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Las mejores películas de Josh Brolin

Escrito por el 24.05.12 a las 22:34
Archivado en: Actores y actrices

Josh Brolin pertenece a la categoría de los actores hongo o molusco; seres ocultos durante años tras asomarse brevemente a la luz solar, organismos que acumulan energía inútil en la sombra hasta el día en que su ecosistema se quede pequeño y necesiten asomar la cabeza de nuevo. Pero la capacidad interpretativa de Brolin viaja mucho más allá de los niveles de una seta. Tanto, que en “Men in Black 3” (ver tráiler, videoclip y escenas), su último y esperadísimo estreno, vive en los alegres años sesenta como la versión joven del agente K, que todo espectador asocia a Tommy Lee Jones. Tras un salto hiperespacial que hunde casi dos décadas de su carrera en ese vacío vegetativo, Josh Brolin parece decidido a hacer ruido en la industria.

Las malas lenguas aseguran que fue Barbra Streisand, madrastra del actor —y uno no se imagina madrastra más diva y temible—, quien torció los asuntos profesionales de Brolin al escoger éste una serie de parejas amorosas nada del gusto de la cantante. Desde luego, es curioso que su matrimonio con la actriz Diane Lane coincidiera con el resurgimiento de su categoría de estrella, aunque aquí vamos a aportar argumentos en favor de su valía como actor y no de los hechizos, perdón, influencias, que haya podido realizar mamá Barbra sobre las mentes de altos ejecutivos de Hollywood. Arrebatémosle el neuralizador y desneuralicemos los mejores recuerdos en la filmografía de Josh Brolin.

“Valor de ley” (Joel y Ethan Coen, 2010): Ni en su mejor etapa Josh Brolin se libró del mal de ojo lanzando por quién sabe qué bruja o la inercia de muchos años de pereza y error en sus elecciones cinematográficas. “Jonah Hex” (Jimmy Hayward, 2010) fue un fiasco sancionado por los oftalmólogos como agravante de desprendimiento de retina; el ejemplo de cómo no adaptar nunca una joya de DC Comics. Y aquel western steampunk tan vergonzante vendría acompañado de otro estreno del mismo género y fabricación más clásica, una especie de última amonestación para Brolin, siempre al filo del triunfo o el fiasco. Varios torcieron el gesto ante la osadía de los hermanos Coen de readaptar la novela en la que se basó una cinta de Henry Hathaway, protagonizada por un oscarizado John Wayne, pero podría afirmarse sin temblores que esta revisión aportaba una mirada lírica menos apreciable en su precedente. Viaje de viajes, rodeo de recuerdos nunca verbalizados, grindhouse de la violencia a bocajarro omitida en el Oeste de escritura clásica, “Valor de ley” fue una de las películas más sobresalientes de su temporada y una de las obras más tristes, maduras y secas en la carrera de los Coen. Brolin, en el papel de un villano ridículo, torpe, dotado de su propia honorabilidad e increíblemente realista, se benefició de un reparto sublime y demostró que sabía reconocer una buena oportunidad a la primera.

“Los Goonies” (Richard Donner, 1985): La silueta musculosa de un Josh Brolin adolescente tenía todas las papeletas para trasladarse a las puertas de las habitaciones de las niñas. Pudo haber pasado, como un ídolo fugaz cuyo apellido no llega a ser retenido, pues enseguida el actor escondió la cabeza bajo su bandana roja y comenzó —¿tan pronto?, ¡sí!— el periodo de decadencia. No está nada mal, en todo caso, inaugurar tu filmografía con uno de los iconos ochenteros más populares y recordados por la comunidad geek y las generaciones de cineastas del Super-8. Brolin puede sentirse orgulloso, pues, de haber sido un goonie más; en concreto el hermano mayor de un rechoncho Sean Astin; el cachitas de turno que las trae a todas locas y que redescubre la sensación de pertenencia grupal fuera de ese gimnasio improvisado dentro de casa. Para los más desencantados la película no ha envejecido todo lo bien que otros clásicos infantiles de la era Amblin; los más fervientes siguen gritando aquello de «¡Sloth! ¡Cho-co-la-te!»  y llenando los pases de sesiones Phenomena. Además, “Los Goonies”, con toda su flojera sentimental, sus malhechores de patrón disneyano y su espíritu más próximo a “Patoaventuras” que a Indiana Jones, recreó lo que ninguna otra película de su momento: la fantasía de todo chaval por rastrear un tesoro perdido y demostrarle a los padres que había razón en ser un iluso y motivos para seguir soñando.

