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Las mejores películas de cine bélico moderno

Escrito por el 16.06.12 a las 0:39
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Más de uno confundiría los fotogramas pertenecientes a distintas películas sobre el soldado moderno, reforzado por sus cascos, chalecos y vehículos cada vez más robustos. Es un gremio, no obstante, que parece no cansar nunca ni agotar sus recursos: ahora les toca el turno a los Navy SEAL, que por si alguien no sabe qué clase de subdivisión militar es ésa, “Acto de valor” (ver tráiler y escenas) se encarga de explicarlo entremezclando la ficción con el envoltorio de camaradería documental. El cine bélico podría entenderse, a raíz de los valores compendiados en esta nueva oda al ejército estadounidense, como indirecto cántico a la amistad masculina, ya sea en territorios enemigos que refuerzan los lazos entre marines, pilotos o cabos, o en zonas amigas que promulgan el odio entre subalternos y altos mandos. La guerra como campo de batallas íntimas, hatillo de recuerdos y traumas, y escenario de demostración de la hombría o el patriotismo.

 

Soldados ególatras o sacrificados por su país, entonces, se reparten el protagonismo de este género que engloba muchísimos matices, contextos históricos, geográficos y sociopolíticos, amén de una enorme variedad de formatos que viajan desde el cine denuncia hasta el panfleto esteticista, con bellas puestas de sol sobre el desierto y oficiales que dejan atrás a sus embarazadísimas esposas —piénsese en, por ejemplo, el comienzo de “Transformers” (Michael Bay, 2007), que resume esa nueva poética del miliciano como héroe sensible pero todoterreno contra yihadistas, zombis o robots alienígenas—. Visto el carácter portentoso del tema, a continuación expondremos únicamente las mejores películas bélicas desde el punto de inflexión para el género que marcó la primera de ellas, y aplicando como criterio seleccionador aquellas historias en las que la soldadesca centre la atención principal y la acción en el frente constituya buena parte, sino la mayoritaria, del metraje.

 

“Apocalypse now” (Francis Ford Coppola, 1979): “El corazón de las tinieblas”, novela de Joseph Conrad en la que se inspiró Coppola para el guion, no incluía ningún parámetro bélico más allá de los efectos de la colonización belga en el Congo. Esto apunta que “Apocalypse now” tampoco poseía un germen bélico y que su adscripción al género se debería a ciertos factores reconocibles antes que a una pureza sustancial. El protagonista es un soldado, prácticamente chiflado por los calores de Vietnam, las largas esperas en cabañas como celdas y los olores del napalm. Hay escenas de combate, tal vez la escena de combate por antonomasia, con su armonía de helicópteros último modelo, el acolchado de las palmeras y la pauta tan parodiable como irónica de Wagner y sus valquirias. De modo que “Apocalypse now” encajaba en los parámetros del bélico, y hasta se convirtió en la mejor cinta bélica, resucitando un género estancado en fórmulas de pelotones silbantes, vista en mucho tiempo. También continúa siendo la mejor proyectada desde su fecha de estreno, a pesar de su larguísimo metraje y de la confusión entre qué versión es la buena, la original o el director’s cut. Pero no es una película de guerra, o de una sola guerra a secas: fue la de Coppola contra su razón y su propia fortuna, que arriesgó en la empresa; es la de un joven en busca de una respuesta, cuando río abajo la corriente sólo arrastra muertos y mierda. El horror, el horror, y todo lo opuesto a esa palabra doble.

