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Las mejores películas de Ridley Scott

Escrito por el 23.07.12 a las 12:32
Archivado en: Directores

Cuando uno alcanza los setenta y cinco años, espera que ya se le permita satisfacer cualquier antojo en el oficio al que uno pertenezca. Pero si eres Ridley Scott, en realidad llevas toda tu carrera ejecutando lo que se te pasa por la cabeza, aunque el concierto, visto en perspectiva, resulte caótico y por momentos desafinado. O quizá se trate de la melodía del ruido y la combinación inquieta de todo tipo de familias instrumentales: el drama de época, la road movie, el thriller, el péplum, la ciencia ficción, el bélico, la comedia buenrrollista, las gotas filosofales. ¿Por qué buscar los engranajes de una estructura tal vez no llamada a ser tal cosa? ¿Es Scott un cineasta que revuelve la caja de los juguetes cinematográficos para dejar su impronta en cualquier artefacto que saque, o es uno de esos directores que apañan algo de bonitas apariencias que esconde perplejidad y dudas?

El pragmatismo inglés de sus raíces de nacimiento puede haber influido en ese flujo lento y sin pausa de su filmografía, en la que predominan más islotes aislados que una corriente unificadora. Un hombre extraño, de facciones flemáticas que encierran un secreto impenetrable para grandes estudios y autores: ¿cómo ha hecho para ganar premios Oscar®, volverse rey del hype y del viral con su saga “Alien”, rodar peliculitas y bombazos, mastuerzos pasados de metraje y giros rotundos hacia géneros nunca antes pisados por él? Lo que busca Ridley Scott en esa marea sin sentido aparente sólo lo sabe él, aparte de una diversión sin límites en saltos de sets con decorados gigantescos a rodajes en localizaciones exóticas. Sea un genio o un timador, al menos ha conseguido, mucho antes de rozar la jubilación, que sus mejores películas sean las de alguien que ha rodado a su antojo.

“Blade runner” (1982): ¿Qué es un blade runner?, se preguntará el neófito. Pero la cuestión continúa siendo ¿qué es “Blade runner”? Es más, ¿deberíamos hablar del “Blade runner” de la fecha de estreno o del “Blade runner” director’s cut estrenado en 1992, aquel montaje que suprimía la voz en off del protagonista, Deckard (Harrison Ford), eliminaba el final feliz postizo que quiso la Warner y añadía un sueño con unicornio blanquísimo? ¿Fue éste, acaso, uno de los logros fortuitos de Ridley Scott, una rara piedra angular en una trayectoria mucho menos deslumbrante? El debate se debe, igualmente, a los brillos de la película, tan celebrados como denostados por generaciones de especialistas y cinéfilos. La profundidad o poesía barata de su superposición de ci-fi y noir, del romance imposible entre humano y replicante, del conflicto ético y filosófico acerca del concepto de la vida y el artificio, y del monólogo de Rutger Hauer en el clímax de la historia, son conceptos elusivos que decidirá cada espectador, con el mismo amor o virulencia que despierta “2001: Una odisea del espacio” (Stanley Kubrick, 1968), salvando las distancias de cada propuesta. No cabe duda, sea cual sea el juicio particular, de que “Blade runner” representa el legado de sombra más alargada para el director.

“Alien, el octavo pasajero” (1979): La segunda película de un director joven representa su examen más arduo; son los nervios del primer día en la universidad después de haber pasado las pruebas de selección. Y pocos consiguen destacar esa fatídica mañana: Scott, en cambio, después de los cortometrajes, los capítulos de series y y el debut de rigor, se hizo más que un nombre y un hueco con la fundación del universo Alien. Monumento al horror y, especialmente, thriller que funciona como perfecto bottle episode, la película constituye todo un referente en construcción de guion combinado con lúcidas improvisaciones —la de la camilla en la que yace John Hurt antes de que suceda…—. El proyecto no pertenece desde sus orígenes a Scott, aunque haya pretendido escarbar la precuela “Prometheus” (2012), y las continuaciones recayeron en manos de otros directores, pero a él corresponde parte de logro en esta invocación de las letras lovecraftianas y los mitos del Cthulhu que ha provocado, además, toda una estela de merchandising y conocimientos enciclopédicos fantasiosos acerca de esa raza alienígena imaginada por  H.R. Giger y Moebius.

