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Las mejores películas de galanes, seductores y otros hombres fatales

Escrito por el 20.06.12 a las 17:25
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Son chuletas, bravucones, jactanciosos y narcisos. Son hombres rotos, enamorados de todas, de nadie, de sí mismos. Son enigmáticos, callados, carrasposos; amigos del gruñido, el ceño, la chupa de cuero, la camiseta blanca de tirantes. ¿Melancólicos o libertinos de la casta de Casanova, Don Juan y Rodolphe Boulanger? ¿Hombres fatales? Así les gusta denominarlos al vocerío feminista, en busca de una réplica dolorosa a la femme fatale, considerada arquetipo de orígenes sexistas. Y, sin embargo, tan importante, hermosa y deseable como su némesis narrativa: esos caballeros de todas las edades que juegan sin pudor con el afecto de las mujeres, que escupen finalmente como duros corazones de cerezas.

Las categorías son infinitas, dependientes del paisaje emocional de cada protagonista, pero a todos los une un trasfondo que ocultan con sumo cuidado y paciencia. Nadie debe averiguar nunca que, más allá de sus máscaras de macho alfa, quizá se esconda, o se escondió en el pasado, un ser voluble y honesto que, puede que una, puede que varias mujeres se cargaron con sus desapariciones, mentiras o zancadillas. Un poco de compasión, o cuanto menos curiosidad, por esta galería de hombretones que hallaron en las motos, el poderío físico y los trajes a medida sus mejores armas de defensa.

“Rebelde sin causa” (Nicholas Ray, 1955): Habría que remontarse a “El caíd” (George Melford, 1921) para hablar del primer gran galán del cine, con facciones de Rodolfo Valentino, pero adelantémonos un poco en el tiempo y las modas comenzando por la mocedad. Porque nadie más prototípico que James Dean, apoyado en un lateral de su descapotable y con las manos enterradas en los bolsillos de la chupa, para inaugurar el desfile de peinados impecables, párpados caídos y boca en rictus de desagrado como conquista. Mario Casas, Zac Efron y Robert Pattinson son algunos mancebos del nuevo milenio que se ‘inspiran’ en su ejemplo —únicamente físico, por fomentar una imagen sana—, pero él siempre será inimitable y alimentará numerosas fantasías acerca de en qué clase de mujeriego se habría convertido su ‘yo’ de esta película, atormentado por los padres, los piques estudiantiles y su primera chica.

“Salvaje” (Laslo Benedek, 1953): Para Dean, los coches; y para Marlon Brando, las motos; y para los más aplicados seguidores de ambos ejemplos, las dos cosas en el garaje. La dicotomía en los deseos del joven bullanguero, por un lado sus ansias de pisar acelerador por las calles y por otro la atracción irresistible por una muchacha tranquila, son señas de identidad del estereotipo acuñado por Brando. Tipo duro de pelar que guarda en su interior almohadones de pluma de oca, es el líder por antonomasia de las bandas motoristas, de los griteríos inconformistas y de los chulos de barrio redimidos por una sabiduría vital ejercida como síntesis y estoicismo. Los músculos y ciertos fotogramas icónicos contribuyeron en parte, y aunque Elvis Presley fomentaría su versión de conquistador saludable, en cintas como “El rock de la cárcel” (Richard Thorpe, 1957), la sombra de Brando ha sido la más alargada, hasta “Grease” (Randal Kleiser, 1978), “La ley de la calle” (Francis Ford Coppola, 1983) o el Mutt de “Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal” (Steven Spielberg, 2008).

“Carta de una desconocida” (Max Ophüls, 1948): Hasta ahora, dos machos con la combinación ganadora de la estética; falta, no obstante, algún acto que los acerque al comportamiento de un auténtico chulazo pendenciero. Para chulopiscinas, el pianista Stefan Brand (Louis Jourdan), que olvida a la pobre Lisa (Joan Fontaine) en nada menos que cuatro ocasiones a lo largo de su vida. Pagar de esa manera un amor tan entregado y fiel se merece la consideración del más perfecto Don Juan cinematográfico, en símil con la tremenda novelita epistolar de Stefan Zweig, que volvió a ser trasladada a la pantalla en clave oriental en “Carta de una mujer desconocida”  (Xu Jinglei, 2004). Quizá el modo más bello y magistral de retratar los devastadores efectos de una criatura egoísta y lupina, capaz de esconderse no sólo en los peores barrios, sino tras los abrigos de mejor corte de toda Viena.

