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SMOKING
ROOM

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Dirección
y guión: J. D. Wallovits y Roger Gual.
Año: 2002.
País: España.
Duración: 89 min.
Interpretación: Eduard
Fernández (Ramírez), Juan Diego (Sotomayor),
Chete Lera (Puig), Manuel Morón (Rubio), Antonio
Dechent (Enrique), Ulises Dumont (Armero),
Francesc Garrido (Fernández), Francesc Orella
(Martínez).
Producción ejecutiva: Quique
Camin y José M. Piera.
Fotografía: Cobi Migliora.
Montaje: David Gallart.
Dirección de producción: Joan
A. Barjau.
Dirección artística: Quim Roy. |
CRÍTICA por Manuel
Márquez
Valoración: 8 /10
Estamos de enhorabuena. El cine
español aborda, desde fechas recientes, un asalto en
toda regla a las carteleras, haciéndose un hueco (nada
fácil ante la avalancha de megaproducciones
estadounidenses) gracias a propuestas nove-dosas y
rompedoras que nos ofrecen, además, el estímulo
añadido de que su autoría no corresponde a cineastas ya
consagrados, sino a los miembros más noveles de su
nómina de creadores. Es el caso de una de las últimas
piezas de esa hornada, Smoking room, que ha
cosechado una buena colección de premios en el
recientemente celebrado Festival de Cine Español de
Málaga, respaldados por el reconocimiento crítico casi
unánime de su altísimo nivel.
Y hemos de empezar admitiendo que
los ha obtenido con todo merecimiento. La película es una
disección tan viva como poco piadosa de los entresijos
de la condición humana, a través del retrato
psicológico de un grupo de personas (vinculados por su
condición de compa-ñeros [¿?] profesionales) efectuado
al hilo de un episodio, que se podría calificar, en su
esencia, incluso de banal, alrededor del cual se
despliega su trama principal es lo episódico de la
base de la trama lo que aleja a la película de un
referente situacional muy evidente, como es el de la
cinta estadounidense Glengarry Glenn Ross (U.S.A..,
1992; en España, Éxito a cualquier precio),
dirigida por James Foley, y que, con un excelente guión
de David Mamet (basado en su obra de teatro) y con un
reparto también excep-cional, retrata las angustias
profesionales de un grupo de vendedores agitado por mil y
una convulsiones: un fabuloso precedente, sin duda
alguna, y que supongo no ha dejado de tener su cierto
punto de influencia en el trabajo de los creadores de Smoking
room.
Se trata de un empeño
arriesgado, un ejercicio de cine difícil, tanto en lo
formal como en lo material, y del cual los autores (Wallovits y Gual) salen no
sólo airosos, sino exultantemente triunfadores.
Y lo hacen poniendo en juego recursos técnicos y
estilísticos de tanta sencillez como eficacia, entre los
cuales cobra el mayor relieve el consistente en exprimir
hasta la última gota de lo exprimible el descomunal
talento interpretativo de ese elenco de auténticos
monstruos de actores en cuya "cuenta" depositan
la mayor parte de su "inversión" (que les es
retribuida, desde luego, con unos "intereses"
ciertamente generosos...).
Cámara en mano,
fotografía de grano grue-so, ni una nota de música
incidental y rienda suelta a personajes en conversación
perma-nente y convulsiva: todo en un tono formal
casi de documental, que, sin llegar a ser lo del Dog-ma,
asume buena parte de sus postulados, im-plicando,
además, un riesgo evidente, como es el de la
teatralización de la puesta en escena, teniendo en
cuenta que toda (o casi toda) la acción se desarrolla en
espacios cerrados y que el peso fundamental de la
historia recae en el texto, en los diálogos (de inmensa
brillantez, por cierto). ¿Cómo se conjura tal peligro?
Muy fácil: se trabaja casi únicamente en primeros
planos, desarrollando las secuencias en juego constante
de plano y contraplano, con profusión de escorzos, y no
se sale nunca "hacia fuera" (a planos medios, o
generales), sino "hacia dentro" (a
primerísimos primeros planos, o incluso a planos de
detalle). Al principio, como en el caso de los
movimientos pulsátiles de la cámara en mano, puede
llegar a resultar visualmente cansado, pero, una vez bien
atrapado en el "cepo", descubres que es desde
ahí, precisamente, desde donde asomarse al borde del
abismo enseña lo que, verdaderamente, resulta de
interés: los oscuros (y puñeteros, todo hay que
decirlo) recovecos del alma humana.
Esas almas humanas tienen su
soporte de carne y hueso, y ése es el que le presta un
grupo de actores de un nivel excepcional, del
cual sorprende, ante todo, lo parejo del mismo (se
explica claramente, a la vista de las interpre-taciones,
la circunstancia curiosa, por lo poco usual, de que se
haya concedido a todo el reparto masculino un premio
colectivo de interpretación en el festival malagueño),
y el enorme talento con el que encarnan a sus personajes,
individualiza-dos por unas diferencias muy sutiles, que
no ocultan lo común de un sustrato, un trasfondo en el
que encontramos cómo sus motivaciones últi-mas y más
profundas ofrecen curiosas coinciden-cias en cuanto a su
miseria y podredumbre moral. Por otro lado, estamos
no sólo ante personajes, sino ante auténticos
arquetipos, modelos exten-sivos a sus homólogos,
encontrables en cualquier colectivo humano (aquí
es una empresa conmovida por cambios profundos, pero
podríamos ha-llarlos en el vecindario, en el club
recreativo, en la familia...), y en los cuales
apreciaríamos el mismo tipo de respuesta ante
situaciones episódicas simi-lares, con una evolución de
su comportamiento tan reprochable (por lo moral-mente
inaceptable) como comprensible (por lo tristemente
extendida que resulta).
Destacar a algún intérprete en
particular, entre un elenco de tantísima altura, podría
resultar casi una herejía, pero no resisto la tentación
de quedarme con tres de ellos: Eduard Fernández, en su nivel más
esplendoroso (no creo que quepa dar más detalles); Antonio Dechent, que muestra, una
vez más, que está en un momento profesional dulcísimo;
y Ulises
Dumont,
con un personaje que es, posiblemente, el menos dado a
brillanteces y que, aun así (o, posi-blemente, gracias a
ello), termina cuajando un trabajo de muchísimos
quilates.
Apuestas como la de Smoking room
(se ganen o se pierdan), siempre hay que hacerlas, porque
sólo se crece desde el riesgo, y este cine, tan humano,
tan "de tripas", se hace muy necesario en los
tiempos que corren, aunque sólo sea para conjurar lo
ominoso del olvido (qué bien lo refleja ese final de
"pelillos a la mar", del que me gustaría dar
más detalles, pero que omito por consideración al
lector que aún no haya visto el film). Si, además, como
sucede en este caso, la apuesta se gana y con
suficiencia porque se pone sobre el tapete no sólo
la reflexión y el sentimiento, sino también cine del
bueno, no podemos más que felicitarnos, y desear que
éste como en Casablanca no sea más
que el principio de una gran amistad...
Imágenes
de "Smoking room" - Copyright © 2002 El
Sindicato, Ovideo TV, Estudios y Servicios de Empresa y
DeAPlaneta. Distribuidora en España: Planeta 2010. Fotos
por Txema Salvans. Todos los derechos reservados.
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Ángel Castillo Moreno. Valencia (España).
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