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Las mejores películas canadienses

Escrito por el 24.05.12 a las 22:19
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Decía Alfred Hitchcock que para ambientar la acción en un país concreto nada mejor que recurrir a sus tópicos. Pero, ¿cuáles serían los lugares comunes de Canadá? ¿La policía montada, la nieve, los leñadores, la encarnada hoja de arce? Dos estrenos recientes como “Profesor Lazhar” (ver tráiler) y “Starbuck” (ver tráiler) podrían pasar fácilmente por producciones francesas, inglesas o alemanas… y sin embargo son canadienses.

El país que más mofa despierta entre chistes y sitcoms estadounidenses —véase como ejemplo la Robin Scherbatsky de “Cómo conocí a vuestra madre” (2005)— resulta ser mucho más diverso y original de lo que anticiparían esos clichés de guía básica. Películas en las antípodas la una de la otra, una comedia intimista y un melodrama sentimental que han atraído tanto premios internacionales —la nominación al Oscar® de “Profesor Lazhar”— como la atención del público de su país de origen. Es el momento de recuperar algunas perlas de un país injustamente olvidado en los balances de estrenos anuales.

“El dulce porvenir” (Atom Egoyan, 1997): El que probablemente sea el director más representativo de la cinematografía canadiense procede en realidad de Egipto y de un árbol familiar armenio. Su amoldamiento a la idiosincrasia de los fríos casi polares ha sido más que simbiótica: sus películas suelen hablar de soledades, aislamientos y pérdidas afiladas como carámbanos. En este descarnado retrato coral de un pueblo atenazado por la tragedia de un autobús escolar que descarrila, Egoyan absorbía el folklore germano —el cuento “El flautista de Hamelin”— para hablar sin miramientos de la continua sensación del hombre como ser incompleto. Todos los niños de la localidad, excepto una adolescente, mueren en el siniestro, y la película propone un panorama de nuevo crecimiento a partir del vacío más doloroso imaginable. Bella y fría a pesar de su incómoda trama, triunfó en Cannes, Toronto y la Seminci. Otras destacadas obras canadienses del realizador han sido “Exótica” (1994), “El viaje de Felicia” (1999) o la reciente “Chloe” (2009).

“Videodrome” (David Cronenberg, 1983): Y uno de los incontestables mejores cineastas de las últimas décadas también posee la nacionalidad canadiense. Algo de la sequedad del hielo se le debió de pegar en los dedos a Cronenberg, cuyas películas se clavan en las retinas con esa mezcla de frescor y punzante adherencia que causa el agua congelada. Una de sus primeras ‘idas de olla’ con sello de producción en Canadá relataba la odisea de un hombre corriente que es progresivamente abducido por un extraño programa de televisión, llamado Videodrome. Efectos especiales de textura carnal y fundamentos científicos alternativos, marcas reconocibles del imaginario de Cronenberg, componen una de sus mejores primeras películas, precedida por “Scanners” (1981), y a la que siguieron “El almuerzo desnudo” (1991), “Crash” (1996), “eXistenZ” (2000), “Spider” (2002) y la coproducción de próximo estreno “Cosmopolis”.

 “Incendies” (Denis Villeneuve, 2010): Uno de los últimos éxitos transnacionales de Canadá, antes de “Profesor Lazhar”, fue este crudo viaje familiar, basado en una obra de teatro de Wajdi Mouawad. Se llevó el máximo galardón de Toronto y recibió las atenciones de los Oscar®, los BAFTA y los César, además de arrasar en los premios Genie, los máximos galardones de la Academia de cine canadiense. La guerra del Líbano ejerce de telón de fondo de un drama entre dos hermanos, su madre moribunda tras sufrir un ataque, y un padre y un hermano de los que no han sabido nada durante años. Metraje más que generoso y mucho formalismo en una de esas cintas de difícil saboreo y digestión, en manos de un joven cineasta que ya había despertado el interés de sus compatriotas y de la crítica extranjera con “Polytechnique” (2009) y “Maelström” (2000), una historia cercana al reciente éxito en círculos indies “Otra tierra” (Mike Cahill, 2011).

“My Winnipeg” (Guy Maddin, 2007): En nuestro país apenas alcanzó repercusión este falso documental, o mockumentary, sobre una pequeña ciudad de Canadá, Winnipeg, rodado tras los filtros surrealistas y blanquinegros típicos de Guy Maddin. Se trata de una disección inventada, onírica y a ratos buñueliana de los escenarios en los que transcurrió la infancia de Maddin, cineasta que podría pasar por el hijo bastardo de David Lynch tras una noche de borrachera persiguiendo freaks de Los Ángeles tras la frontera equivocada, en un lugar asolado por las nevadas. Construido a partir de personajes increíbles y escenas sumadas entre sí mediante diversas texturas, formatos y tiempos, el documental de la vida provinciana en Canadá no será lo más idílico y convincente para sus vecinos norteamericanos, pero al menos arrancaba extraña poesía de lo grotesco y del orgullo de lo olvidado.