“La chaqueta metálica” (Stanley Kubrick, 1987): Una película bélica capaz de regalar hitos del género como el soldado patoso y al mismo tiempo denunciar los motivos de existencia del género es un raro hallazgo que sólo podía conseguir alguien tan capaz de la lírica y de la gelidez como Kubrick. Esa cazadora de hierros de alambre y casquillos de bala es la de una actitud que los soldados aprenden durante un durísimo entrenamiento. La primera mitad de la película desmonta los lugares comunes de los campamentos militares y de la convivencia amistosa entre los congregados. Tras la bisagra del envío al frente en Vietnam, los cabos descubren que hay sucesos para los que no han llegado protegidos, a pesar del uniforme reglamentario, y de que ante otros han desarrollado desde casa una espeluznante indiferencia. Funcionaría como película de terror hasta muy avanzado el metraje: la anticipación continua de un monstruo que va asomando la cabeza como locura, suicidio y paranoia, y cuyo rugido final espanta toda moralina sin dejar de denunciar la vacuidad de la violencia como clímax de manual.

“En tierra hostil” (Kathryn Bigelow, 2009): Una noche de febrero de 2010 se celebró por todo lo alto que una mujer recogiera el Oscar® al Mejor Director y viera su película marcada como la más prestigiosa de la gala —y de otras muchas galas de premios de la crítica—. Se resaltó, también, que fuera una mujer quien hubiese conseguido un episodio tan certero sobre un regimiento básicamente masculino, con un tono y pulso fílmico que, por prejuicio, no suele acompañar al brazo de las cineastas. Pero no sólo Bigelow ya había abordado, con resultados notorios, el ambiente bélico —y ha sido la elegida para preparar una recreación de las operaciones del gobierno USA a la caza de Bin Laden—, sino que se convirtió en cuestión de sexos lo que merecía un justo análisis de méritos. Y “En tierra hostil” desarrollaba con fiereza esa tensión de thriller de trinchera, con un grupo de especialistas en desactivación de explosivos y una luz quemada que volvía irrespirables las dudas de los soldados. Un incendiado primer plano de los conflictos morales en Irak, de patrullas que pierden el norte sobre sus objetivos militares y personales, y una tormenta de arena que raspa los ojos y deja la garganta seca. Sin mensajes, ni propagandas, ni embellecimientos.

 

“Uno rojo, division de choque” (Sam Fuller, 1980): Ese toque Fuller, mordaz, imprevisible, imparable y, más que rojo, encarnado, no pudo estamparse del todo en su acercamiento al bélico por las meteduras de mano de la productora en el montaje final. Dos propuestas, una de cuatro horas y otra de dos, fueron rechazadas y nunca vistas hasta el año 2004, cuando se dedicó una reconstrucción al cineasta, ya fallecido. Las bondades de la película son que, a pesar de su condición de mutilada, continúa ofreciendo material de primera, más aún cuando parte de la maleada premisa de un sargento y su pelotón. Fuller se basó en sus propios y terribles recuerdos cuando sirvió durante la Segunda Guerra Mundial e intentó aportar ideas tan locas como Martin Scorsese en uno de los papeles principales. Finalmente consiguió nombres no menos míticos, como un Lee Marvin un tanto cascado, Mark Hamill, o Skywalker intentado hacer carrera, y Robert Carradine. El ritmo resultante de las decisiones de postproducción y de esa cadena de fogonazos autobiográficos constituía un bombardeo elevado a modo narrativo, con aparente caos y sorpresas de todos los flancos, ya sean tan bestias como un bombazo o tan descacharrantes como la azotaina propinada a un nazi en miniatura.

“Platoon” (Oliver Stone, 1986): Desde “Apocalypse Now”, Hollywood tomó afición por el psicoanálisis de soldaditos de plomo derretido, esos jóvenes de una generación crecida en la estabilidad, preparada para la esperanza y destrozada por los gritos ininteligibles del Vietcong. Como los “Corazones de hierro” (1989) de Brian De Palma, Stone escoge a un tierno norteamericano, interpretado por Charlie Sheen —cuando podía pasar por tal cuadro de personalidad—, que cambia la universidad por el patio de entrenamiento militar. Envalentonado por el ejemplo de otros colegas directores, o movido por el ansia de escupir la rabia antibélica que no le evitó el servicio militar en su momento, Stone reflejaba experiencias personales durante la guerra de Estados Unidos y Vietnam en los sesenta, basculando el relato entre su don para la acción desatada y los diálogos largos y potentes que se lanzan los componentes de ese ‘platoon’ de ingenuos o despiadados. Campo de entrenamiento, también, para muchas caras luego consagradas, como Johnny Depp, Forest Whitaker, Kevin Dillon y Willem Dafoe.

