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Las mejores películas de Sean Penn

Escrito por el 08.05.12 a las 16:48
Archivado en: Actores y actrices

En “Un lugar donde quedarse (This must be the place)” (ver tráiler), Sean Penn aborda su última metamorfosis radical tras haber atravesado los más variados temperamentos y las más rocambolescas caracterizaciones físicas a lo largo de su trayectoria como actor. Para esta particular road movie aderezada de venganzas, Penn desaparece tras una estética gótica, a caballo entre Robert Smith y Alice Cooper, que vuelve a revelar una vez más su versatilidad como intérprete amante de los desafíos. No ha habido género que se le haya resistido entre pausa y pausa de su largo matrimonio con la también actriz Robin Wright, su romance de prensa con Scarlett Johansson, sus labores humanitarias, su incendiario tono político fuera de los platós y sus espaciadas incursiones en el oficio de cineasta. He aquí las mejores películas como actor y director de una figura emblemática en las ceremonias de premios, los festivales internacionales y las listas de actores más invocados como modelo por principiantes y aspirantes.

“Aquel excitante curso” (Amy Heckerling, 1982): Era el emplazamiento más habitual a la hora de estrenarse en gran pantalla durante los ochenta; el instituto como campo de minas y tropelías para cientos de caras bonitas en busca de algo más serio que la primera oportunidad. Sin embargo, Sean Penn no era precisamente una cara bonita al uso, y sus facciones eternamente intensas y concentradas demostraron en qué mármol estaban esculpidas con esta historia de la debutante Heckerling y con guion —medio autobiográfico— del también director Cameron Crowe. Un escritor que vuelve a las aulas, previamente camuflado, para rescatar la inspiración perdida, y una caracterización muy loca que, lejos de frenar el lanzamiento de Penn, sentó su primer precedente en la comedia, como pariente muy lejano del Jeff Winger de “Community”  (2009). Retumban rumores de un posible regreso del actor a este terreno en la nueva comedia de Ben Stiller, lo cual reafirmaría que Penn no lo pasó tan mal rodando entre tópicos de recreo y carpeta.

“Corazones de hierro” (Brian De Palma, 1988): Otra trinchera casi de paso obligado para los jóvenes con sueños en el Paseo de la Fama es la película de acción bélica, dada la enorme cantidad de soldados de relleno, cabos a punto de morir, cadetes moribundos y pilotos en apuros que suelen emplearse en estas producciones. Pero a Penn no le bastaba con una línea de diálogo y un bombazo junto al pie antes de desaparecer de la escena, y De Palma comprendió de inmediato que el potencial del actor se propulsaba mucho más allá de los papeles secundarios y de cierta propensión al grito enervado en su recámara. Con la guerra de Vietnam de fondo, en esta notable cinta, a pesar de tratarse de una de las menos recordadas del cineasta y del actor, Penn le daba la réplica a un Michael J. Fox que también podía ser pródigo fuera de la comedia, y que se debatía entre el deber moral de denunciar un acto de violencia sin justificación y las obligaciones con su sargento; un Penn ruidoso, ególatra y bipolar que rendía tributo al coronel Bill Kilgore, en versión casi púber.

“El clan de los irlandeses” (Phil Joanou, 1990): Afianzada la asociación entre su gesto duro y las ofertas que iba recibiendo, Sean Penn comenzó a convertirse en un familiar del thriller de persecuciones, mafiosos y redes ocultas en los subterráneos de los pasillos gubernamentales y el extrarradio de las ciudades. Junto a otros dos hombres de planta imponente como Gary Oldman y Ed Harris, Penn volvía a un hogar lleno de ascuas calientes como sospechas policiales, puñaladas fraternas y el típico amor indebido, tanto por las circunstancias argumentales como de género —del cual se llevó a pesar de todo el cortejo de Robin Wright, también en la película—. Los puntales de la historia serían a partir de entonces elementos comunes a muchas otras películas en las que participase el actor, pero las inclinaciones excesivamente esteticistas de Joaunou hicieron que el cast resaltase por encima de cualquier otra bondad desaprovechada y que otras obras sobre infiltrados sean más recordadas que ésta. Pero los orígenes no se olvidan y Penn estará de nuevo en un círculo de mafiosos en la próxima “The gangster squad” (Ruben Fleischer, 2013).

“Atrapado por su pasado” (Brian de Palma, 1993): Repetía Sean Penn con De Palma y con el mundillo de los trapicheos, si bien desde otro ángulo: el de un abogado corrupto y yonqui escudado, además, tras unas gafas de empollón de internado inglés y una peluca eléctrica que volvían al actor casi irreconocible. Esta subida, bajada y vuelta a subir —direcciones que plasmaban muy bien las escaleras mecánicas de uno de esos recordados clímax finales tan De Palma— a los infiernos del tráfico de drogas sembró un hito en el noir de los noventa, incluso con su inconfundible aroma de refrito y el guion de un David Koepp al alza. Tan desmedida en metraje como en tono y Al Pacino, la película abría la veda a Sean Penn para desbordarse con la misma elocuencia o para oponer sobriedad y recato ante semejante festín de revólveres, cuero y cocaína. Obviamente, optó por lo primero.