“Lo que el viento se llevó” (King Vidor, 1939): Aquí la mala, la juguetona, la fatal era ella, esa Escarlata O’Hara (Vivien Leigh) que vapulea a Rhett Butler (Clark Gable) durante más de tres horas, con su interludio. De fachada, Gable ofrece el tipo idóneo para el chulo de formato apaisado, pero la filosofía de estudio no quería que sus mejores y más populares estrellas se vieran manchadas por personajes de moral dudosa. Por esta razón Gable apenas pudo extenderse en ese prototipo, aunque la epopeya de Margaret Mitchell le permitiese cierto margen de maniobra. Porque Rhett es la víctima, a ratos; y el atacante, en otros tantos. En especial por lo que acontecía de verdad: que Gable mascase unos ajos antes de rodar un plano de besuqueo con Leigh dice mucho del nivel de chulería y escarmiento del que era capaz el actor, en sincronía con su personaje, tan pronto amantísimo como juez de duras sentencias que se lleva sus seducciones a otra parte.

“Fellini 8 ½” (Federico Fellini, 1963): El recuento de toda una biografía de mujeres sucesivas parece el sueño de cualquier hombre con escasez amorosa, a menos que Fellini venga y convierta la lujuria del planteamiento en una pausada y, a su manera, voluptuosa fantasía lírica. Preñada de reproches femeniles y recuerdos de infancia, la película seguía el curso de pensamiento de Guido Anselmi, sosias del propio Fellini o incluso de Marcello Mastroianni, el actor que desde Europa construía su particular versión del galán mediterráneo. La intentona musical tuvo más éxito en Broadway que en los apagados fotogramas de “Nine” (Rob Marshall, 2009), aunque se mantuvo la esencia: una cadena de mujeres diversas, de todas las edades, ocupaciones y color de cabello, que hacen las delicias y desdichas de Guido, incapaz de amar con toda su alma otra cosa que no sea el arte.

“Goldfinger” (Guy Hamilton, 1964): Ian Fleming ha sido dardo continuo para los atacantes del sexismo en el cine. Utilizar el personaje imaginado por el escritor para apuntar el subdesarrollo del respeto a la mujer en gran pantalla suele perder el norte del contexto y el género. James Bond no funcionaría si fuese un espía respetuoso con las declaraciones de derechos humanos y los códigos religiosos y éticos aprendidos en un colegio de monjas; no es un modelo a seguir, pero sí el ejemplo perfecto del galanteo erótico llevado a imágenes. Y para quisquillosos, “007 al servicio secreto de su majestad británica” (Peter R. Hunt, 1969) y “Casino Royale” (Martin Campbell, 2006) le sumaron un pasado romántico convulso que justificaría sus actos machistas y donjuanescos. Por lo demás, cualquier Bond serviría para ilustrar esta categoría, pero en “Goldfinger”, una de las mejores entregas de la saga, el agente se entretenía con el mayor número de chicas en toda su trayectoria —con la salvedad de “Sólo se vive dos veces” (Lewis Gilbert, 1967), en la que una de las tres chicas ni siquiera tenía nombre—: la felina de delicioso apodo Pussy Galore y las hermanas Jill y Tilly Masterton.

“A pleno sol” (René Clément, 1960): El máximo representante de los galanes franceses se lanzó de lleno en brazos de la mezquindad y la ambigüedad sexual del personaje ideado por Patricia Highsmith, Tom Ripley. Las adaptaciones de sus novelas han sido transnacionales y de autorías muy marcadas, todas interesantes; la propuesta de Clément incluía al Ripley más bello de todos, también el más dispuesto a emplear ese atractivo en beneficio personal y a costa del hombre o la mujer que se le cruzase. Su encaprichamiento de Marge (Marie Laforêt) es sólo el símbolo de los muchos apetitos insaciables del antihéroe, tal vez uno de los personajes más eficaces a la hora de tender simpatías contradictorias, las que siempre deberían rechazarse de pleno, con el público. Amar a Marge significa ocupar el puesto de su prometido, Philippe; por lo tanto, a quien Ripley desea de verdad, hasta el punto de fusión, es a Philippe y su estatus social. ¿Tenorios con homosexualidad soterrada? Otro lugar común para los agitadores del tema.