“La delgada línea roja” (Terrence Malick, 1998): Los repartos bélicos son muy golosos para cualquier actor de Hollywood, por la versatilidad dramática que conllevan —ahora corren, ahora atacan, ahora lloran, ahora se emborrachan, ahora mueren— y quizá por la diversión y facilidad del maquillaje de camuflaje basado en pegotes de barro y hojas podridas. Pero también deben de ser un fuego cruzado de egos por los papeles más relevantes. En el caso de Malick, ningún intérprete está seguro de qué clase de protagonismo le corresponde hasta que termine la fase de montaje. La película alimentó la leyenda urbana de actores enfadados por ver de pronto sus líneas de diálogo reducidas al mínimo, como ocurrió con Adrien Brody. Pero más allá de lo populista, Malick derrochaba su exaltación por los sentidos y extraía el licor de lo bello en esa ebriedad de tiros, aguas infectas y ropas color caqui. No era sencillo poetizar entre las altas hierbas de Guadalcanal, durante la Segunda Guerra Mundial, y mucho menos hacerlo en casi tres horas de maestría o prueba de paciencia, según espectadores.

“Salvar al soldado Ryan” (Steven Spielberg, 1998): El desembarco de Normandía, si ya de por sí célebre en los anales de la Segunda Guerra Mundial, alcanzó un segundo récord histórico con la recreación hiperrealista de Spielberg, que mostró en color y pornográfica cercanía todo el asco visceral ahorrado en “La lista de Schindler” (1993). Sólo por esa secuencia, ejemplo de coreografía de gran presupuesto —e imitada hasta la saciedad en sucesoras que han intentado agregar nuevas virguerías, como el plano sin cortes de la playa de Dunquerque en “Expiación: Más allá de la pasión” (Joe Wright, 2007)—, Spielberg volvió imprescindible lo que ya había sido contado en centenares de ocasiones previas. Después de eso, un relato de búsqueda del famoso soldado desaparecido (Matt Damon) tras la línea nazi, cuyo paradero no resultaba tan determinante como el forcejeo de los vínculos profesionales y personales que se producía en el pelotón que lo buscaba. Y que tampoco habría funcionado de no ser por el trabajo compacto de actores disímiles uniendo fuerzas y limando diferencias —Tom Hanks a la cabeza, seguido por Vin Diesel, Paul Giamatti, Giovanni Ribisi, Edward Burns y Barry Pepper, entre otros—.

“Banderas de nuestros padres” y “Cartas desde Iwo Jima” (Clint Eastwood, 2006): El díptico de Eastwood acerca de una de las fotografías más emblemáticas de la Historia norteamericana del siglo XX, los soldados levantando la bandera de las barras y las estrellas en Iwo Jima durante la Segunda Guerra Mundial, dividió bandos a favor de una u otra. Era difícil captar esa complementación, de entrada porque Eastwood no deja de ser un buen patriota y tanto la visión de su lado como su esfuerzo empático con el opuesto iban a sufrir el lastre de sus ideales y de testimonios ajenos. La gravedad que suele recorrer el cine del Eastwood director no falta en ambas películas: la primera viaja junto al pelotón que se encargó de clavar el famoso trozo de tela y que regresó al hogar con un indeseado título heroico. La segunda daba el salto a la perspectiva del ejército japonés, en cuyo idioma se rodó de manera íntegra, de modo que el mayor riesgo del cineasta fue ofrecer a un gran estudio un film necesitado de subtítulos para su distribución en Estados Unidos. Las dos poseían sus respectivos personajes dotados de hondura, sus momentos de horror sobrecogedor y de esperanza que salpica como balazos y sangre. Fue más fácil destacar desde el bando nipón debido a los muy recientes y saturados ejemplos de cine sobre soldados norteamericanos rasos en aquel conflicto, pero cada cual encontrará los motivos por los que la misma historia merecía ser contada a partir de dos reflejos imperfectos.