“Mi tío Antoine” (Claude Jutra, 1971): El más francés de los clásicos del cine canadiense, un homenaje a caballo entre la placidez estética de los cineastas vituperados por la Nouvelle Vague y la mirada rebelde de los componentes de este movimiento nacido en los cincuenta. Los tópicos del paisaje canadiense bajo un manto invernal perpetuo eran fundidos, aunque no del todo pisoteados, por la historia de un quinceañero que termina de madurar al calor de una familia encargada del negocio funerario en una población de Quebec. Una romántica visión de la vertiente rural de un Canadá irreconocible como tal, salpicada por conflictos sociales y revoluciones mineras como trasfondo para el crecimiento entrecortado del protagonista. La película recibió una cálida acogida en su momento y asentó la fama nacional de Claude Jutra, quien terminó trágicamente con su vida arrojándose a las aguas de un río gélido, incapaz de afrontar el Alzheimer prematuro que se le había diagnosticado.

“Las invasiones bárbaras” (Dennys Arcand, 2004): Muchos esgrimieron en contra de este rotundo triunfo del cine canadiense que se trataba de una película difícil de comprender en su totalidad si no se había visto la obra previa de Dennys Arcand, “El declive del imperio americano” (1986), una historia con idénticos personajes, en versión más juvenil. A pesar de estos argumentos, conquistó a los especialistas y arrasó con premios o nominaciones en todos los certámenes y entregas de premios de Europa y Estados Unidos. Al contrario que el fin del desdichado Claude Jutra, la película enfocaba con valiente optimismo la decadencia física de un enfermo terminal, que solicita la presencia de todos sus amigos y familiares junto a su lecho de canceroso. Arcand se demostraba capaz de la risa pletórica en momentos tan arduos, de combinar lo pragmático y lo sensitivo, y de encontrar motivos de celebración cuando todo se acaba. Un carácter risueño, resolutivo y de superación a la altura de un país congelado que dispone de la sonoridad fonética y la herencia sociocultural de lo francés.

“Lejos de ella” (Sarah Polley, 2006): Sarah Polley, la pequeña protagonista del drama “El dulce porvenir” y actriz fetiche de Isabel Coixet, también hizo sus pinitos tras las cámaras con esta crónica de una mujer que va cayendo en las garras del Alzheimer, para consternación de su esposo de toda la vida. Una premisa de susto y sobremesa para una película de mayor altura, que se saldó con una estupenda interpretación de Julie Christie —que tuvo nominación al Oscar® tras años de haberlo conseguido por “Darling” (John Schlesinger, 1965)— y dosis menos cargadas de cafeína sensiblera de lo que podría imaginarse en un principio. Disfrutó de muy buena acogida entre los críticos de Estados Unidos y supo apartarse del género de hospitales y salas de espera vitales para convertirse en uno de los más recientes referentes de romances crepusculares. La actriz metida a directora ha vuelto a probar suerte con otra producción canadiense en “Take this waltz” (2011), un triángulo amoroso centrado en personajes más jóvenes, que llegará pronto a nuestras pantallas.

“Al final de la escalera” (Peter Medak, 1980): Cima del género de terror de los ochenta y reinvención no superada de la temática de ghost story decimonónica, la película todavía genera inquietud entre nuevos espectadores con su dichoso juego de la pelotita. Un compositor musical llega cargado de equipaje trágico y emocional a un caserón de alquiler, ‘donde extrañas cosas empezarán a suceder’. La historia del desván cerrado, la silla que se mueve sola, las voces y la pelota que cae por las escaleras una y otra vez sin que se vea la mano culpable, puede sonar a más que conocida. Esto se debe a la multitud de plagios y saqueos que ha sufrido desde entonces, terminando en “La mujer de negro” (James Watkins, 2011), cinta a medias canadiense que adapta una novela de Susan Hill, igualmente conformada por el botín de guerra de esta película y de escritoras clásicas como Margaret Oliphant.

“El Zorro gris” (Phillip Borsos, 1982): Para ira y consternación de sus vecinos yankees, Canadá también se atreve con el western, el único género de médula espinal cien por cien norteamericana. Y semejante osadía la cometió Phillip Borsos, un director de breve trayectoria que se reveló especialista en cintas de reposición navideña, con la que sin embargo es considerada una de las mejores películas canadienses de la Historia. Bill Miner —Richard Farnsworth, que recibió una nominación al Globo de Oro— es un antiguo asaltante de diligencias que emigra a Canadá en busca de otro trabajo, igual de bandolero y poco digno, robando en los modernos trenes. La trama del hombre analógico atrapado en un mundo digital, o del viejo jinete que ha peinado canas en prisión mientras allá fuera se multiplicaban los rebaños de caballos de acero, lucía un apartado visual hoy un tanto caduco, pero repleto de elegía. Una suerte de metáfora temprana sobre esa bestia esteparia que fue Canadá en el pasado, y que poco a poco ha ido convirtiéndose en una leyenda condenada a ser tan moderna, avanzada y de proyección internacional como mandan los Estados Unidos que ríen desde abajo.

