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Las mejores películas premiadas en el Festival de Sundance

Escrito por el 04.07.12 a las 19:04
Archivado en: Festivales

La historia del Festival de Sundance es larga, compleja, ocupada por nombres implicados o ajenos a la organización que se enfrentan con pequeñas catapultas de prestigios de alto precio e infamias de las baratas. Para comprender desde un enfoque muy personal, pero ciertamente erudito, los mecanismos de creación y funcionamiento de un festival de cine independiente como éste, lo mejor es recurrir a “Sexo, mentiras y Hollywood” (Ed. Anagrama), de Peter Biskind, y dejarse sorprender un poquito por las elevadas cotas de tejemanejes a las que puede llegar alguien en apariencia tan puro, viril y paterfamilias junto a la chimenea del chalet de invierno como Robert Redford, fundador de Sundance. Centrémonos esta vez en algo mucho más inocente como son los premios, cuyas categorías resultan prácticamente intercambiables como variables de unas convocatorias a otras; manía común en determinados certámenes.

Las razones por las que una u otra mano llega a alzarse con uno de los galardones que adjudica el jurado se deben a poderosas influencias y criterios de calidad que ya han empezado a gestarse desde la fase de selección del programa. Un jurado que, además, se cura en salud repartiendo para todos bajo distintos títulos, desde el Gran Premio del Jurado al Reconocimiento Especial del Jurado, pasando por las Menciones de Honor, siempre en doble acepción documental y dramática. El festival no olvida el importante papel de un público —cada vez menos minoritario— que ha ido conformando la viabilidad económica del cine indie, aunque sus límites definitorios vayan emborronándose. Es en manos de la audiencia donde queda el reconocimiento de las cintas más populares y que, en su casi total mayoría, han alcanzado una carrera comercial más intensa que la de historias marcianas, radicales o caprichosas en las que suele fijarse el jurado. Destaquemos, desde el comienzo de la andadura de Sundance en 1984, algunas de las mejores películas premiadas por el jurado de un certamen que quizá haya consolidado más notoriedad que influencia en los mercados.

“Winter’s bone” (Debra Granik, 2010): Desde su cartel promocional transmitía una sensación de mal agüero, de thriller protagonizado por adolescentes presas del pánico en algún paraje de una América profunda y estereotipada en el que nunca deberían haber acampado. Nada más lejos de la realidad: el debut de Granik tras las cámaras resultó ser un relato muy frío, sí, y en cierta manera también terrorífico, sobre una chica que se propone encontrar a su padre yonqui, vivo o muerto, por las laderas y los refugios nada recomendables de un terruño invernal y espinoso por la presencia de agujas naturales y químicas. Jennifer Lawrence aprendía unas cuantas lecciones de supervivencia al aire libre —y cómo despellejar una ardilla para el almuerzo— antes del salto al blockbuster, ahora sí, de barbilampiños con “Los juegos del hambre” (Gary Ross, 2012), y lideraba un compacto reparto en el que sobresalía un John Hawkes  mucho más eficaz en ambientes como éste o el de un “Deadwood” (2004-2006) que en manierismos independientes tipo Miranda July. Extraña y desnuda poesía, que podría habérsele ocurrido a un Cormac McCarthy si trabajase con protagonistas femeninas, muy por encima de la media de producciones falsamente ambiciosas que suelen copar el festival.

“American splendor” (Shari Springer Berman y Robert Pulcini, 2003): La vida de Harvey Pekar, viñetista underground, necesitaba de una traslación metalingüística a la altura de sus cómics autobiográficos, que datan de 1976, en los que se entremezclaban el derrotismo de los pequeños detalles y el instinto de supervivencia de los grandes creadores. Pekar se implicó en la gestación y rodaje de la película, en la que hace algunos cameos, aunque confiase en la eficiencia de su álter ego, un Paul Giamatti, como siempre, camaleónico y generoso con el personaje —y la persona real—. El resultado fue un biopic tan extravagante como cierto y adecuado al material de partida, además de otro álbum firmado por Pekar, “American Splendor: Our Movie Year”. Contados artistas pueden sentirse orgullosos de que el espíritu de su obra y su personalidad, o más bien el carácter que quisieron transmitir al mundo a través de sus visiones plásticas, encuentre un reflejo preciso en un medio generalmente tan traicionero con las vidas narradas.