“Enemigo a las puertas” (Jean-Jacques Annaud, 2001): Experto en extensos cuentos épicos, Annaud empleó la Segunda Guerra Mundial como tambor lejano para “Siete años en el Tíbet” (1997), pero el sonido resultó mucho más atractivo al trasladarlo a línea de frente. Dado su romanticismo, el director no podía dejar de narrar un triángulo amoroso entre un soldado (Joseph Fiennes), un propagandista (Jude Law) y una intérprete (Rachel Weisz) soviéticos. Por sorpresa, los roces sentimentales añadían bravura e interés a los típicos escenarios de enfrentamiento entre francotiradores, cuya filosofía quedaba retratada, además, a través de cierta impronta de Far West. De nuevo, como a muchas otras compañeras de generación, le pesaba el reconocimiento crítico de las primeras picas visuales que fueron varias películas anteriores. Pero aun sin descubrir nada nuevo conseguía evitar el naufragio de otro guion de amor y guerra con una narración eficiente y una melancolía continua, que no halla alivio.

“Rescate al amanecer” (Werner Herzog, 2006): La sensación alienante de la rutina castrense se vuelve absoluta pérdida en territorio extranjero. No era el primer soldado desorientado, tras un derribo, en la zona de aquellos contra quienes combate, pero Herzog conoce a fondo los mecanismos de la crueldad y la resistencia humana, que suele tensar hasta su máximo punto de resistencia en cada una de sus películas. En este caso, la odisea del piloto (Christian Bale) remando contra su destino tras el fatal accidente del avión que pilotaba sobre Laos, y que desemboca en torturas, aprisionamientos y asfixias de esa jungla que desorienta y enajena. Prescindiendo de manierismos formales y de elaboradas secuencias, Herzog narraba una historia de guerra a la antigua usanza, en la que prima la lucha por la vida sobre los conatos antibelicistas. Porque, si en pleno fragor de la contienda cada soldado piensa en su propio pellejo, resultan igual de obvias las películas centradas en el individuo como peón que sólo desea abandonar el tablero, sin detenerse a contemplar, juzgar y condenar las reglas que lo rigen.

“Stalingrado” (Joseph Vilsmaier, 1993): Hollywood y el cine europeo parecen haberse repartido las ópticas de los aliados y los ámbitos nazis y soviéticos como en una separación de bienes: a cada uno lo que más ama y lo que por historial le corresponde. El alemán Vilsmaier, que más tarde abordaría el casi ineludible tema del Holocausto judío en “El último tren a Auschwitz” (2006), recuperó las durísimas condiciones de la batalla de Stalingrado en 1942, vivida desde el punto de vista de un batallón germano. Siguiendo las pautas de la superproducción hollywoodiense, la película contaba con reparto coral, ambientación costosa y curva de acontecimientos repartidos entre los momentos de espera y la injusticia colectiva. Destacó por la crudeza del desastre que supuso para el ejército alemán, congelado y devastado, y la narración, poco pródiga en pantalla, de alemanes no estereotipados como nazis fuera de control. Una aportación europea de los noventa a la altura, aunque inicialmente fuese un proyecto nunca llevado a cabo por el gran Sergio Leone.

