció dentro de mí, ¡pues menuda enfermedad es el alcohol!» El motivo más visual de todos los plasmados por Poe en sus finales de efecto; aquél que una vez leído no necesita de imágenes concretas para ser apreciado como una secuencia vivida, o soñada, tras algún rincón de la memoria debidamente tapiado. Imitado hasta la saciedad y fundado sobre pánicos tan universales como la (impuesta) muerte en vida, el desenlace de esta historia necesita de una narración ascendente, y la versión de Rogell, más libre que un verso blanco, recurre al thriller en boga durante los cuarenta. Recibe, entonces, ecos de otro tipo de películas antes que de un Poe manifiesto, como las trampas entre víctima y acechadores de “El legado tenebroso” (Paul Leni, 1927). Después de esa armazón reconocible por el espectador medio, unas notas góticas: la omnipresencia felina, hilo conductor de la enajenación en el relato original; la casa como Cluedo y castillo de naipes en continua remodelación; la inocencia absoluta de la doncella rodeada por hombres tan imprecisos como Basil Rathbone. Un misterio de asesinatos en cadena que se aleja de la metafísica burlesca de Poe y se inspira en nuevos iconos y lugares comunes de género. En la misma línea que “Satanás” (Edgar G. Ulmer, 1934), otra delicatesen en la que Poe no es más que la excusa para seguir sondeando pozos sin fondo.

“La conciencia vengadora” (D.W. Griffith, 1914): «¿Por qué diría usted que estoy loco?» La versatilidad de Griffith como cortometrajista, y antes de que consolidara para los anales de los códigos audiovisuales la narración de novela decimonónica, quedó demostrada en esta película corta que partía de un texto clásico. Los dos fundamentos del director en un género con el que no suele relacionársele; no obstante, “El corazón delator” es uno de los cuentos más opresivos del imaginario Poe —también se incluían referencias al poema “Annabel Lee”—. La tendencia melodramática de Griffith añadía un telón romántico y traumas de infancia al conflicto, pero el crimen era idéntico: un joven que descuartiza a un anciano y desencadena una venganza terrible hacia sí mismo, acosado por su propia conciencia. Todavía faltaban señas de identidad inequívocas —aparece por el reparto Dorothy Gish—, pero es cuanto menos curiosa la traslación de un relato de Poe, narrado en primera persona y borracho de palabras e impresiones, al lenguaje del cine mudo. Una pequeña joya que procura el mayor contraste con la parafernalia de colores quemados y actuaciones de voces cavernosas que puntean el resto de las versiones sobre Poe.

“El doble asesinato de la calle Morgue” (Robert Florey, 1932): «No debemos juzgar por los métodos.» El menos sobrenatural y más detectivesco de los cuentos de Poe es también uno de los más populares y, dado su formato de proto-investigación, el más apetitoso para la serie B. La verdad es que las producciones centradas en crímenes enigmáticos de resolución descabellada abundaron tanto en el off-Hollywood que Poe y el detective Dupin, a pesar de sus medallas de pioneros, lo tenía difícil para sobresalir entre todas ellas. El locurón de Florey añadía más descaro al conjunto de tópicos con un crossover de científico loco y notas de la ciencia liberada de éticas de H. G. Welles. Quedaba el apellido Dupin, ahora propiedad de un joven aprendiz que debe evitar que su amada corra la misma suerte que otras desdichadas en manos del doctor Bela Lugosi. Efectos especiales, por denominarlos de algún modo, dignos de no dar crédito distraen del motivo central: la apropiación por parte del cine comercial de las innovaciones del expresionismo alemán, con resultados irreales y desfasados. Quizá tal y como realmente demanda el estilo de Poe, siempre al filo de convertir lo elegante en terror desclasado.