“Mi nombre es Harvey Milk” (Gus Van Sant, 2008): Algún director de casting decidió que a Brolin le sentaban bien los bigotes, los peinados de raya al agua y los trajes, y él aceptó la sugerencia con confianza o simple desespero por hacer caso al criterio ajeno. El resultado es que el actor suele parecer uno de esos yuppies incómodos con su físico de macho alfa, una voz imponente que rasca presencia y respeto a través de una imagen impoluta. Así aparecía, y sin mostacho, en este biopic de Harvey Milk, activista por los derechos de la comunidad homosexual en la década de los setenta, y que tuvo en Dan White (Brolin) a uno de sus peores opositores. Representante de la tradición católica que se remonta a los inmigrantes irlandeses, White era el lobo con piel lustrosa y discurso floreado que intentaba arrebatarle a Milk la perentoria sensatez de sus argumentos. Brolin no parecía cansarse de encarnar al detestable de turno, como White no cejaba en boicotear al buenazo de Harvey. Sin sobrecargar las tintas y basándose en la opacidad de una mirada aún más negra que su cabello, el actor contribuía a memorables duelos dialécticos y no verbales con Sean Penn y se llevaba de paso su primera nominación al Oscar®.

“Planet terror (Grindhouse)” (Robert Rodriguez, 2007): En una ordalía de los niveles de paciencia del personal sanitario ante una infección zombie, el prototipo habitual de Josh Brolin debía dar rienda suelta a esa rabia de subsuelo. Y su doctor en apariencia panoli que termina vengándose ferozmente de su mujer era una celebración continua del tono que recorre todo este irregular, festivo y perspicaz vómito de grindhouse con caché. Tal vez consciente de estar participando en un ‘placer culpable’ de cinéfilos y críticos reticentes, Brolin se hiperboliza a sí mismo, convirtiendo en obvias y deseables las decisiones de guion más alocadas. Debía asegurarse un ritmo incansable y autoparódico sin perder la marca de lo entrañable, y lo conseguía de forma bárbara en ese ataque zombie con mini sierra quirúrgica que se dirige, en primer lugar, a sus gruesas gafas de pasta negra —el ataque y la ruptura de ese objeto puede tener carga simbólica contra cierto público o tratarse de una mera coincidencia, pero ahí queda—. Un referente indiscutible, en cuanto a esta escena y el icónico papel de Rose McGowan como superviviente con pierna-metralleta, para Paco Plaza y su “[Rec]3 Génesis”  (2012).

“No es país para viejos” (Joel y Ethan Coen, 2007): Los Coen han sido en gran medida los ángeles salvadores de la carrera de Brolin en el nuevo milenio, que iba apuntando maneras sin decidirse por el hit que lo reinstauraría del todo. Ellos entrevieron en su entrecejo duro al antihéroe ideal que desde entonces ha repetido sin descanso —y, por fortuna para él, sin repetirse—. Algo sencillo, ya que no había héroes como tales en esta descarnada fábula del gran Cormac McCarthy. Y el mérito reside en que, sin ser una de las mejores novelas del escritor estadounidense, todo el equipo generaba una mitología de far west de gasolineras altamente vigorosa e identificable. Una carrera de ratas sórdidas que se van intercambiando zancadillas patéticas, revanchas crueles y pueriles, y armas oxidadas en pos de un par de millones de dólares enterrados en tierra de nadie. La película mostraba, quizá con esa aspereza a un paso del diálogo petulante, el reverso esquizoide y ansioso de las competiciones corales de un Mel Brooks o un Blake Edwards: un país sobresaturado de materia banal y miradas de recelo. Llewelyn Moss, el personaje de Brolin, representaba la voz bíblica de un conflicto deshumanizado, el simple peón de una ira que ni él ni su esposa —una excelente Kelly Macdonald— habrían osado despertar.

 

“Conocerás al hombre de tus sueños” (Woody Allen, 2010): Woody Allen no podía equivocarse al escoger a Josh Brolin en dos ocasiones, antes de ésta en “Melinda y Melinda” (2004), película más innovadora y con homenajes honrosos del cineasta hacia su obsesión por la dualidad de lo real y lo ficticio, el humor y el drama de culto, y las nuevas generaciones de cómicos, como Will Ferrell y Steve Carell. Sin embargo, en aquel cruce coral de historias Brolin tenía un papel muy reducido, que el cineasta neoyorquino le amplió para “Conocerás al hombre de tus sueños”. El actor volvía a hacer realidad uno de los espejismos recurrentes de Allen: Roy, el escritor voyeur que se aprovecha de una estrategia un tanto sucia para conquistar a la mujer, mucho más joven, de la que se ha enamorado. Mientras su propia esposa desarrolla otro affaire a sus espaldas, la temeridad romántica de Roy iba in crescendo en uno de los mejores segmentos de una de las películas menores de Allen. Las conversaciones ventana a ventana entre Roy y la vecina preciosa (Freida Pinto) daban pie a un enredo de naturaleza noir descompensado con el resto de las piezas del retablo.