“Black Hawk derribado” (Ridley Scott, 2001): El ánimo de Ridley Scott por tocar todos los palos posibles lo aproximó al bélico —más tarde al bélico histórico en “El reino de los cielos” (2005), que ya había empleado con el trasfondo napoleónico en “Los duelistas” (1977)—. El bélico entendido como pantalla de acción, ya que la élite de los Navy SEAL apareció antes de “Acto de valor” en “La teniente O’Neil” (1997), o Demi Moore demostrando la mímesis femenina en pabellones de testosterona. Construida a partir de los esquemas rítmicos del videojuego de guerra y de las emergentes cámaras-testigo en asaltos de calle, la película se centraba en los helicópteros Black Hawk y en sucesos reales. Sin dramas personales ni desarrollos especialmente complejos en la relación entre los miembros de la tropa, tira de un hilo conductor de supervivencia al límite, que persigue el máximo realismo posible con rostros de estrellas que rompen ese objetivo, como Orlando Bloom, Josh Hartnett, Ewan McGregor o Eric Bana.

Correr sin arma ni pectorales protectores hacia la línea enemiga se antoja menos suicida que compendiar los títulos bélicos repartidos desde “Apocalypse Now”. En cuanto a su número, su variedad cualitativa y sus vertientes temáticas, que alimentarían de tropas diversos batallones de una guerra de dimensiones mundiales nunca vistas. Y se echarán en falta películas imprescindibles que, sin embargo, se apartan del belicismo puro —esas caminatas de militares entre fuegos cruzados y falsas calmas chichas—. Por su carácter colateral al respecto de un conflicto, y que merecerían un tratamiento aparte, son los campos de concentración de “El imperio del sol” (Spielberg, 1987) o “Katyn” (Andrzej Wajda, 2007) o los crímenes contra civiles en “Ciudad de vida y muerte” (Lu Chuan, 2009).

También los espacios claustrofóbicos de “U-571” (Jonathan Mostow, 2000), las tramas de despacho de “El hundimiento” (Oliver Hirschbiegel, 2004) y “Valkiria”  (Bryan Singer, 2008), o los renegados de “Resistencia” (Edward Zwick, 2008). Sobre comandos ante distintas misiones, también podrían sumarse “La colina de la hamburguesa” (John Irvin, 1987), “Los perros de la guerra” (Irvin, 1980), “El sargento de hierro” (Eastwood, 1986), “Tigerland” (Joel Schumacher, 2000), “Cuando éramos soldados” (Randall Wallace, 2002), “Windtalkers” (John Woo, 2002),  “Jarhead, el infierno espera” (Sam Mendes, 2005), “Days of glory” (Rachid Bouchareb, 2006), “Flyboys: Héroes del aire” (Tony Bill, 2006), “Age of heroes” (Adrian Vitoria, 2011), “Encontrarás dragones” (Roland Joffé, 2011) e incluso despropósitos de radionovela como “Pearl Harbor” (Bay, 2001).

Fundamental es el spin off bélico acerca del soldado incapaz de readaptarse al hogar, y aunque se remonta más atrás en el tiempo, “El cazador” (Michael Cimino, 1978) constituye un importantísimo pilar alrededor del cual giran las menos ambiciosas “El regreso” (Hal Ashby, 1978) y “Nacido el cuatro de julio” (Oliver Stone, 1989). Y como la guerra no termina una vez que se graba una fecha en los libros de texto, tampoco las ricas posibilidades del género, que puede estirarse hacia el thriller de espionaje —“El libro negro” (Paul Verhoeven, 2006)—, la fábula de amistad —“War Horse (Caballo de batalla)” (Spielberg, 2011)—, la fantasía alternativa del “¿qué hubiera sucedido si…?” —“Malditos bastardos” (Quentin Tarantino, 200)—, el cinismo bufonesco —“Tres reyes” (David O. Russell, 1999)—, el humor con moralina —“Good morning, Vietnam!”  (Barry Levinson, 1987)—, el erotismo bombástico —“Deseo, peligro” (Ang Lee, 2006)—, los tribunales militares —“La guerra de Hart” (Gregory Hoblit, 2002)—, las cintas de época —“Ran” (Akira Kurosawa, 1985)—, el amor internacional a prueba (o no) de torpedos —“La mandolina del capitán Corelli” (John Madden, 2001)—,  las huidas fronterizas —“En tierra de nadie” (Danis Tanovic, 2001)—, el mockumentary“Redacted” (De Palma, 2007)—, y también la animación —“La tumba de las luciérnagas” (Isao Takahata, 1988)—.