“Sílení” (Jan Svankmajer, 2005): «El mundo de nuestra triste Humanidad puede adquirir la apariencia de un Infierno.» La animación parecería una técnica mucho más acorde al imaginario espiral e indeterminado de Poe, si bien pocos se han aventurado en este sentido, por la sospecha de que surgirían piezas tan absorbentes como espinosas para el gran público. Tampoco se atrevió el animador checo Svankmajer, quien ya había elaborado unos cortos a partir de “El pozo y el péndulo” y “La caída de la casa Usher”, y artífice de fantasías tan poéticas y enrevesadas en la referencia a las locuras de Poe como “Otesánek” (2000). Partiendo de los cuentos “El sistema del Dr. Tarr y el profesor Fether” y “El entierro prematuro”, compuso no un corto, sino una película de dos horas largas con su arsenal de fotogramas feos y desapacibles, mezclados con ¡el marqués de Sade! Olfato fino de cineasta sin remilgos que convierte un manicomio en centro de terapia para un joven, que quizá aprenda a través de horrores imaginados que de los horrores reales no hay escapatoria posible.

Este listado deja desparramados sobre el escritorio de Edgar Allan Poe otros muchos cuentos menos reconocibles entre el gran público, como “Berenice” —que sirvió para un corto de Eric Rohmer en 1954—, “La caja oblonga” (Gordon Hessler, 1969) o “El entierro prematuro”, que dio pie a una variante en “La obsesión” (Roger Corman, 1962) y, mediante deudas tácitas, a “Buried (Enterrado)” (Rodrigo Cortés, 2010), que no hace otra cosa que recoger uno de los mayores horrores del siglo XIX: a ser enterrado vivo, como émulo del olvido. Ala negra que desde luego no ha cubierto a “El cuervo”, inspirador de múltiples versiones, entre ellas otra de Roger Corman de 1963 con guion de Richard Matheson — y que no debe confundirse con una cinta criminal de mismo título de 1943 de Henri Georges Clouzot, también maestra a su manera—. Ni a “El corazón delator”, que propició el debut de Jules Dassin en “The tell-tale heart”  (1941), o las peripecias de Dupin, ese recio y estoico predecesor de Sherlock Holmes, en “El fantasma de la calle Morgue” (Roy Del Ruth, 1954) y “Asesinatos en la calle Morgue” (Gordon Hessler, 1971).

Aparte quedan las adaptaciones que quizá habrían estimulado la curiosidad insaciable del escritor, amante de lo excéntrico y lo fronterizo. Por ello, podría haberse mostrado de acuerdo con que su universo se recrease en clave de giallo“Vicios prohibidos”  (Sergio Martino, 1972)— antes que de corbatas de lazo y polisones huyendo por aceras bañadas en iluminación de gas. O en los dominios estéticos del blockbuster diseñado por productores de fórmula, como ese “Tell Tale” (Michael Cuesta, 2009) que cruza “Memento” (Christopher Nolan, 2000) con la escalada introspectiva del personaje de Poe. Y más rarezas: otro ejercicio coral similar al de Fellini/Malle/Vadim, pero menos equilibrado, en “P.O.E. Poetry of Eerie” (2011), que reunía “La herencia del señor Valdemar”, “La esfinge”, “La narración de Arthur Gordon Pym” y “Los anteojos”, una de las raras incursiones del narrador en el género humorístico. Roger Corman tampoco faltó en la moda de las películas-piezas con “Historias de terror” (1962), para la que rescató “El gato negro”, “La herencia del señor Valdemar” y “Morella”. ¿Experimentos realmente dignos de que los párpados caídos de Poe se elevaran atónitos? Pues “Vincent” (Tim Burton, 1982), ese corto en blanco y negro inspirado en su tono narrativo, lírico y breve; uno de los segmentos de las “Historias para no dormir” (1967) de Narciso Ibáñez Serrador —fue “El cuervo”, con Rafael Navarro interpretando al propio autor—, e incluso un cameo en “Muchachada Nui” (2008) a manos de Raúl Cimas.