“Sospecha” (Alfred Hitchcock, 1941): En idéntica situación a la de Gable se encontraba Cary Grant, hombre de planta perfecta que no podía verse cuestionada por papeles de criminales o seductores que se escapan sin recibir su merecido. Por ello Hitchcock tuvo que eliminar la explicitud del relato original y basarse en una ambigüedad quizá insatisfactoria, pero que encaja de modo natural con sus códigos habituales y aporta a la película un extra de jugueteo. ¿Cuántas mujeres de los cuarenta dudarían a la hora de casarse con Cary Grant? ¿Cuántas tardarían en aceptar las evidencias de que quizá no es tan buen hombre como aparenta? A Lina (Joan Fontaine) le lleva muy poco tiempo, lo cual implica que pueda ser tan desagradecida con sus buenos hados como una paranoica. ¿Por qué no aceptar que el marido fascinante que te lleva el vaso de leche a la cama es un premio de lotería? ¿Por qué elucubrar con que has caído en las garras de un seductor con segundas intenciones? Un paseo en coche junto a los acantilados saca de dudas a cualquiera.

“El amante del amor” (François Truffaut, 1977): Curiosa reinterpretación de títulos entre el castellano y el original, “El hombre que amaba a las mujeres”. No guardan realmente ninguna relación: la obsesión por las mujeres, rasgo característico del casanova, se suele alejar gradualmente de toda implicación amorosa. Un amante del amor sería el hombre que halla consuelo febril en las ideas platónicas de tragedias y poemas, de un concepto elusivo y perdido en la Historia de los tiempos. El protagonista de Truffaut, en cambio, es más bien lo que indica el título francés, un seductor nato que no puede evitar darse la vuelta para evaluar a una mujer aunque ya vaya acompañado por otra. Una especie de ocho y medio alrededor del funeral de Bertrand, al que acuden todas sus conquistas como respuesta a un llamamiento de ultratumba o a un último deseo húmedo y fantasioso.

“Crazy, stupid, love” (Glenn Ficarra y John Requa, 2011): No se necesitan tantos encubrimientos, y menos en estos tiempos de diversidad democratizada, como bien saben las legiones de seductores reunidos en clubes, a lo Ross Jeffries. El hombre de moda, Ryan Gosling, se convertía en una variante de estos conquistadores cronometrados a sí mismos y en tutor del apocado Steve Carell. La importancia de pedir el cóctel adecuado, de frecuentar los bares más chic, de encargarse el fondo de armario en telas lujosas y llevar una cartera sin velcro se venía abajo cuando el donjuán se enamoraba. Hasta entonces, era el chulazo que sabía incluso en qué momento exacto de la velada convenía retirarse la camisa para lucir abdominales: la película no sólo se reía del tópico, sino que intentaba redimirlo con un argumento convencional más complaciente con el chick flick.

“El manantial” (King Vidor, 1949): ¡Ningún hombre coge lo que es mío! Rezaba el eslogan impreso en los carteles de la adaptación de la polémica novela de Ayn Rand. Tobias Wolf ya apuntó en su libro semi-autobiográfico “Vieja escuela” (2003) que no había mayor contribución al machismo que una mujer machista, y desde luego la escritora Rand se ensañaba con la protagonista de su historia, una Patricia Neal que incluso le pedía matrimonio al personaje de Gary Cooper ¡y era rechazada! Ella resumía el sometimiento y la admiración pasiva de las mujeres hechizadas por hombres totales, nietzscheanos, que las adoptan como complementos antes de escalar hacia lo más alto del éxito, como Don Draper en el ámbito publicitario. Una bella escultura griega con que decorar las casas que diseña el protagonista, un arquitecto teóricamente basado en Frank Lloyd Wright, con quien no guardaba tantas conexiones biográficas.