“Acto de valor” es sólo una ficha más de esta tendencia que parece resurgir, cuando realmente nunca ha dejado de producir historias. Similares a la línea propuesta por este último estreno, en nuestro país quedan por llegar “Red tails” (Anthony Hemingway, 2012) y “Battle Force” (Scott Martin, 2012), y faltarían por nombrar las series televisivas que han aplicado el formato cinematográfico a la división por entregas, como “Hermanos de sangre” (2001) y “The Pacific” (2010). Varias de las obras mencionadas vendrían a proclamar que ojalá ellas mismas no existieran por la simple ausencia de las guerras —como no deberían existir los relatos de traición, o desamor, o enfermos cancerosos—, pero, ante el imposible, lo único que se puede celebrar es que de ellas florezcan películas tan inolvidables y, a su modo, apaciguadoras.

En las imágenes: “Acto de valor” © 2012 Relativity Media. “Apocalypse now” © 1979 United Artists (Omni Zoetrope Production). “La chaqueta metálica” © 1989 Warner Bros. Pictures. “En tierra hostil (The hurt locker)” © 2008 Voltage Pictures, First Light y Kingsgate Films Production. “Uno rojo, division de choque” © 1980 Lorimar. “Platoon” © 1986 Arnold Kopelson Production. “La delgada línea roja” © 1999 20th Century Fox y Phoenix Pictures. “Salvar al soldado Ryan” © 1998 Amblin Entertainment, DreamWorks SKG, Mark Gordon Productions, Mutual Film Company y Paramount Pictures. “Banderas de nuestros padres” © 2006 Warner Bros. Pictures, DreamWorks, Malpaso y Amblin Entertainment. “Enemigo a las puertas” © 2001 Mandalay Pictures y Paramount Pictures. “Rescate al amanecer” © 2006 MGM y Gibraltar Entertainment. “Stalingrado” © 1993 B.A. Produktion, Bavaria Film, Perathon Film-und Fernsehproduktions GmbH y Royal Film. “Black Hawk derribado” © 2001 Columbia TriStar Films. “Ciudad de vida y muerte” © 2009 Beijing Film Studio, China Film Group, Media Asia Films y Chuan Production. “El hundimiento” © 2004 Constantin Films, Degeto Film, ORF, EOS Producion y Rai Cinema. “Malditos bastardos” © 2009 The Weinstein Company, Universal Pictures, A Band Apart y Zehnte Babelsberg Film. “The Pacific” © 2010 DreamWorks SKG, HBO Films y Playtone. Todos los derechos reservados.

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3 - jose ant - 10:37 - 12.09.14

para el q puso :una mierda de anaslisis. No te das cuenta q los enterados como tu,q solo saben faltar al respèto,no caen bien a nadie? ” LISTILLO¨”



2 - esigual - 3:51 - 10.07.14

Gracias por las pelis que comentar Sir Royal Tenenbaum.
Voy a buscarlas ahora mismo.



1 - Sir Royal Tenenbaum - 14:59 - 03.02.14

Repaso justito y atropellado. Me faltan obras maestras del cine bélico (o antibélico) como Senderos de gloria, peliculas que detallan todo el horror de la guerra (la durísima Masacre, ven y mira, de Elem Klimov) o visiones criticas de la brutal huella que la guerra deja en todos los que en ella participan (En el valle de Elah).



0 - cesar - 7:59 - 07.04.13

busco la ver la pelicula ” la colina hamburgesa” donde la puedo ver online?



-1 - la verdad - 2:30 - 31.03.13

Una mierda de analisis. Se nota que no eres fan de este genero



-2 - marcelo - 20:02 - 28.11.12

chevere esta lapajin….




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