“Bienvenidos a la casa de muñecas” (Todd Solondz, 1995): El a menudo impenetrable universo de Solondz, al menos para una mayoría de público, dinamitó el cuento de hadas y la película de adolescencia con este crudo y a la par divertidísimo retrato de una niña fea y sus cuitas. Escudada tras una estética chillona, la pobre Dawn reclama una atención que nunca le llega en el instituto ni en casa, donde debe lidiar con la belleza de su hermana menor y la inteligencia de su hermano mayor. Los dones se le escurren genética y socialmente a Dawn mientras deambula por esa casita de suburbio y el vecindario aledaño, todas partes vacías de honestidad y valores íntegros, como si verdaderamente fuese un diálogo de niña ante su casita de muñecas lo que guía el destino de los protagonistas. Heather Matarazzo consiguió un justo reconocimiento en los Independent Spirit Awards tras este debut libre de aspavientos y escrúpulos.

“Sangre fácil” (Joel Coen y Ethan Coen, 1984): Y otro estreno, el de los hermanos Coen como realizadores, comenzó generando mucho ruido en el circuito también primerizo de Sundance. Sin actores de renombre —aparecía su fiel Frances McDormand, esposa de Joel desde aquel año—, con un guion propio pretendidamente enrevesado y un preciosismo estético que apenas han vuelto a repetir en sus películas, “Sangre fácil” tenía más de lo primero que de lo segundo, aunque esos grumos argumentales no entorpezcan el disfrute global del filme. Las complicaciones del hombre que contrata a otro para asesinar a su mujer y el amante de ésta saben a añejo, a juego de puertas cerradas, faros de automóvil y escaleras en los años cincuenta, pero los Coen convertían lo típico en una fábula nueva; espesa y negra como un coágulo, pero que aun hoy mantiene su brillantez, como si todo ese plasma acabara de derramarse.

“Animal kingdom” (David Michôd, 2010): La mamma que controla a sus tres hijos y a su nieto, todos ellos metidos de lleno en la ilegalidad de las calles. Una inolvidable Jacki Weaver, nominada al Oscar® como Actriz de Reparto, se medía sin temblores con un cast dominado por la testosterona y los rasgos habituales del género, que Michôd deconstruye como si se tratase del cuento que la abuela nunca contó al borde la cama, antes de acostar a los pequeños. La luz se apaga en el submundo que recrea el director, y, sin ninguna lamparita de ayuda, el joven nieto debe recorrer el pasillo moral que separa la lealtad a la familia de la mirada torva del deber. ¿Ya lo han oído antes? Sin duda alguna, y en la misma clase de barrios y vestiduras casi idénticas; la clave es que Michôd inyecta algo más que nervio fílmico a los tatuados lugares comunes y se mueve, tan confiado en lo que cuenta como en el modo en que lo oferta, entre esculpir con firmeza una galería de personajes creíbles y en someterlos a hornadas de golpes secos ante la mirada del espectador.

“Secretary” (Steven Shainberg, 2002): ¿A dónde esta dispuesta a llegar una empleada por complacer a su jefe? Las insinuaciones de premisa, taglines y cartel se arracimaban a una vertiente erótico-festiva que poca relación guarda con la historia de Shainberg. La mofa bufonesca y la libido como látigo que trastoca la cadena de mando son los puntos de confluencia entre un abogado y su nueva secretaria, recién salida de un psiquiátrico. El cacareado sadomasoquismo de su relación se muestra sin ninguna clase de complacencia o celebración visual; el tira y afloja que mantienen empleador y subordinada se extiende también al pulso del director con una trama que por momentos corre el riesgo de lanzarse hacia lo redentor o sentimental, cosa que termina haciendo. Las dosis de humor negro compensan la contención de las escenas, ligadas a un sentido de la elegancia del que Shainberg no parece querer desprenderse; pero resulta notorio que una comedia ácida se cuele no ya en la línea de entrada de una competición indie, lo cual no es infrecuente, sino que consiga uno de los premios del jurado y se presente ante el público norteamericano con ese póster cargado de lencería y poses inadecuadas, tan años setenta.