“Pena de muerte” (Tim Robbins, 1995): Su primera nominación al Oscar® como Mejor Actor no se saldó con el premio —sí consiguió, en cambio, un Oso de Plata en el Festival de Berlín—, pero desde entonces su estima dentro de la Academia no ha hecho sino crecer exponencialmente, a la par que el respeto y la admiración de sus compañeros de oficio. La crónica de los últimos días de un condenado en la milla verde y sus conversaciones sobre lo divino, lo humano y lo residual con la monja Helen Prejean, interpretada por Susan Sarandon, que sí se llevó estatuilla a casa, brindaron uno de los dúos más celebrados de la década y un duro alegato que aún hoy continúa exhibiéndose en clases de ética y en debates sobre los estados de Norteamérica que incluyen en la legalidad la pena de muerte por inyección letal. La dureza de Penn al servicio de parlamentos contestatarios y desnudos, firmados por Tim Robbins, otro intérprete con inquietudes de director que adaptó fielmente las memorias de un caso real.

“Giro al infierno” (Oliver Stone, 1997): O viraje absoluto después de pisar las alfombras de los papeles de prestigio, esta chifladura del no menos estrafalario Stone volvía a emplear el físico de Sean Penn para el cuerpo de un hombre perdido en la nada desértica de la América profunda. La atmósfera desequilibrada en la que se va sumergiendo su personaje resulta equiparable a la de una película inestable y sin medida, que recibió un par de nominaciones a los Razzies® a la vez que convergen en ella los signos distintivos del estilo de su director y, en parte, de su estrella principal. Abocado, de forma consciente o no, a birlar la atención en toda escena compartida con un variopinto elenco de secundarios —entre quienes se contaban las dobleces más perturbadas de Joaquin Phoenix, Jon Voight, Nick Nolte o Claire Danes—, Sean Penn ratificaba su condición de pátina poderosa en cinta de presupuesto variable, y de estrella indiscutible a pesar de la altura de sus partenaires —Jennifer Lopez rememorando aquellos tiempos del actor con Madonna—.

“The Game” (David Fincher, 1997): Una de las cintas ‘menores’ de Fincher, justo después de “Seven” (1995) y antes de la mítica “El club de la lucha” (1999), otorgaba escaso margen de actuación a Sean Penn, en la piel del hermano de Nicholas Van Orton (Michael Douglas), un millonario hastiado que verá cómo el orden de sus quejas e insatisfacciones da un vuelco en cuanto empiece un juego macabro con un ser oculto, mucho antes de que lo propusiera “Saw” (James Wann, 2004). El personaje de Penn, aunque breve, era el detonante de la inmersión del protagonista en este regalo de cumpleaños con mimbres de aventura ‘escoge tu propio camino’ que acaba saliéndose de madre. El actor de la sonrisa engañosa inauguraba un par de horas de espiral frenética y despistes con el espectador, antes de que su personaje volviese a aparecer con una sorpresa reveladora, muy acorde a esta variante de la película con enigma, a lo “La huella” (Joseph L. Mankiewicz, 1972), que provoca tanta tensión durante su desarrollo como bostezos en sucesivos visionados.

“Acordes y desacuerdos” (Woody Allen, 1999): La poesía que Woody Allen entrevé en todo el jazz que emplea para ambientar sus historias desembocó inevitablemente en el falso biopic de una leyenda de este género musical, Emmet Ray, imitador de un jazzista real, Django Reinhardt. Quién iba a decir que Sean Penn también sabría empuñar una guitarra, pero lo hizo tan ágilmente que la Academia volvió a recompensarlo con una nominación al Oscar® y, diluyéndose en la taquilla como suele sucederle al director neoyorquino, su aportación asentó uno de los personajes más carismáticos e inolvidables del cine de Allen. Dotado de las mismas peculiaridades neuróticas, en pleno decaimiento revolucionario de los años treinta, que su creador, Emmet comete todo tipo de torpezas mientras va y viene del buen camino y de sus dos amores: la música y una chica muda, Hattie (Samantha Morton). Maravilloso alegato acerca de las dos criaturas tan distintas que conviven en el ser creador, la que está inmersa en el proceso artístico y la que malvive apartada de él, la película es un exótico oasis en las filmografías de Allen y de Sean Penn, quien demuestra un camuflaje simbiótico con la naturaleza del papel antes que una demostración vana de habilidades aprendidas para lucirse a su costa.

