Las mejores películas de niños testigos

Escrito por el 29.04.12 a las 17:26
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¿Podía cruzarse una niña en la mira de Jason Statham sin que la pequeña corriese ningún peligro? Sí, cuando ella esconde en algún recoveco de su memoria un código secreto codiciado por tipos de malas intenciones —nada menos que un cóctel de mafiosos rusos, tríadas y corruptos policías neoyorquinos— y él es el encargado de protegerla a toda costa. Siempre que el asunto conlleve algún beneficio personal, en forma de vendetta privada, tal y como acontece en “Safe” (Boaz Yakin, 2011), lo último del protagonista de las sagas “Transporter” y “Crank”. Statham no es el primero en correr estos riesgos ni en descubrir que los niños testigos de secretos que no les corresponden consiguen destrozar las vidas, o al menos potenciar las migrañas, de sus mayores. Aquí presentamos una selección de las mejores películas sobre tiernos ojos acostumbrados demasiado pronto a contemplar un abanico de informaciones peligrosas y atrocidades de menores a mayores repercusiones.

“Único testigo” (Peter Weir, 1985): Lukas Haas no ha conseguido hasta ahora eclipsar el recuerdo de su papel con nueve años en este film, y quedó grabado en la mente de todo espectador ochentero como el niño que propiciaba el amor entre su madre y el policía interpretado por Harrison Ford. Aunque la pieza central de este thriller de cargas simbólicas fuese aquel baile en el granero alrededor de un coche y al compás de “Wonderful world”, de Sam Cooke, el meollo del asunto venía a cuento de un asesinato contemplado por el pequeño Samuel (Haas). Su tranquila y espartana vida en un pueblo amish de Philadelphia se ve alterada no tanto por el trauma del crimen como por la repentina presencia de ese padre putativo con rostro de Indiana Jones. El crío parecía menos impactado de lo que debería tras asistir a semejante espectáculo de violencia en ese mundo moderno que le está vedado —como sucede con la niña de “Vigilancia (Surveillance)” (Jennifer Chambers Lynch, 2008)—. Un Jeff Jefferies —el protagonista de “La ventana indiscreta” (Alfred Hitchcock, 1954)— en miniatura, agazapado tras cierta fascinación, antes de que quizá se convierta en un repelente niño modelo o en un monstruo a pequeña escala, al estilo de los niños testigos en series como “Dexter” (2006) y “Boardwalk Empire” (2010). Moraleja: no dejen a sus hijos ir solos a los baños públicos.

“Matar a un ruiseñor” (Robert Mulligan, 1962): La pobre Scout (Mary Badham) iba disfrazada de salchicha cuando alguien la atacó en el bosque y no pudo socorrer a su hermano de un ataque muy relacionado con las hipocresías de los adultos y el terror irracional hacia su vecino Boo Radley (Robert Duvall). El best seller de Harper Lee, que se alzaría con el prestigioso premio Pulitzer en 1960, ahondaba en una categoría menos rocambolesca de las contemplaciones infantiles. Al estilo de unos Huckleberry Finn o Jim Hawkins criados en una pequeña ciudad de Alabama, Scout y su hermano Jem escarbaban, y no sólo metafóricamente, los tesoros y las basuras ocultas allí donde los adultos no creen que nadie vaya a asomarse. Por suerte para esta pareja de hermanos, aparte de los trapos sucios ondulantes en todo pueblo, también llegaban a descubrir una mina de oro: la fortaleza de un padre coraje definido por las encuestas del país como el personaje favorito de la literatura norteamericana. Tal vez para un niño haya algo peor que ser testigo de un crimen o depositario de unos datos valiosos. Ver el derrumbe del progenitor, como escrutaban las miradas infantiles e interrogantes del neorrealismo de “Ladrón de bicicletas” (Vittorio de Sica, 1948) o “Alemania, año cero” (Roberto Rossellini, 1948) , sólo puede compensarse con la satisfacción de asistir a su proceso de superación.

“Esos tres” (William Wyler, 1936): La horripilante niña Mary Tilford (Bonita Granville) en realidad no había sido testigo de nada, pero consiguió sembrar suficiente caos y sospechas como para alimentar el cotilleo de una ciudad durante seis meses. Cuando una colegiala observa con ojos llenos de inquina, a buen seguro sólo deducirá elementos en su contra, pero el caso de Mary da un paso más allá. Un triángulo amoroso entre sus dos profesoras y el joven doctor es una invención lo suficientemente elaborada como para que todas las madres respetables la tomen como una verdad de altura. ¿Quién puede dudar de la mirada de un niño, especialmente cuando relata temas escabrosos que bajo ningún concepto ha podido conocer por sí mismo? El ficticio ménage à trois de la notable versión de Wyler suavizaba las implicaciones lésbicas de la obra de teatro original, escrita por Lillian Hellman. Insinuaciones que fueron recuperadas en la segunda adaptación, también a cargo de Wyler. “La calumnia” (1961) sustituía a las impecables Merle Oberon y Miriam Hopskins por la, a primera vista, un tanto marciana pareja formada por Audrey Hepburn y Shirley MacLaine. El subtexto se enriquecía, las conclusiones enturbiaban con mayor ferocidad un poso ya de por sí revuelto, pero la niña Karen Balkin no conseguía fruncir el ceño con tanta amenaza como su predecesora.

