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“Pietà”, de Kim Ki-duk, León de Oro en el Festival de Venecia

Aunque “Pietà”, de Kim Ki-duk, se ha llevado el León de Oro en la 69ª edición del Festival de Venecia, la mayoría de los premios han recaído en “The master”. Así, la película de Paul Thomas Anderson ha obtenido el León de Plata a la Mejor Dirección, por no hablar de que Philip Seymour Hoffman y Joaquin Phoenix han compartido la Copa Volpi a la Mejor Interpretación Masculina.

El Premio Especial del Jurado fue a parar a “Paradies: Glaube”, de Ulrich Seidl, mientras que la Copa Volpi a la Mejor Interpretación Femenina recayó en Hadas Yaron (“Lemale et ha’halal”). Olivier Assayas se hizo con el Premio al Mejor Guion gracias a “Après mai”. Tal y como informan en Deadline London, parece ser que se quería dar el León de Oro a “The master”, si bien las normas del festival impiden que un mismo largometraje acumule demasiados galardones.

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1 - Claudia Andrea Contigli - 23:18 - 22.09.12

“¿Y QUÉ VIDA PUEDO AMAR YO, PRIVADA DE TI?
(Parlamento de Ismene, en el segundo episodio de “ANTÍGONA”, SÓFOCLES)

Por CLAUDIA ANDREA CONTIGLI

Avalado por la sempiterna ingerencia militar de los Estados Unidos y de la Asamblea General de ONU en los asuntos internos de los países, el capitalismo a ultranza ha conseguido penetrar en Corea del Sur en 1945, y, desde entonces, no ha dejado de trastocar la carta de valores fundacional de lo que había sido un Estado formado por tribus que emigraron de la vieja China y de Manchuria hacia el año tres mil antes de Cristo. Este primitivo Estado, hasta el año 313 de la era cristiana, supo reconocer, en los herederos de Confucio, la fuente de la que abrevaba toda su cultura.
Habiendo sufrido ya en el año 1231 una devastadora invasión mongola en uno de sus tres reinos, y tras una serie de levantamientos sociales acaecidos durante las primeras seis décadas del siglo XIX, la ideología del “sálvese quien pueda”, viene ocasionando graves estragos en la población de aquella nación del sur de Asia, erosionando fatalmente las relaciones humanas.
Sus procesos de individuación se han ido acentuando en los años ochentas (tiempos en que se pavoneaban por el mundo entero las “reaganomics” y las políticas des-regulatorias ideadas por el Nóbel de Economía Milton Friedman), hasta que, llegados al año 2004, la península meridional de ese continente, ha pasado a experimentar en carne propia la corrupción dentro de su parlamento (Asamblea Nacional) con mayoría de escaños de extracción liberal. Tal corrupción también se manifiesta en el seno de la vida económica y productiva desarrollada en esa parte del mundo, ya que, los conglomerados de grandes grupos o “holdings” (“chaebol”), resultan ser los únicos capaces de obtener protección gubernamental, cuya consecuencia más directa es la asfixia de toda iniciativa y de todo emprendimiento provenientes de las pequeñas y medianas empresas.

No se puede hablar del crecimiento sostenido en el ingreso “per cápita” y del producto bruto interno de Corea del Sur, sin sobrevolar una falacia lógico-lingûística; la cual, por definición, se erige en un razonamiento inválido aunque ostente apariencia de correcto.
No puede extraerse la conclusión generalizada de que todo está bien en el citado país.
Debemos admitir que, aunque sea verdadera la premisa “mayor” de que en dicho territorio existe una macroeconomía pujante, la premisa “menor” -también verdadera- que elípticamente subyace y que tiene que ver con el inocultable desdén de aquel Estado hacia los más desvalidos (incluídos los refugiados), y que asimismo se refrenda con la falta de una red de contención social para todos aquellos que quedan fuera de la frenética carrera de la acumulamiento de riquezas, irremediablemente nos lleva a la conclusión de que “algo huele mal”, “a podrido”; y no precisamente en la Dinamarca del príncipe Hamlet.
Es menester desechar cualquier aprovechamiento deliberado de sesgos cognitivos, de recursos dialécticos que procuran nublar la mente, y que no son sino la “marca registrada” de los “propagandistas”, de los que saben de “lavado de cerebros”, y de los que manejan técnicas de control social y de alienación.
Concluir que algo tiene ciertas propiedades, sólo porque el conjunto al que pertenece las posee, es también una falacia. Las minorías rezagadas del avance y del “progreso”, son también parte constitutiva del todo, y remiten a una “gestalt”; por lo cual, desconocerles sus derechos, es atentar contra el bien de la estructura misma, donde “el todo” no es apenas la suma de sus partes, sino su interacción armoniosa.
Por lo demás, en cualquier sociedad global, cuanto más difícil resulte estar a la altura de los más aventajados, mayor será el número de “rezagados”; y cada vez menos se ha de poder hablar de “minorías”. Bien lo sabemos los argentinos, ya que, aunque tarde, hemos comprendido que, después de las burbujas del champán derramado sobre la pizza recalentada por un improvisado y digitado cocinero -el Dr. Carlos S. Menem-, no nos quedaba “otra” más que atravesar páramos de desolación anímica y material, como consecuencia de habérsenos impuesto una ideología monetarista, tributaria de las reaganomics que, en los ochentas, dominaron los EE.UU., emprobreciendo a la clase media y a los trabajadores.

