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  SMOKING ROOM

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Dirección y guión: J. D. Wallovits y Roger Gual.
Año: 2002.
País: España.
Duración: 89 min.
Interpretación: Eduard Fernández (Ramírez), Juan Diego (Sotomayor), Chete Lera (Puig), Manuel Morón (Rubio), Antonio Dechent (Enrique), Ulises Dumont (Armero), Francesc Garrido (Fernández), Francesc Orella (Martínez).
Producción ejecutiva: Quique Camin y José M. Piera.
Fotografía: Cobi Migliora.
Montaje: David Gallart.
Dirección de producción: Joan A. Barjau.
Dirección artística: Quim Roy.

CRÍTICA por Rubén Corral
Valoración:

La senda de la esclavitud

Es el debut de un director y guionista argentino y un director y guionista catalán una de las pelí-culas más valientes y honestas que el cine español ha aportado en los últimos años. No sólo por lograr conjugar con perfección entramado argumental y exposición política, sino por hacerlo con arreglo a unos ajustes económicos inimagi-nables para los que se sientan a dirigir la fabrica-ción de un producto, equiparables a los que manejaban héroes de la historia del cine como Georges Méliès en sus historias de ciencia-ficción de salón o Jean-Luc Godard cuando se empecinó en rodar "Al final de la escapada" (À bout de souffle, 1959). Y sobre todo porque, como ocurría en el entorno de la Nouvelle Vague, realidad y ficción se solapan de una manera tan sibilina que bien merece la pena recordar los recovecos de una producción tan atípica como la de "Smoking room".

Escrito el guión (un contable recoge firmas entre fumadores para la cons-trucción en las oficinas de su empresa de una habitación destinada a los fuma-dores, ya que tienen vetado el resto del edificio para hacerlo), J. D. Wallovits y Roger Gual no logran que ningún productor reúna el suficiente coraje como para llevar las riendas de un proyecto tan radical como este. Radical en el sentido de retorno a los orígenes, de pasión por la idea de hacer cine (aunque sea vídeo); una pasión que los lleva a enviar copias de su libreto directamente al grupo de actores con el que deseaban contar. Con la participación de gente de tan demostrada solvencia artística como Eduard Fernández, Antonio Dechent o Juan Diego, y en un régimen cooperativista, la producción logra ponerse en marcha. Simplemente por cabezonería, por una encomiable fe en un pro-yecto cuyos resultados recompensan el esfuerzo y merecen el aplauso de los aficionados, amén de servir de acicate para jóvenes talentos y de razón para cuestionar ideas como la cacareadísima supuesta crisis del cine español, para cuestionar la utilidad, la capacidad de buena parte de los grandes productores patrios.

Y una vez en marcha la película, lo primero que llama la atención –por lo menos al que estas lí-neas escribe– es el trabajo sobresaliente, inta-chable, homogéneamente perfecto de todo el reparto. Aunque el reconocimiento en el festi-val de Málaga fuera para todos los actores, hay que entender que se utiliza la palabra de forma genérica, porque Vicky Peña está, una vez más, excelsa. Idealistas de segunda regional, cobardes aspirantes a yuppies, ma-quiavélicos dictadorzuelos de empresa, subjefes paraonicos, gente gris de personalidad desvanecida… Hay espacio, en esa empresa adquirida por una multinacional (no por casualidad) estadounidense, para un retrato de las imper-fecciones de las personas con las que nos cruzamos todos los días por la calle, de los miedos impuestos a los trabajadores de manera no declarada, de la normalidad con la que se han asumido restricciones sociales que juegan contra la persona y a favor del triunfo, una vez más, del capital.

Los directores y guionistas escrutan en el subsuelo de "Smoking room" el nacimiento de los traumas modernos, del estrés a la marginación social (proveniente de una jerarquía de poder marcada por el dinero más inclu-so que por las valías individuales) pasando por el racismo, de la generación de personalidades impostadas, clónicas, masivas y grises a la raíz de la depre-ciación de la autoestima a cambio de una infrecuente estabilidad laboral. Resu-men, en definitiva, y sin parecerlo, del proceso de la pérdida de fe en las demo-cracias occidentales y el establishment social (de la crisis de la familia a la dictadura de un trabajo inmoral que sólo conduce hacia la recuperación de una esclavitud mental perdida hace siglos y sustentada en la insolidaridad siste-mática).

Todo ello, con cuatro paredes, austera dirección artística, una cámara de vídeo y un equipo de actores de excepción. Pese a ello, en ningún momento resulta teatral ni lenta, no pierde un ápice de efectividad en cuanto al mensaje esté-tico que quieren lanzar Gual y Wallovits y no tolera la comparación con película de oficinistas alguna. Al que le gustara "Glengarry Glen Ross", tanto la obra de Mamet como la película de James Foley, disfrutará de la precisión de las actuaciones, de la sagacidad de los diálogos y de una suerte de orgullo por saber que los muchachos respon-sables de "Smoking room" han sabido rodar esta refrescante película de forma honesta, realista y divertida al margen de todo tipo de censura (económica, que es peor que la que había en tiempos de dictadura).


Imágenes de "Smoking room" - Copyright © 2002 El Sindicato, Ovideo TV, Estudios y Servicios de Empresa y DeAPlaneta. Distribuidora en España: Planeta 2010. Fotos por Txema Salvans. Todos los derechos reservados.

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