“Tom Jones” (Tony Richardson, 1963): Reinvención del mito de Casanova, la novela de Henry Fielding elevó a cotas dieciochescas la picaresca británica, y fue aquella famosa lectura prohibida a las mujeres inglesas hasta que contrajeran matrimonio y sus maridos se acercaran a la librería a comprarles un ejemplar. ¿Qué tenía de prohibitivo? La escala seductora de un joven sin escrúpulos que lo mismo tienta a una lady que a la pobre hija de un empleado. Albert Finney insufló encanto a un personaje de fundamentos frívolos, inspiración y referente literario de donjuanes modernos como “Alfie” —versión de 1966 con Michael Caine y de 2004 con Jude Law— y hasta el perro de “La dama y el vagabundo” (1955).

“Gallardo y calavera” (Bud Yorkin, 1963): Así se titularon en castellano las memorias de Errol Flyn —el original, “My wicked, wicked days” vendrá a continuación—, pero en este filme hacía referencia a Frank Sinatra, un galán de hechuras hoy en día difíciles de admirar, pero que en su momento despertaba auténticas pasiones, como un Warren Beatty —“Shampoo” (Hal Ashby, 1975)— o un George Clooney. Y aunque ya se le empezaba a ver un poco mayor en la fecha de estreno de esta historia, todavía pasaba ante productores y espectadoras como eterno coleccionista de mujeres bonitas, a las que invita a su apartamento una tras otra, como copas de champán. La juerga se verá interrumpida cuando su hermano pequeño se traslade al piso y comience a revelarse como un orgulloso seguidor de las técnicas seductoras de este donjuán irredento, oveja negra de la familia. Y si para curar al pequeño debe rehabilitarse antes el hermano mayor… Suenan las típicas campanas de compromiso para un Frank Sinatra que solía terminar acorralado en gran pantalla, mientras en la vida real se daba a los placeres ininterrumpidos y al estilo gánster sin ninguna preocupación, muy Howard Hughes.

“Nunca huyas de mí” (Peter Godfrey, 1947): Todos (y todas) sospechaban que Errol Flynn era un pirata más allá de sus primeras películas de aventuras, y aun así más todas que todos seguían amándolo. Las anécdotas de correrías protagonizadas por Flynn son incontables y algunas bastante censurables ante oídos delicados, así que limitémonos a los pecados de la ficción. Como hiciera el músico de “Carta de una desconocida”, el compositor Sebastian Dubrovk (Flynn) hechiza a la dulce Fenella (Eleanor Parker) antes de que ésta descubra que él iba a casarse con otra mujer. El juego a dos bandas es más viejo que los evangelios, y se antoja más predecible aún en el siempre bohemio y antojadizo mundo —al menos según Hollywood— de la música. Se trata de la película que más se aproximó al prototipo de womanizer —con alma— en la carrera de Errol Flynn, aunque no brillase como una de las mejores de su trayectoria y le sacase mucho más partido a su faceta de bribón entregado a una sola dama. Como nunca quisieron comportarse sus demás compañeros de panda.

En las imágenes: ”Un tranvía llamado deseo” ©1951 Warner Bros. Pictures. “Rebelde sin causa” © 1955 Warner Bros. Pictures. “Salvaje” © 1953 Columbia Pictures. “Carta de una desconocida” © 1948 Rampart Productions y Universal Pictures. “Lo que el viento se llevó” © 1939 Selznick International Pictures y Metro-Goldwyn-Mayer (MGM) “Fellini 8 ½” © 1963 Cineriz y Francinex. “Goldfinger” © 1964 Metro-Goldwyn-Mayer (MGM) “A pleno sol” © 1960 is-Films Productions y Titanus. “Sospecha” © 1941 RKO Radio Pictures. “El amante del amor”©  1977 Les Films du Carrosse. “Crazy, stupid, love” © 2011 Warner Bros. Pictures, Carousel Productions y Di Novi Pictures. “El manantial” © 1949 Warner Bros. Pictures. “Tom Jones” © 1963 United Artists. “Gallardo y calavera” © 1963 Essex Productions, Paramount Pictures y Tandem Productions. “Nunca huyas de mí” © 1947 Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados.

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1 - israel - 11:57 - 21.04.14

me parece q sus reseñas carecen de conocimiento en materia seductiva..da la impresion de q ud. aborrece a las mujeres…como q intenta decir algo q suene logico y al final cea en el cliche del frivolo comentario de comadre “doblemoral”.deberia dedicarse a otra cosa ..hable sobre futbol,comida,deportes..porque el tema del amor le queda un poquito grande. gracias.




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