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Las mejores películas con personajes ciegos

Escrito por el 10.05.12 a las 17:16
Archivado en: Personajes

La lectura en braille consiste en celdas de seis puntos ordenados e impresos en relieve según distintas combinaciones. A esa casilla se refiere el título de lo nuevo de Roberto Pérez Toledo, “Seis puntos sobre Emma” (ver tráiler y escenas), que narra el empeño de una mujer ciega (Verónica Echegui) por ser madre. Un impedimento físico que se traslada al plano de lo figurado en cuanto Emma descubre que su ceguera se ha extendido también a su ahínco por escoger al padre perfecto sin que medie ninguna clase de involucración romántica. El personaje de Echegui se topa con una percepción de la realidad cargada de obstáculos extra, un tema que ha interesado a los guionistas en numerosas producciones, aunque la ceguera en gran pantalla haya servido tanto para la concienciación social como para el giro lacrimógeno, el suspense elevado a máxima potencia o la chirigota. A continuación escogemos una pequeña selección de los mejores personajes ciegos que han recorrido a trompicones su particular campo de sombras.

“Luces de la ciudad” (Charles Chaplin, 1931): Una de las más descacharrantes, delicadas y completas obras en la filmografía de Chaplin es este cuento urbano acerca del vagabundo que popularizó el cómico y de una chica ciega de la que cae rendidamente enamorado y a la que intentará costear la operación que le devuelva la vista. La premisa despide el aroma de lo previsible y manipulador, pero nada más alejado de sus hechuras finales —y nada más cerca de cintas que abrazan lo opuesto, como esa “Obsesión” (Douglas Sirk, 1954) en la que Roderick Hudson se sacaba el título de cirujano para sanar a su amada ciega—. El amable nómada de Chaplin suaviza las cargas sensibleras del conflicto y las transforma en una fábula que propone el final más recordado de su carrera, sustentado por un par de líneas de diálogo escuetas y sintetizadoras de todo el lirismo escondido en los rotos del universo chapliniano. La perfecta double feature programaría tras ella —o antes de ella, según se desee concluir en la luz o la oscuridad— “El hombre que ríe” (Paul Leni, 1928), ese antecedente del Joker, interpretado por Conrad Veidt, que amaba trágicamente a otra joven incapaz de ver la deformidad de su sonrisa perpetua.

“La novia de Frankenstein” (James Whale, 1935): Demostración de que segundas partes pueden ser tan buenas que superan a la primera entrega, tras “El doctor Frankenstein” (Whale, 1931) el motivo del moderno Prometeo se superó a sí mismo en esta locura onírica que, como en esa velada en la Villa Diodati durante la tormenta, con Mary Shelley trazando el primer perfil de su criatura, compagina el mejor terror a la par que extrae recónditas bellezas. Y en una de las escenas más excepcionales de la película —parodiada en “El jovencito Frankenstein” (Mel Brooks, 1974)— el monstruo (Boris Karloff) se refugiaba en la cabaña de un violinista ciego que, en claro amago de oponerse a los prejuicios de la muchedumbre que pretende dar caza al engendro, comparte con él un poco de sabiduría y el aprendizaje de algunas palabras con las que comunicarse. Este gesto de socialización, pues sólo mediante el lenguaje podrá el monstruo adquirir un lugar para la convivencia, revelaba la hondura de la historia de Shelley, a menudo vinculada a imaginarios viscerales sin ninguna compenetración con el alma de lo aberrante.

“Zatôichi” (Takeshi Kitano, 2003): Si Daredevil fue la traslación definitiva de los hombres aquejados de alguna discapacidad al escuadrón de los superhéroes Marvel —aparte de la escultora ciega Alicia Masters—, y pasto de una impopular versión cinematográfica en 2003, aquel mismo año llegaba desde Japón un héroe también ciego y también imparable, surgido de la creatividad de Kitano a partir de un texto de Kan Shimozawa. Ambientada en los feudos nipones del siglo XIX, la película narra la revelación de un simple masajista como habilidoso espadachín que ayudará a un pueblo a liberarse del yugo de una panda de abusones y matones, al más puro estilo far west. Kitano, que se reservó el papel protagonista, coreografiaba las peleas al modo de un trazado con pincel a ciegas, y sus toques de costumbrismo colorista —el niño de tendencias ludópatas o las geishas que lo ayudarán en sus pesquisas— hallaban armónico contrapunto en un código interno samurái contrapuesto a los fastos de esta jukebox de géneros, musical inclusive, que triunfó en el Festival de Sitges y que le reservaba a Kitano un León de Plata al Mejor Director en Venecia.