“C.R.A.Z.Y.” (Jean-Marc Vallée, 2005): Otro éxito de público, en parte por su fórmula típicamente afrancesada, que narra el desesperado periplo de Zac, un joven que se mueve entre definir una figura paterna ausente y su propia sexualidad, en medio de la convulsa libertad de los setenta. La selección musical se sustentaba en David Bowie, Pink Floyd, los Rolling Stones y Patsy Cline, como ingrediente fundamental en todo reciente sleeper cubierto, además, de una muy popular estética vintage. El guion se perdía dando vueltas por requiebros melodramáticos más que sabidos, pero encontraba un feliz equilibrio en las notas de humor y en su desprejuiciado acercamiento a las dudas de un adolescente no demasiado contento con la época que le corresponde, tan idealizada a día de hoy. Ejemplo destacable de la inteligencia canadiense que sabe remover en el mismo vaso de precipitados las notas de autor en un esqueleto de funcionalidad comercial.

Gran cantidad de clásicos canadienses se han perdido en el miasma de producciones de las últimas décadas, en muchas ocasiones confundidos con cintas francesas. Y no son pocas las películas que han enarbolado altas cotas de calidad, también como coproducciones entre Canadá y Estados Unidos u otros países de Europa. Entre éstas, cabría destacar “El museo de Margaret” (Mort Ransen, 1995), una curiosa historia de época con la entonces encasillada Helena Bonham Carter; el tableau vivant sobre una familia húngara de “Sunshine” (István Szabó, 1999), protagonizada por Ralph Fiennes y Rachel Weisz; la popular “El violín rojo” (François Girard, 1998), en especial por su oscarizada banda sonora de Joshua Bell; “Conociendo a Julia” (István Szabó, 2005), o Annette Bening como una diva teatral venida a menos; la revolucionaria animación de “Bienvenidos a Belleville” (Sylvain Chomet, 2006); el hit de taquilla “La gran seducción” (Jean-François Pouliot, 2003); la incursión en la epopeya bélica de gran presupuesto de “Passchendaele” (Paul Gross, 2008), y una comedia amarga muy destacable, con un excelente Paul Giamatti, que no tuvo buena fortuna por nuestras carteleras, “El mundo según Barney” (Richard J. Lewis, 2010).

En las imágenes: “Starbuck” © 2011 Caramel Film. ”El dulce porvenir” © 1997 New Line. ”Videodrome” © 1983 Universal Pictures, CFDC, Famous Players y Filmplan. “Incendies” © 2010 Micro_Scope, TS Productions y PHI Group. ”My Winnipeg” © 2007 IFC Films, Documentary Channel, Buffalo Gal Pictures, Everyday Pictures, Canadian Television Fund y Manitoba Film and Sound. ”Mi tío Antoine” © 1971 Office national du film du Canada. ”Las invasiones bárbaras” © 2003 Téléfilm Canadá, Crédit  D’impôt Cinéma et Télevision, Gestion SODEC, Société de Développement des Entreprises Culturelles, Radio-Canada Télévision, Canada Crédit D’impôt Pour Film ou Vidéo Canadien, Astral Média, Le Fons Harold Greenberg, Canal + y Centre National de la Cinématographie. ”Lejos de ella” © 2006 The Film Farm, Foundry Films, Capri Releasing, Hanway Films y Echo Lake Productions. ”Al final de la escalera” © 1980 Universal Pictures. ”El Zorro gris” © 1982 Mercury Pictures. ”C.R.A.Z.Y.” © 2005 Cirrus Communications y Crazy Films. ”El mundo según Barney” © 2010 Universal Pictures, Serendipity Point Films, Fandango Films y Lyla Films. Todos los derechos reservados.

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3 - Rodrigo - 3:09 - 09.03.14

Yo creo que la que dice Edgar, para futura referencia es Scott Pilgrim vs the World.



2 - Sasca - 16:58 - 20.10.13

YO CREO QUE LA MEJOR PELICULA DEL MUNDO ES NEVER SAY NEVER DE JUSTIN BIEBER



1 - edgar - 8:06 - 10.10.13

como se llama la película (obvio canadiense) que es un actor poco conocido que es un adolencente friki, aficionado a los videojuegos, y compagina muchísimo con una chica oriental, pero un dia llega una chica super sexy al poblado, la conoce, la hace su novia, y posteriormente llega el novio de la nueva y se enfrentan ambos al estilo de Street Fighter y después ambas chicas pean por el chico, con efectos estilo capcom.
–Gracias–




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