“W.” (Oliver Stone, 2008): Papel jugoso para cualquier intérprete, por dos claros motivos: uno, el alto potencial de todo biopic de figura política pop en la temporada de premios; dos, el reto de aceptar un personaje real antipático que, con un mucho de maquillaje y un poco de maña carismática, podrá transformar en alguien atractivo e incluso inolvidable para el público. La expectativa puede cumplirse si existe suficiente distanciamiento temporal entre espectador y figura pública —caso de la Margaret Tatcher de Meryl Streep en “La dama de hierro” (Phyllida Lloyd, 2011)—; en caso contrario, lo más probable es que el bote naufrague. Así lo había hecho ante el mundo George W. Bush, abanderado de una época de cataclismos. Nadie tenía ningún interés en una aproximación humana, biográfica o cuanto menos anecdótica a la vida privada y las (previsibles) justificaciones de comportamiento de un hombre impopular en la reciente Historia de los presidentes USA. No obstante, el pulso de Oliver Stone es casi siempre un buen garante, y aparcados los naturales recelos Brolin ofrecía un trabajo decente, aunque no alcanzara las nominaciones y los galardones que quizá tenía en mente cuando pensó en añadir un líder desgraciado a su vida.

“American gangster” (Ridley Scott, 2007): El Josh Brolin más reconocible, el del pelo engominado y el bigote grueso como cepillo de uñas, en un tipo a la medida de su físico y sus capacidades para contagiar sensación de amenaza. El detective Trupo hablaba como el típico oficial vendido a su propio beneficio y a un sistema de chantajes y pagos en negro que desprestigian al cuerpo policial como un cáncer sin síntomas externos. Ése era parte del entuerto que venía a enmendar el hombre íntegro y enfrentado a los gánsteres del narcotráfico de los setenta; un duelo que se pretendía de ajedrez y acababa pareciendo más de dominó entre Russell Crowe y Denzel Washington. Todo exagerado, también el metraje y la confusión de la trama —marca Steve Zaillian—, para una película que huele, suena y sabe a la pretensión de quien necesita convertirse en hito del género, aunque ello suponga imponer una inexistente voz autoral a la calidad de los intérpretes y de un tema aprovechado como insincera estampa de denuncia. A pesar de ello, supuso un espaldarazo valioso para Brolin, que salía favorecido de la experiencia con el irregular Scott.

Entre su presentación ante el mundo con “Los Goonies” y los primeros años del nuevo siglo realmente no hay motivos de reseña para Josh Brolin, sumido en unas apariciones televisivas —una de ellas de su futuro género de la suerte, el western de “Jóvenes jinetes” (1989-1992)—y una escasez de producciones cinematográficas de hálito telefílmico, a cada cual más hueca y errada. Igualmente, sería injusto rodear de silencio los pasos que lo han conducido adonde se mantiene ahora, como uno de los primeros David O. Russell en “Flirteando con el desastre” (1996), un Guillermo del Toro en “Mimic” (1997), un Paul Verhoeven en “El hombre sin sombra” (2000) y un Paul Haggis para “En el valle de Elah” (2007). Cada cual guarda su pasado, y Josh Brolin puede apoyar bien la suela del zapato sobre sus peores trabajos si eso va a lanzarlo en la dirección demostrada en la última década, y que parece confirmarse con proyectos tan exquisitos como “Gangster squad” (Ruben Fleischer, 2012), “Labor day” (Jason Reitman, 2013) y el remake Hollywood a cargo de Spike Lee de “Oldboy” (Park Chan-wook, 2003).


En las imágenes: “Men in Black 3” © 2012 Columbia Pictures Industries. “Valor de ley (True grit)” © 2010 Paramount Pictures, Skydance Productions, Scott Rudin y Mike Zoss. ”Los Goonies” © 1985 Amblin Entertainment y Warner Bros. Pictures. ”Mi nombre es Harvey Milk” © 2008 Focus Features, Axon Films, Groundswell y Jinks/Cohen Company. ”Planet terror” © 2007 Dimension Films, Rodriguez International Pictures y Troublemaker Studios. ”No es país para viejos” © 2007 Paramount Vantage, Miramax Films y Scott Rudin Productions. “Conocerás al hombre de tus sueños” © 2010 Mediapro, Versatil Cinema, Gravier Productions, Antena 3 Films y Dippermouth. ”W.” © 2008 Lionsgate, Emperor Motion Pictures, QED International, Omnilab Media, Millbrook Pictures, Global Entertainment Group y Onda Entertainment. “American gangster” © 2007 Universal Pictures, Imagine Entertainment, Relativity Media y Scott Free Productions. “Gangster squad” © 2013 Langley Park Productions y Lin Pictures. Todos los derechos reservados.

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1 - Ignotus - 20:50 - 30.05.12

Ahi va, ¿Es el protagonista de “No es pais para viejos”? no me había dado cuenta,




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