“El bosque” (M. Night Shyamalan, 2004): No se trata del ejemplo favorito de los seguidores de Shyamalan, incluso podría afirmarse que suele ser empleado como arma arrojadiza por sus detractores, y Bryce Dallas Howard tampoco parecería la actriz más sobresaliente del mundo a la hora de encarnar a una joven ciega. Para quien desee darle una oportunidad, a pesar de todo, “El bosque” significó un punzante análisis de la era de las contrautopías y, dejando de lado el rechazo barato hacia los finales sorpresa y los enigmas que para el espectador atento no lo son tanto, una entregada historia de amor en la que es ella la heroína contra todo pronóstico, encargada de despertar al durmiente, salvar la aldea y, la tarea más dolorosa, velar por el secreto que mantiene un orden social ilusorio. El ciego es el que mejor ve en un pueblo de ignorantes —subtexto similar a la paranoia de Saramago en “A ciegas”  (Fernando Meirelles, 2008)—, y Shyamalan sabía contar eso por debajo de la sábana de sus fantasmagorías habituales, con pulso de excelente narrador, de experto en el manejo del sonido —y escalofriante partitura de su fiel James Newton Howard— y de poeta íntimo y fantástico masacrado injustamente, como en esta ocasión, por los efectos que aún arrastra de su primer éxito.

“Sola en la oscuridad” (Terence Young, 1967): Rizar el rizo del tópico de scream queen conllevaría colocar a la damisela en apuros en un nivel de peligrosidad que coquetea con el sadismo. Audrey Hepburn gritaba, pues, como ninguna otra mujer, y encima ciega, atrapada en casa con el psicópata que rebusca una muñeca rellena de droga escondida en la casa. El juego del gato y el ratón adquiría texturas opacas de casi insufrible visionado, sólo roto por una traicionera bombilla de frigorífico. Si bien no tan opresiva como “El milagro de Anna Sullivan” (Arthur Penn, 1962), pero más que “Jennifer 8” (Bruce Robinson, 1992), la película hacía un flaco favor a las bondades de los hogares para supervivencia de los ciegos y avisaba, como a la dulce Emily Watson en “El dragón rojo” (Brett Ratner, 2002), acerca de lo poco que deben fiarse ciegas cándidas de voces varoniles y cálidas que esconden al demonio dentro.

“Dogville” (Lars von Trier, 2003): “Bailar en la oscuridad” (2000) quizá haga saltar la liebre de las referencias a personajes ciegos al mencionar la filmografía de von Trier, pero conviene recordar que Selma, la protagonista con trinos de Björk en aquella película, sufría graves problemas de visión, al igual que su hijo, pero ninguno acusaba aún la ceguera completa. En el caso de “Dogville”, primera entrega de una incompleta trilogía del cineasta sobre Norteamérica, Grace (Nicole Kidman) ayudaba a un inválido proclive a negar su condición en aquel pueblo-escenario que, realmente, carecía de las barreras con las que tendría que lidiar en un ambiente diario. Jack (Ben Gazzara) se deja convencer por las buenas intenciones de Grace y le permite ser su bastón guía a través de las tablas pintadas de tiza y los cajones de utilería que von Trier empleó como único decorado, en una versión que adopta direcciones más perversas y pesimistas que esos paseos voluntariosos —y estomagantes— entre samaritano y ciego vistos en “Amelie” (Jean-Pierre Jeunet, 2001), “A primera vista” (Irwin Winkler, 1999), “Esencia de mujer” (Martin Brest, 1992), “Un retazo de azul” (Guy Green, 1965) o “La vida secreta de las palabras” (Isabel Coixet, 2005).