“Satanás, el reflejo del mal” (Ulli Lommel, 1980): En su cuento “Las babas del diablo”, Julio Cortázar planteaba el margen de implicación de una persona que contemplara un asesinato a través de un medio en el que su único papel fuese meramente funcional. El relato, que inspiraría la película “Blow-Up” (Michelangelo Antonioni, 1966), destapaba la caja de los truenos morales, que está en parte presente en esta cinta de terror sobre una niña que ve en el reflejo de un espejo cómo su hermano asesina al amante de su madre, después de propasarse físicamente con ellos.  Sin embargo, el paralelismo entre el espejo y la cámara fotográfica de los personajes de Cortázar y Antonioni actúa como catalizador del dilema infantil: ¿deben interpretar aquello que ven mediante códigos propios, antes de que el espejo se rompa e irrumpa en sus vidas el espíritu negro y diabólico de la verdad? Cuando, ya de adultos, el espejo de aquella escena se rompa, comenzará la caza de este ‘hombre del saco’ y el pulso contra el trauma de ser testigos prematuros. No es casual que en tantas cintas del género los mayores no crean en los relatos de los críos, a quienes terminan tratando según el recetario de los cuentos de hadas, como en “No tengas miedo a la oscuridad” (Troy Nixey, 2010), o la medicina psiquiátrica, como en “Intruders” (Juan Carlos Fresnadillo, 2011).

“La noche del cazador” (Charles Laughton, 1955): Que Lillian Gish empiece relatando un cuento de terror gótico debería bastar como argumento para sentir tanta reverencia como escalofríos ante una película como ésta. Que esté rodada en un áspero blanco y negro, que contenga el tatuaje más famoso de la Historia del Cine y que Robert Mitchum cargue durante todo el metraje con diversas estratagemas para matar a un par de niños es la subida posterior y continuada de la montaña rusa. John (Billy Chapin) y Pearl (Sally Jane Bruce) son los conocedores del lugar en el que su padre escondió los 10.000 dólares robados del banco, y el reverendo Harry Powell (Mitchum) los codicia con tanta intensidad como la que sentiría cualquier lobo de un cuento folclórico ante la carne de los cabritillos. La responsabilidad adquirida sin ninguna consciencia por parte de chiquillos alcanzaría su cota máxima en aquellos hombres dispuestos a asesinar a un bebé que, a pesar de no saber nada, representa un hatillo de dinamita en potencia, como sucedía en “Promesas del Este” (David Cronenberg, 2008).

“Expiación, más allá de la pasión” (Joe Wright, 2008): Como hiciera Mary Tilford en “Esos tres”, Briony Tallis (Saoirse Ronan) se inventa una situación de la que no es testigo. Pero con matices: Briony realmente ha visto algo, sólo que su sistema de decodificación de la realidad aún no dispone de todas las claves necesarias para interpretarla en un sentido adulto. O en todos los posibles sentidos de la adultez. Desde un planteamiento de escenarios de juguete y ventanas que se abren y se cierran, la niña mimada juega con los demás habitantes de la casa como con sus legiones de animales de madera y los personajes cuyas tribulaciones plasma en obras de teatro caseras. Briony contempla una escena lejana e inescrutable, un acto de amor y un acto deleznable; sólo la edad podrá añadirle significado a cuadros que nunca llegará a conocer de primera mano. Y es que gran parte de culpa de estos pequeños testigos reside en su curiosidad a destiempo. El deseo por lo vedado, por aportar imágenes a palabras prohibidas —“Secretos del corazón” (Montxo Armendáriz, 1997)—, o por atisbar el primer cadáver de su vida —“Cuenta conmigo” (Rob Reiner, 1986)—.

“Adiós, muchachos” (Louis Malle, 1987): Acarrear un secreto resulta mucho más complejo si con la otra parte implicada se comparte algo más que un encontronazo. La amistad que une a Jean (Raphaël Fejtö) y Julien (Gaspard Manesse) hace más arduo para este último cargar con la información de que su compañero es, en tiempos de Segunda Guerra Mundial, judío. El internado en el que conviven felizmente ve interrumpidas sus chácharas culturales y preadolescentes en cuanto los soldados de la Gestapo comienzan a husmear y a sospechar, para desesperación de un Julien que no desea revelar lo que sabe, pero que comienza a experimentar las laceraciones entre culpa y fidelidad, o la moral atrapada en un colegio católico. Otras cintas ambientadas total o parcialmente en centros religiosos, caso de “Sleepers” (Barry Levinson, 1996), “Las hermanas de la Magdalena” (Peter Mullan, 2002), o “Los niños de San Judas” (Aisling Walsh, 2003) planteaban esa misma dualidad aplicada a una edad no conveniente y las secuelas que conlleva para esos niños que nunca pudieron crecer del todo. Todo les habría ido mucho mejor con un Jason Statham que sabe que con una Beretta no hay mafioso, cura, ni monja, ni espectro en el espejo que puedan atacar a un niño testigo.

En las imágenes: “Único testigo” © 1985 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. “Matar a un ruiseñor” © 1962 Universal Pictures. Todos los derechos reservados. “Esos tres” © 1936 United Artists y Samuel Goldwyn Company. Todos los derechos reservados. “Satanás, el reflejo del mal” © 1980 The Jerry Gross Organization. Todos los derechos reservados. “La noche del cazador” © 1955 United Artists. Todos los derechos reservados. “Expiación, más allá de la pasión” © 2007 Working Title Films, Universal Pictures, Studio Canal y Relativity Media. Todos los derechos reservados. “Adiós, muchachos” © 1987 Nouvelles Éditions de Films, MK2 Productions y Stella Films. Todos los derechos reservados.

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1 - diego - 3:25 - 10.12.12

no se que parametros tienen para saber cuales son mejores si es la taquilla, guión, estructura cimematrográfica, le felicito y también relacionen el cine latinoamericano e independiente gracias



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