“Mystic River” (Clint Eastwood, 2003): Padre destrozado y tercer mástil de un grupo de amigos de infancia, Jimmy Markum (Sean Penn) supuso para el actor otro regalo con las piezas que le han permitido más de una combinación ganadora. Que su declamación linde entre el dolor apenas disimulado y la liberación furibunda de cabreos monumentales es razón para comprender el estilo Penn y por qué es tan aplaudido y premiado —recibió su segundo Oscar® como Mejor Actor, junto a su viejo colega Tim Robbins, que lo recogió como Mejor Actor Secundario, relegando al tercero en discordia, Kevin Bacon, a un vergonzoso vacío—. El peso dramático de la trama, basada en una novela del infalible Dennis Lehane, recaía en el personaje de Robbins mientras el de Bacon vehiculaba la acción en sucesivos avances detectivescos. Pero los explosivos de la caja estaban en el pecho y en el hogar de ese Markum tatuado y nervioso que, haciendo honor a la compleja expresividad de Penn y ahorrándose toda palabra, protagoniza el silencio frente a una ventana y el cruce de miradas en un desfile popular más poderosos vistos en toda la década.

“La intérprete” (Sydney Pollack, 2005): Sydney Pollack relanzó a Penn en un registro apartado de su tendencia hacia el vuelco emocional. Las escuchas impremeditadas en micrófonos abiertos de las Naciones Unidas y los subsecuentes repartos e intercambios de secretos de estado propiciaban una interpretación menos llamativa, tan rectilínea, ajustada y vestida de traje como la partitura maestra de un guion excesivamente largo, marca de la casa, de Steve Zaillian. La relación protectora entre el agente federal encarnado por el actor y la intérprete del título (Nicole Kidman) se deslizaba sin remedio en los vericuetos de lo profesional que empieza a entremezclarse con lo sentimental, pero la factura era compacta y Pollack sabía extraer la mejor esencia de los mejores actores en circunstancias no precisamente provechosas. Años más tarde, Penn repetiría un papel similar, con otra rubia gélida y campaña de tonos tan grisáceos como el alma de la película, en “Caza a la espía”  (Doug Liman, 2010).

“Mi nombre es Harvey Milk” (Gus Van Sant, 2008): El culpable de que Mickey Rourke perdiera su Oscar® al Mejor Actor —competía con “El luchador (The wrestler)” (Darren Aronofsky, 2009), favorito de todas las quinielas— fue este activista pro-derechos de la comunidad homosexual en el San Francisco de los años setenta. Menos potente en su aparataje visual que otras propuestas de Van Sant, la película prefería subrayar lo que el actor suscribe y lo que apoyaron todos sus votantes en la Academia: el grito en contra de la homofobia por delante de un retablo vivant de la alegre revolución sexual o de los proverbiales esquemas de ascenso y caída recurrentes en toda hagiografía que se precie. Mediante técnicas más bien próximas al documental, Van Sant manejaba la información y el conflicto político, dejándole a Penn las riendas de una interpretación sutil, sin demagogias ni mímesis banales, arropado por un elenco de secundarios igualmente brillantes entre quienes destacaban James Franco y Emile Hirsch —en un papel inicialmente pensado para el fallecido River Phoenix, cuando el cineasta ya había comenzado a acariciar la idea de este proyecto a principios de los noventa—.

“El árbol de la vida” (Terrence Malick, 2011): Tal vez se haya convertido en eufemismo recurrente en el gremio actoral que ‘a uno le hagan un Adrien Brody’ para referirse a las temidas desapariciones de un personaje en la sala de montaje. La indignación que el susodicho actor proclamó a los cuatros vientos después de que Terrence Malick lo redujese al mínimo en la versión final de “La delgada línea roja” (1998) —donde también aparecía Penn— quedó empañado por el disgusto, no menos público y virulento, de Sean Penn al ver que su papel en esta película se había reducido a unos pocos, y mudos, minutos de un total de 133. La decisión no tuvo nada que ver con la calidad de Penn como actor, sino con el torbellino creativo de Malick, un ser impredecible que tal vez comprendió que en el tramo protagonizado por el intérprete flojeaba la fuerza de la película, o bien temeroso de un mensaje religioso demasiado potente. No eran más que migajas pálidas del brillo hipnotizador, colosal y supremo que inunda una de las obras más personales y únicas de los últimos tiempos y en las que haya podido participar Sean Penn.