El innegable avance tecnológico y científico de Corea del Sur, cuya raíz ha de rastrearse en la humana necesidad de no perecer -en medio de un entorno natural desfavorable, que, a diferencia de los países árabes como Qatar, Kuwait, y los Emiratos, no aporta ningún tipo de recurso ni riqueza-, ostenta, por cierto, una contracara trágica, la cual, hasta donde prima facie se aprecia en el trailer de la reciente cinta del séptimo arte “PIETÁ” -aún no estrenada en la Argentina, y por el momento sólo subtitulada en coreano, inglés, e italiano-, aparece retratada, en dicha obra, de manera tan cruda como eficaz.
Ahora que los cristianos representan un 41% de la población de la península meridional de “marras”, es decir, unos 19 millones de personas, con unos 150.000 bautismos de adultos al año, la simbología religiosa de la escultura del gran maestro renacentista Miguel Ángel, en la que se aprecia a la Virgen María llevando a su hijo Jesús después de la crucifixión, parece perfecta para este filme contestario que propone revisar aquella perversa escala axiológica imperante en la mentada Corea; escala que, sobre todo a partir de 1961 -con un primer atisbo importante de crecimiento económico habido en ese suelo-, viene pisoteando, sin solución de continuidad, principios de convivencia, de hermandad, de cohesión, y de altruísmo. Los mismos principios que, de un modo u otro, y sin perjuicio del reconocimiento del legítimo y natural derecho a la propiedad privada, el Papa León XIII, en su Encíclica “Rerum Novarum” (1891), había exhortado a seguir, en el marco de lo que se diera en llamar “la doctrina social de la Iglesia”.

El jurado del 69º Festival de Venecia finalizado la semana pasada, entronado en la caliente eurozona (allí donde los clamores de descontento popular por las políticas neoliberales se hacen sentir), ha demostrado ser permeable a la profunda crítica que dimana de la película en cuestión. Dirigida por Kim Ki-Duk, ha logrado alzarse con el León de Oro de esa nueva muestra cinematográfica internacional.
En la obra se narra la brutal historia de un cobrador de deudas que deja lisiados a quienes no las pueden pagar, hasta que conoce a una mujer que afirma ser su madre.
Poco interesa si ella es -o no- de la verdadera progenitora del protagonista. En cualquier caso, comporta un mismo significado: es la portavoz de valores antagónicos; la que hace confrontar y contrastar al posmoderno Shylock del filme, con estatutos basados en preceptos que, cualquiera que sea el credo que se profese, y aún si no se profesase ninguno, tienen carácter de absolutidad, por ser necesarios y universalmente válidos.
A priori me recuerda la intervención de esta madre (que, según parece, es incesante en el guión de la obra), a la participación del Corifeo dentro de las tragedias griegas, quien, en vez de cantar al unísono con los demás coreutas, se animaba con prevenciones, con cautelosos anuncios, para advertir sobre las amenazantes consecuencias que tendría que soportar el personaje que obraba de manera dionisíaca, exaltado y cegado por sus pasiones. Siempre nos enseña este tercer actor o Corifeo que, la “híbris” de los titanes, y/o la de quienes estiran sus brazos más allá de lo debido, acarrea, a la postre, infelicidad.
Seguramente alguna “moraleja” similar contendrá este filme surcoreano, aún sin proponerse asemejarse demasiado al apolíneo sentido y razón de ser de las tragedias griegas. Lejos de poder atribuírsele algún “dejo” de discriminación o de antisemitismo -como de los que fuera injustamente víctima W. Shakespeare, creador del prototípico “Mercader de Venecia”-, “PIETÁ” hace patente, precisamente, la singularidad del vínculo humano más visceral de todos: el que se engendra en las entrañas de la mujer y luego continúa en forma “desarraigada”. Un vínculo que se resiste a desaparecer, en medio de la locura y desenfreno a los que inexorablemente conduce cualquier forma de individualismo salvaje. Un vínculo que, siempre atravesado y surcado por el amor, o bien se expresa en una entrega incondicional y sin miramientos -como en la última escena de la ópera prima de Roman Polansky “El bebé de Rose Mary” (título original: “La Semilla del Diablo”), en la que Mia Farrow levanta a su vástago de la negra cuna, y sonríe a pesar de todo-, o bien se alza con parturientos gritos de dolor, a la espera de que el hijo vuelva al camino del Bien y de lo Justo.
En esta reciente entrega del realizador Kim-Ki-Duk, el egoísmo humano es llevado al paroxismo, toda vez que, el hecho de que el usurero del filme les cortase las piernas a sus desesperados deudores, constituye una clara exacerbación alegórica, una suerte de metáfora, que permite pintar con colores descarnados el futuro de una sociedad sin compasión.

¿Tendrá la real o presunta madre del protagonista, ansias de redención de su disoluto y desmesurado hijo? ¿Querrá, así, expiar su propia culpa por haber dado a luz a un ser tan miserable? Y éste, ¿será como el antihéroe de las tragedias griegas, doblegado por el reconocimiento final de su ruindad? ¿Será castigado por un destino (“moira”) implacable? ¿Sufrirá un “pathos”, una merecida desgracia, alguna forma de destierro de su propio ser, o quizás la muerte?
Acaso los dioses de algún Olimpo imaginario, que no son más que representación de todo lo bueno que comporta la idea de “Dios”, puedan tener conmiseración de este hombre tan “im-pío”, y, como en la canción de Fito Páez, todo vuelva a dar vueltas, casi sin notarse, como una gran pelota.-

Esperamos ansiosos este estreno en la Argentina; para muchos, “tan temido”.-




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