Porque Edgar Allan Poe se ha convertido en un filón tan irresistible como su obra. En menciones muy concretas, como ese Tom Hanks admirador del escritor en “Ladykillers” (Joel y Etan Coen, 2004), o el cazavampiros que le roba el nombre en “The lost boys” (Joel Schumacher, 1987) —¿habrá un próximo spoof literario con Poe enfrentado a lo sobrenatural, como ha puesto de moda Seth Grahame-Smith, e idea con la que coquetea “El enigma del cuervo” (James McTeigue, 2012)?—. Y en biopics que marujean con sus romances y las teorías sobre su misteriosa muerte: “Poe: Last Days of the Raven” (Brent Fidler y Eric Goldstein, 2008), “The death of Poe” (Mark Redfield, 2006), “El espectro de Edgar Allan Poe” (Mohy Quandour, 1974) y “The Loves of Edgar Allan Poe” (Harry Lachman, 1942). Cuadra mucho mejor su figura delicada y enfermiza como invitado de excepción —en la reivindicable “Danza macabra” (Sergio Corbucci y Antonio Margheriti, 1964), rehecha en “La horrible noche del baile de los muertos” (Antonio Margheriti, 1971) con ¡Klaus Kinski! como Poe—; o, directamente, como fantasma: en “Twixt” (Francis Ford Coppola, 2011), era una versión ectoplásmica del poeta que presta consejos a un escritor de segunda fila tan borrachuzo como se supone era él. Y aunque algunos relatos como “Manuscrito hallado en una botella”, “Un descenso al Maelström” o “El retrato oval” no han sugerido tanto al cine, un autor que ha conquistado a cineastas de élite festivalera y a la cultura popular, incluyendo la prueba de fuego de “Los Simpson” —con “El cuervo” en un especial “Treehouse of horror”—; ese autor ya puede expirar tranquilo, como fantasea Félix J. Palma: «Me marcho al lugar donde viven los monstruos…»

En las imágenes: “El enigma del cuervo” © 2012 Intrepid Pictures, FilmNation Entertainment, Galavis Film, Pioneer Pictures e Incentive Film Productions. “La caída de la casa Usher” © 1960 American International Pictures. “La máscara de la muerte roja” © 1964 Alta Vista Productions y American International Pictures. “Historias extraordinarias” © 1968 Les Films Marceau, Produzioni Europee Associati (PEA) y Cocinor. “La tumba de Ligeia” © 1964 Alta Vista Productions y American International Pictures. “El cuervo” © 1935 Universal Pictures. “El péndulo de la muerte” © 1961 American International Pictures. “El gato negro” © 1941 Universal Pictures. “La conciencia vengadora” © 1914 Majestic Motion Picture Company. “El doble asesinato de la calle Morgue” © 1932 Universal Pictures. “Sílení” © 2005 Athanor, C-Ga Film, Ceská Televize y Barrandov Studios. “Buried (Enterrado)” © 2010 Versus Entertainment, The Safran Company y Dark Trick Films. “Historias de terror” © 1962 American International Pictures. “Twixt” © 2011 American Zoetrope. Todos los derechos reservados.

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4 - Finrod Felagund - 13:52 - 02.10.14

Marcos, literatura y números no son incompatibles, ambos son maravillosos y ningún tiempo dedicado a cualquiera de los dos puede conseiderarse como tirado a la basura. Eso sí, espero que tu nueva etapa de aficionado a Poe te sirva para mejorar tu ortografía.



3 - Paula - 5:41 - 18.11.13

Ligeia,Edgard Allan Poe.Exelente,pareceria que fuese hoy.



2 - marcos - 20:00 - 23.08.13

poe la inspiracion que estaba buscando toda mi existencia por fin conoci a POE y por fin se para q estoy en este mundo la literatura yo que estube toda mi vida dedicado a los numeros 28 años echados a la basura



1 - ATS - 23:39 - 27.06.12

¿Me lo parece a mí o falta la magnífica y pionera película de Jean Epstein “El hundimiento de la casa Usher” (1928)?



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