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SON DE MAR
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cartel Dirección: Bigas Luna.
Año:
2001.
Duración: 99 min.
Interpretación: Jordi Mollà (Ulises), Leonor Watling (Martina), Eduard Fernández (Sierra), Sergio Caballero (Xavier), Neus Agulló (Roseta), Pep Cortés (Basilio), Juan Muñoz (director instituto).
Guión: Rafael Azcona; basado en la novela de Manuel Vicent.
Producción: Andrés Vicente Gómez.
Música: Piano Magic.
Fotografía: José Luis Alcaine.
Montaje: Ernest Blasi.
Dirección artística: Pierre Thévenet.
Vestuario: Macarena Soto.
Dirección de producción: Luis Gutiérrez.

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CRÍTICA

Miguel Á. Refoyo

Melancólica y emocionante obra de belleza calculada

Bigas Luna ofrece su mejor obra en mucho tiempo con un drama de amor desgarrado en el que el mar y el destino alcanzan la sublimación del romanticismo utópico

Tras el batacazo de público y de crítica que supuso en la trayectoria de Bigas Luna la fallida y ascética Volavèrunt, el cineasta catalán, una de las miradas más personales de nuestra cinematografía contemporánea, vuelve a los recurrentes contextos que han poblado, a lo largo de la última década, sus mejores y más valiosos filmes. Es decir, la pasión, el amor, el erotismo y el mar Mediterráneo, una preciosa estampa que vive sus mejores momentos en ‘Son de mar’. Tiene este filme un bastimento interno sorprendente, de hermosura desnuda y cálida, que transita entre el espíritu del drama clásico, de la tragedia helena surgida fugazmente a lo largo de la película y de una exaltación romántica ancestral, de enorme sencillez sosegada que restituye el mejor rostro del talento del que siempre ha hecho gala un realizador como Bigas.

Las vidas de Martina (Watling) y Ulises (Mollà), unidas por una historia de amor que se ve truncada con la marcha de él un inesperado día y su regreso a la reconstruida vida de su amada junto a otro hombre (Eduard Fernández), le sirve al cineasta, provisto de la melancolía textual del guión de Rafael Azcona, para confeccionar una obra de belleza calculada, donde la pasión interna inunda un relato en el que los caprichos del destino, la angustia y sufrimiento de sus personajes perpetúa una fragilidad constante, pero a la vez etérea, que termina por enaltecer la pasión incontenible de la novela de Manuel Vicent. Las bellas imágenes litorales, la entidad mediterránea y una historia a tres bandas vuelven a conformar una utopía de amor donde el mar, icono fundamental de la acción, separa y une a los enamorados, los lleva y los trae a expensas de su antojo. ‘Son de mar’ es un drama romántico, de amor verdadero, un fuego pasional que no puede apagar el agua. Ni siquiera la muerte, inquebrantable en el fantasmagórico personaje de Ulises, que vuelve de entre los muertos para estar al lado de su único amor. El cuento homérico de Martina y Ulises bebe de la poesía, del lirismo marítimo que eclipsa todo aquello que rodea a estos dos amantes de fogosidad inabordable. La sensualidad y pasión de la que son víctimas la pareja protagonista rebasa cualquier obstáculo posible (ya sea en vida o muerte, en la realidad o la ficción) para aunarse en uno solo tras un fatal designio. Un destino marcado por el idealismo idílico y erótico. Quizá el fondo narrativo, tanto del guión de Azcona como la novela de Vicent, sea el paroxismo de la pasión, prolongando de tal forma el sentimiento mutuo y su atracción, que los amantes acaban por ser egoístas y dejan de lado todo lo circundante, lo material, justificando su vida en el amor y en ellos mismos. Un prototipo de enlace ilusorio y fabulesco, pero a su vez lleno de hondura y exaltación sentimental.

Bigas Luna conjuga su especial mirada cinematográfica con el buen oficio que le ha hecho a sí mismo para llenar de luz la ardiente fábula romántica alusiva a Homero. Una enraizada odisea donde destaca la presencia del personaje de Martina, una sirena carnal que espera el regreso de su amante. Una Penélope contemporánea que se deja hechizar por las historias mitológicas que le cuenta su añorado héroe. Pero la fascinación brutal y magnánima la despierta aquí la formidable interpretación de una Leonor Watling en estado de gracia, carnal y angelical, hermosa y frágil, logrando arrancar con su rostro todo tipo de sensaciones a lo largo del metraje. Bigas ha encontrado en esta actriz madrileña a su musa más lograda, dejando en su mano que la pasión traspase la pantalla y enamore con cada gesto, con cada movimiento. Watling convierte a Martina en una hechicera de miradas. Un sortilegio que deja un tanto apagados los fabulosos trabajos de Jordi Mollà y Eduard Fernández. Es entonces, cuando la constante lasitud sentimental que gira en torno a los personajes de Bigas encuentra el aval perfecto en la nostálgica fotografía de José Luis Alcaine que sublima, aún más, el filme más elevado del director de ‘Jamón, Jamón’. Como conclusión, ‘Son de mar’, representa una obra de simpleza básica que desentierra una pasional historia llevada por las aguas de la pasión y convertida en la mejor película española de lo que se lleva visto en este apático 2001.


Miguel Á. Refoyo © 2001

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