Como se ha podido comprobar en este breve repaso a la filmografía de Sean Penn, sus múltiples caras en pantalla aún dejan en el tintero más ejemplos de su especialidad como hombre conflictivo, bien en sus comienzos con “Bad boys” (Rick Rosenthal, 1983) u “Hombres frente a frente” (James Foley, 1986), o en cintas más recientes como “Todos los hombres del rey” (Steven Zaillian, 2006). Entre De Palma y Malick pisó escuadrones bélicos numerosas veces, desde “Adiós a la inocencia”  (Richard Benjamin, 1984), “El juego del halcón” (John Schlesinger , 1985) y “Colors (Colores de guerra)” (Dennis Hopper, 1988) hasta “Juicio en Berlín” (Leo Penn, 1988), que rodó a las órdenes de su propio padre. Tampoco ha tenido remilgos ante el cine de autor, caso de “Crakers” (Louis Malle, 1984), “Hurlyburly” (Anthony Drazan, 1998), “El peso del agua” (Kathryn Bigelow, 2000) o “21 gramos” (Alejandro González-Iñárritu, 2003). Sus fiascos más sonados han sido “Shanghai Surprise” (Jim Goddard, 1986), junto a Madonna, con la que estuvo casado en los ochenta, y “It’s all about love” (Thomas Vinterberg, 2003), especie de piloto para “Fringe” peor que mal llevado. La heterogenia es distintiva en un actor capaz de saltar del papel de un monaguillo —en “Nunca fuimos ángeles” (Neil Jordan, 1989)— al de un discapacitado oscarizable —“Yo soy Sam” (Jessie Nelson, 2001)— o al de un maniático esquizoide  —“El asesinato de Richard Nixon” (Niels Mueller, 2004)—, y que ha alcanzado el estatus suficiente como para interpretarse a sí mismo en la blanda “Algo pasa en Hollywood” (Barry Levinson, 2008).

El nivel de actividad y plétora creativa perseguido por Sean Penn no se rebaja en los estudios, a los que ha recurrido también como director, oficio en el que se estrenó con una rara avis como “Extraño vínculo de sangre” (1991), una poderosa historia de violencia sobre dos hermanos con intensas actuaciones del Viggo Mortensen primerizo y Dennis Hopper, a la que seguirían “Cruzando la oscuridad” (1995), relato de justiciero personal con otro experto como Jack Nicholson al frente, y “El juramento”  (2001), como reverso a la cinta anterior, de nuevo con Nicholson. La última, “Hacia rutas salvajes” (2007), estaba basada en el diario de viaje de Christopher McCandless, quien abandonó su conservador plan de futuro universitario para adentrarse en la naturaleza y reconectar consigo mismo. Penn lo conseguía a un nivel esteta, como actualización de una huida hipster que reformula las categorías del viaje del héroe y la epopeya, con la mano ganadora de las fantásticas canciones de Eddie Vedder y del incomparable marco de rodaje en unos paisajes sin idealizar.


En las imágenes: “Aquel excitante curso” © 1982 Universal Pictures. Todos los derechos reservados. “Corazones de hierro” © 1988 Columbia Pictures. Todos los derechos reservados. “El clan de los irlandeses” © 1990 MGM, Orion Pictures y Cinehouse. Todos los derechos reservados. “Atrapado por su pasado” © 1993 Universal Pictures y Epic Productions. Todos los derechos reservados. “Pena de muerte” © 1995 Polygram Filmed Entertainment, Working Title y Havoc. Todos los derechos reservados. “Giro al infierno” © 1997 Phoenix Pictures, Illusion Entertainment Group y Clyde is Hungry Films Production. Todos los derechos reservados. “The Game” © 1997 Polygram Filmed Entertainment y Propaganda Films. Todos los derechos reservados. “Acordes y desacuerdos” © 1999 Sweetland Films. Todos los derechos reservados. “Mystic River” © 2003 Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados. “La intérprete” © 2005 Universal Pictures y Working Title. Todos los derechos reservados. “Mi nombre es Harvey Milk” © 2008 Focus Features, Axon Films, Groundswell y Jinks/Cohen Company. Todos los derechos reservados. “El árbol de la vida” © 2011 River Road Entertainment. Todos los derechos reservados. “Yo soy Sam” © 2001 New Line Cinema. Todos los derechos reservados. “Hacia rutas salvajes” © 2007 Paramount Vantage, River Road Entertainment, Square One y Linson Film. Todos los derechos reservados.

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4 - Rossy Loera G. - 0:58 - 28.01.14

Me encanta todo el, toda sus peliculas lo amoooooo♥♥♥



3 - Angela - 14:11 - 24.01.14

Mi actor favorito sin ninguna duda. Me encantan todas sus peliculas en especial Yo soy Sam, Mystic Ryver (una obra maestra) y Pena de Muerte. Como actor es excepcional



2 - lilianal - 5:42 - 30.10.13

Me facinan todas las peliculas de sean peen



1 - ryoga - 22:43 - 08.05.12

el arbol de la vida, es mas bien una mancha en la carrera de todos los que salieron, sobre todo de brad pitt y sean penn




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