“Los abrazos rotos” (Pedro Almodóvar, 2009): La idea ya había sido empleada por Woody Allen en “Un final made in Hollywood” (2002); un director de cine ciego que debe completar su última obra sirviéndose de las siempre subjetivas e imperfectas indicaciones de quienes lo rodean. Sin embargo, mientras el director neoyorquino optaba por su acostumbrado tono cómico para una alegoría acerca de las diferentes apreciaciones del público estadounidense y del europeo, Almodóvar volvía a apartarse de su humor originario para este barroco cuento de fetichismo y desamor. Lluís Homar conseguía un trabajo convincente y desgarrado en su papel de Harry Caine, el cineasta ciego no tan obsesionado con plasmar lo que sólo él ve en pantalla como por completar la imagen parcial de su amante Lena (Penélope Cruz), en una caída libre que demuestra la insensatez de querer ver en su totalidad al ser amado. Otros artistas y almas sensibles que han sobrellevado con mayor o menor fortuna amorosa las cargas de la ceguera han sido el pianista “Ray” (Taylor Hackford, 2004) y el diplomático destinado en Shanghái de “La condesa rusa” (James Ivory, 2005).

“The eye” (Oxide Pang Chun, Danny Pang, 2002): Retomando el caso de “Sola en la oscuridad”, el personaje ciego ha reportado más de un filón al género de terror, bien para el bando de los acosados o de los acosadores. Durante el auge oriental de principios de siglo XXI, resaltó este relato sobre una violinista ciega que recibe en un trasplante las córneas de alguien sospechoso, lo cual conlleva nuevas e insospechadas visiones. Fruto de un desastroso remake made in USA con Jessica Alba de estrella y objeto de una secuela en 2004, “The eye” mezclaba la vocación de ghost story con técnicas de cine verité —la combinación con la cámara subjetiva que muestra las borrosas revelaciones de la joven— y un desarrollo detectivesco que se iba alejando de la hondura en la que podía haberse sumergido esta ciega que da sus primeros pasos en un mundo visualmente contaminado. Y ya pavorosos sin tapujos eran el ciego que recibe un donativo ocular en “Dead man’s eye” (Reginald Le Borg, 1944), con Lon Chaney Jr., el ama de casa ciega de “House on haunted hill” (William Castle, 1959) y el artista que esculpía con esqueletos de cadáveres en “El coleccionista de cadáveres” (Santos Alcocer, 1970), una de las últimas incursiones cinematográficas de Boris Karloff.

En las imágenes: ”Luces de la ciudad” © 1931 United Artists. Todos los derechos reservados. “La novia de Frankenstein” © 1935 Universal Pictures. Todos los derechos reservados. “Zatôichi” © 2003 Office Kitano, Saito Entertainment, TV Asahi, Dentsu, Tokio FM y Bandai Visual. Todos los derechos reservados. “El bosque” © 2004 Touchstone Pictures, Blinding Edge Pictures y Scott Rudin Productions. Todos los derechos reservados. “Sola en la oscuridad” © 1967 Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados. “Dogville” © 2003 Zentrope Entertainment. Todos los derechos reservados. “Los abrazos rotos” © 2009 El Deseo S.A. Todos los derechos reservados. “The eye” © 2002 Applause Pictures y Mediacorp Raintree Pictures. Todos los derechos reservados.

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4 - Armando - 4:42 - 22.07.14

Muy muy importante incluir Perfume de Mujer, toda una obra de arte en actuación y guión.



3 - raúl - 14:39 - 14.09.13

A mi también me gustaría incluir Happy Times de zhang yimou



2 - zoquete - 12:59 - 25.08.12

Felicitaciones. Aunque no se trata de ser exhaustivo, me llamó especialmente la atención el papel de Cameron Díaz como invidente en “Cosas que diría con solo mirarla”. Muy recomendable…



1 - Roberto - 19:28 - 10.05.12

La reseña es excelente, pero me gustaría incluir al entrañable Víctor Mature, y su personaje de “Samson and delilah” (1950) de Cecil B. De Mille, patético y heroico al final, guarda un lugar de privilegio en la historia del cine.




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