“Gladiator” (2000): Dos décadas después del primer acto de “Alien”, cuando Ridley Scott parecía sumido en un mainstream pálido y sin rastro de aquellas primeras autorías impactantes, consiguió el doble logro de que una película estrenada en primavera fuese aún recordada por los académicos en las votaciones por los Oscar —lo habitual es que las apuestas fuertes se estrenen en la temporada de otoño-Navidad— y de que dicha cinta fuese, para más inri, un péplum. Es decir, el género de faldillas y chancletas de cuero, togas, esclavos y leones, que espectadores de acá y acullá asocian a los bostezos y la estética retro de los filmes de Semana Santa. Pero Scott, optando por un historicismo sólo aparente —su alta capacidad para teñir de pretendido realismo las más enormes fantasías, empezando por el toque claustrofóbico de “Alien” y el noir cincuentero de “Blade Runner”—, eliminó de “Gladiator” el telón religioso típico en las producciones del Hollywood dorado. Más bien un cántico mísitico, desde la voz femenina de la banda sonora hasta los —imitadísimos— planos de manos que acarician espigas de trigo; una especie de defensa del obrero frente al rey en clave de acción en ralentíes y acelerones de testosterona, sin olvidar cierto puntillo macarra que ha inspirado al mundo del meme.

“Thelma & Louise” (1991): Tras haber rodado seis películas negras, cada una a su modo, no podía preverse que Scott fuese a escoger una road movie protagonizada por dos mujeres muy amigas y feministas que atraviesan las carreteras luminosas y amarilleadas de América. No obstante, el cineasta demostró que su estilo no es cuestión de sexo ni de género —y ya había regalado a la cinefilia un personaje femenino tan fuerte e inolvidable como el de la agente Ripley de “Alien, el octavo pasajero”—, aparte de aplicar sus códigos de acción netamente visual a un contenido poderoso. El de un vínculo importante entre un ama de casa y una camarera que dejan atrás sus vidas caseras, manoseadas por los apetitos y las órdenes de los hombres, y que cambian los atributos típicos de sus personajes por el cochazo Thunderbird, la ropa cowboy o heavy y accesorios como un Brad Pitt colgando a ratos del brazo. La excelente química entre Susan Sarandon y Geena Davis contribuyó en buena medida a que la comedia rodase por sí sola, con independencia de que su destino fuese triunfar o estrellarse.

 

“Los duelistas” (1977): Para sorpresa, la del desvirgamiento de Ridley Scott en gran pantalla, con un relato que desarrolla el clímax prototípico de tantas novelas del siglo XVIII y adapta un cuento del imprescindible Joseph Conrad. Trasfondo napoleónico para el seguimiento de una cuenta pendiente entre dos soldados franceses condenados a odiarse y perseguirse por el insulto que uno dedicó al otro tiempo atrás. Antaño estas cosas se resolvían mediante testigos y duelo a espada o pistola, una parafernalia que a veces hacía difícil cumplir con todos los requisitos. Pero el honor es la propiedad más valiosa de un oficial, o de cualquier hombre, y el argumento se extiende sin pausa hasta la sublimación de ese ¿necesario o estúpido? código. Las señas de identidad de Scott, mientras tanto, ya asomaban: no sólo la temática de fondo grave combinada con secuencias de acción, sino los castings de relumbrón —Harvey Keitel, Keith Carradine y Albert Finney para un primerizo— y el gusto por la ambientación histórica de valores y personalidades intemporales.

“Black Hawk derribado” (2001): Rastros de aquel primer duelo alcanzan una actualización de la guerra como escenario y el enfrentamiento de caracteres tan opuestos en el cara a cara como complementarios en el escuadrón de soldados. Sin embargo, hay menos margen para la introspección y las rencillas en esta operación de oficiales de élite del ejército de Estados Unidos en Somalia; por no quedar espacio, ni siquiera para la crítica acerada que las cintas bélicas del cambio de milenio suelen incluir como réplica a las insensateces del panorama mundial. Scott prefiere explotar su vertiente adrenalínica, jugando con actores famosos como secundarios que van y vienen según el antojo de la batalla y el azar de las lluvias de balas. Unas cuantas pantallas de videojuego, en definitiva, pero muy bien rodadas y liberadas de la pretensión de convertirse en algo superior al género. Otro óleo de relaciones cien por cien varoniles mediante distinta técnica a la de su debut en “Los duelistas”, aunque años después la causa de los caídos en combate siga siendo la misma e igual de estúpida.

“El reino de los cielos” (2005): ¿Y si uno dispone de un presupuesto multiplicado por mil en comparación con aquellos primeros pasos en la industria? Historia fantaseada y acción sin límites se mantienen, pero a otro ritmo: el favorito de Scott de los metrajes larguísimos y las causas espirituales escondidas tras la coraza de una formación tortuga de acero. Aquí le tocaba el turno a una elección espinosa, la de la Guerra Santa en tiempos crispados entre Occidente y Oriente. Scott prefería trasladar el conflicto a un nivel más íntimo, el del cruzado Balin (Orlando Bloom) y un órdago de conspiraciones palaciegas que implican a una bella misteriosa (Eva Green) y un rey enmascarado (Edward Norton). Finalmente, la película optaba por el pesimismo acerca de la consecución de ese reino en el cielo donde convivan pacíficamente todas las religiones, entre ellas la cristiana y la musulmana. Una obviedad visto el cauce de los siglos hasta el presente, pero que Scott aprovecha como coartada para su amado tema acerca de la honorabilidad de los hombres. Y unas clases de esgrima con Liam Neeson, que siempre suman puntos extra a cualquier película.