“Frozen river” (Courtney Hunt, 2008): Justo en el año que supuso el pistoletazo de salida para la crisis económica, llegó este desesperado relato de una mujer que ve desaparecer en el horizonte la casa de sus sueños y se sumerge a regañadientes, pero sin remedio, en negocios ilegales con tal de sacar adelante a sus hijos. El abandono que sufre esta mujer, interpretada por una sobria y escalofriante Melissa Leo, resulta equiparable a los desiertos emocionales que ha extendido la precariedad social en nuevas capas de población durante los últimos años. Un desamparo sin fondo y que termina congelándose alrededor de los miembros de quienes lo sufren, como ese río helado al que alude el título de la película y que supone canal de paso para inmigrantes ilegales que desean abandonar Canadá y pisar el soñado oasis de Estados Unidos. Que la protagonista intente salvar sus sueños haciendo realidad un deseo tan ingenuo como ése es una de las muchas ironías sutiles y tristes de un filme que desprende algo de calor en los apoyos que se prestan los personajes, lo único que resta cuando todo lo demás falla.

“Primer” (Shane Carruth, 2004): Para ironía, la de que un festival independiente como Sundance sólo pueda —o se atreva a— premiar una obra de ciencia ficción si ésta va cargada de un nivel de casi ostracismo inaguantable para el gran público. Armada con diálogos ininteligibles y jerga fantasiosa, iluminación precaria, bruscos giros argumentales y vacíos que bien pueden ser fortuitos o bien intencionados para que los rellenen las discusiones geeks de los espectadores, “Primer” pretendía ser un relato ci-fi sobre un par de genios por casualidad que construyen en su garaje una máquina capaz de casi todo. ¿Qué había que resolver realmente: la funcionalidad y las inquietantes repercusiones del hallazgo o la dirección de las confianzas, recelos y traiciones entre los dos inventores? Como toda obra de apariencia desapacible, y seguramente en Sundance se premió esa capacidad para la controversia antes que ninguna conclusión perentoria, la identidad de “Primer” es elusiva como una anguila mojada. Tomadura de pelo y destello de original revolución de género y estética; ambas cosas al mismo tiempo para dos perspectivas que confluyen, incluso a la vez, en una película que consiguió lo que sus personajes: la máquina capaz de provocarlo todo.

Sundance es un territorio vasto y estrambótico, tan capaz de premiar una recreación ficticia de la vida de Gertrude Stein —en “Waiting for the moon” (Jill Godmilow, 1987)— como de reconocer la valía, sea cual sea, de “La tostadora valiente” (Jerry Rees, 1997). Entre su larga caterva de premiadas, el amante del indie hallará sobrados añadidos a su defensa de la producción alternativa, con elementos tan disímiles entre sí como la comedia romántica de “True love” (Nancy Savoca, 1989), primeros pasos de cineastas reconocidos como Todd Haynes o Bryan Singer—con “Poison” (1991) y “Public Access” (1993), respectivamente—, una fantasía sobre John Lennon —“The hours and time” (Christopher Münch, 199)—, el rap de “Slam” (Marc Levin, 1997), un supuesto homenaje a una novela de Jane Austen“Ruby en el paraíso” (Víctor Núñez, 1993)—, rastros de cinematografía oriental —“Tres estaciones” (Tony Bui, 1999)— y latina —“Quinceañera” (Wash Westmoreland y Richard Glatzer, 2006)—, sleepers comerciales —“Precious” (Lee Daniels, 2009)— y una nutrida lista de documentales tan sonados como “When we were kings: cuando éramos reyes” (Leon Gast, 1996), sobre el boxeador Muhammad Ali.

En las imágenes: marquesina del Egyptian Theater durante el Festival de Sundance © 2008 Sundance Film Festival, fotografía por Jill Orschel. “Winter’s bone” © 2010 Fortissimo Films, Anonymous Content y Winter’s Bone Productions. “American splendor” © 2003 HBO Films, Fine Line Features y Good Machine Productions. “Bienvenidos a la casa de muñecas” © 1995 Suburban Pictures y Sony Pictures Classics. “Sangre fácil” © 1984 Foxton Entertainment y River Road Productions. “Animal kingdom” © 2010 Screen Australia, Porchlight Films, Film Victoria, Screen NSW, Fulcrum, Media Finance y Showtime Australia. “Secretary” © 2002 The Slough Pond Company, Double A Films y TwoPoundBag Productions. “Frozen river (Río helado)” © 2008 Harwood Hunt Productions, Cohen Media Group y OffHollywood Pictures. “Primer” © 2004 ThinkFilm y ERBP Production. “Quinceañera” © 2006 Kitchen Sink Entertainment. Todos los derechos reservados.

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