“American gangster” (2007): Y, como fin de trayecto, Ridley Scott se emociona y se le escapan los mandos hacia un largo metraje y un género hasta entonces no abordado por él de manera directa: el thriller protagonizado por gánsteres y policías en un bien delimitado cuadro de maldades contra bondades. Los setenta que acogieran al primer Scott pasan a ser ahora un contexto de revival para el cineasta, que los recrea con ese punto hortera y desfasado de las adaptaciones televisivas y la nostalgia limpia; un contraste con la negrura del tráfico de drogas que mancha la pureza de Manhattan. El fetiche de Scott, Russell Crowe, volvía a representar la Justicia en un mundo poblado por mandamases indebidos. Las de Scott suelen ser historias de Robin Hood más o menos camufladas, y en este caso se fundamenta además en el argumento de los ‘hechos reales’ para encumbrar a su protagonista de buen corazón sobre los entuertos de esa banda de mafiosos amparados por la vista gorda de la ley. Pero, ¿es más honesta la lucha por sus sueños de uno u otro hombre, en una América tramposa para todos? Un poquito de demagogia bajo mucho estilismo que no llegaba a la frescura ni resolución de las grandes muestras del género.

Y quedan muchas más extrañezas en el devenir de Ridley Scott: agregen al cóctel unas chispas de fantasía con “Legend” (1985) —de la que se rumoreó había cogido descartes con planos de unicornio para inflar el “Blade runner” de 1992—; el típico thriller oscuro, en formas que apenas contaminan al fondo, de “La sombra del testigo” (1987) y “Black rain” (1989); la epopeya de encargo —se cumplía el quincentenario de la llegada de Colón a América— “1492, la conquista del paraíso”  (1991), un alegato feminista con Demi Moore en “La teniente O’Neil” (1996), barcos y muchachos antes de Antena 3 en “Tormenta blanca” (1997), una secuela de la laureada “El silencio de los corderos” en “Hannibal” (2001), una comedia de truhanes con Nicolas Cage en “Los impostores” (2003), la adaptación de un best seller de aeropuerto en “Un buen año” (2006), los tan de moda entramados terroristas en “Red de mentiras” (2008) y la visión ‘realista’ de la balada de aventuras sobre “Robin Hood” (2010). ¿Qué puede faltarle a estas alturas? ¿Algo de animación o un regreso, como en “Prometheus”, a sus tierras mejor conocidas, antes de que se le agote el tiempo y sus seguidores lo lloren con lágrimas que se perderán en la lluvia?

En las imágenes: Ridley Scott durante el rodaje de “Prometheus” © 2012 Brandwine Productions, Scott Free Productions y 20th Century Fox. Ridley Scott y Harrison Ford durante el rodaje de “Blade runner” © 1982 Warner Bros. Pictures. Ridley Scott y Sigourney Weaver durante el rodaje de “Alien, el octavo pasajero” © 1979 20th Century Fox y Brandywine Productions. Ridley Scott y Russell Crowe durante el rodaje de ”Gladiator” © 2000 Dreamworks Pictures and Universal Studios. “Thelma & Louise” © 1991 Metro-Goldwyn-Mayer. “Los duelistas” © 1977 Paramount y Enigma Productions. “Black Hawk derribado” © 2001 Columbia TriStar Films. Ridley Scott y Orlando Bloom durante el rodaje de “El reino de los cielos” © 2005 20th Century Fox, Scott Free y KanZaman. Ridley Scott, Russell Crowe y Denzel Washington durante el rodaje de “American gangster” © 2007 Universal Pictures, Imagine Entertainment, Relativity Media y Scott Free Productions. Ridley Scott y Russell Crowe durante el rodaje de “Robin Hood” © 2010 Universal Pictures, Imagine Entertainment, Relativity Media y Scott Free Productions. Todos los derechos reservados.

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2 - Tomás Martin - 20:18 - 14.10.12

Mi sugerencia es incorporar en vuestra sección de posts “Las Mejores Películas de … ” directoras como Sofia Coppola, Mary Harron, Jane Campion, Marjane Satrapi. Aún tengo por leer en la Butaca un post de mujeres directoras.
Atentamente,
TM.



1 - El Cinéfago - 13:20 - 03.08.12

Cuestión de gustos, pero El reino de los cielos es de las pelis más infumables de los últimos años. Mala banda sonora (recicla BSO de otras pelis, hasta de Blade II), mal guión, irregular en estructura y hasta copiando determinadas batallas. Dicen que el director’s cut mejora la original, pero yo no me muevo a verla.




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