
Siempre se dice que los Oscar® no pueden tomarse demasiado
en serio. Que si son un puro espectáculo frívolo, que si son
sólo una herramien-ta al servicio del dinero, que si su
prestigio se resiente año tras año porque no se premian las
mejores películas, sino aquellas que pertenecen a las
productoras más poderosas o las que acumulan más
nominaciones. Y hay algo de verdad en ello. Pero también es
cierto que los Oscar®, con todo su derroche de glamour, su
escaparate mediático y su alfombra roja, concentran año tras
año la atención de millones de fans del cine alrededor de
todo el mundo. Y una de las cosas a las que más nos gusta
jugar es a hacer quinielas, porque los Oscar® es el único
juego que tiene dos vertientes: se puede votar en conciencia
por lo que nos parece lo mejor en cada apartado, que es lo
lógico, y se puede jugar de una forma cier-tamente perversa,
votando por aquello que pensamos que la Academia va a votar,
que por supuesto no coincidirá con nuestras apreciaciones
porque, ya se sabe, la Academia tiene otras motivaciones más
allá de premiar a lo mejor del año.
Con esa mentalidad muchos de nosotros nos acercamos a la
ceremonia que en muchos sitios se había publicitado como la
más repartida e incierta de los últimos tiempos, sin una
película como clara dominadora y con muchos factores a
considerar. En el fondo, todo un circo alrededor de aquello
a lo que la Academia nos ha (mal)acostumbrado en los últimos
tiempos. Porque la gran mayoría de los verdaderos
aficionados al cine sabían perfectamente que "Million
dollar baby", ese precioso regalo que nos ha
hecho Clint Eastwood, era la Mejor Película del Año.
Y sin embargo, había recelos. Que si "El
aviador" tenía más nominaciones que nadie,
que si el efecto compensación para Martín Scorsese,
al que la Academia ha maltratado como a pocos grandes
directores de la historia (si esto sigue así, formará un
ilustre trío con los ya desaparecidos Alfred Hitchcock y
Stanley Kubrick), que si Annette Bening ya había
perdido un Oscar® a la Mejor Actriz a manos de Hilary
Swank y un segundo sería mucho castigo...
Tonterías.
La Academia ha demostrado su madurez galardonando a "Million
dollar baby" con las estatuillas a la Mejor Película, el
Mejor Director, la Mejor Actriz y el Mejor Actor de Reparto,
un póquer de sus mejores premios (sólo faltó el Mejor Actor,
que ya tenia en Jamie Foxx a su justo dueño mucho
antes de la ceremo-nia, y el Mejor Guión Adaptado, que quedó
para un merecido reconocimiento a "Entre
copas [Sideways]") y dejó a "El aviador"
cinco galardones en los que esta película era verdaderamente
fuerte, los premios técnicos (algunos como Fotografía y
Montaje, esencia pura del cine, no los subesti-memos) y así
ha recuperado, en una de las mejores y más ágiles galas de
los últimos tiempos, una buena cantidad de su prestigio
desperdiciado los últimos años premiando cintas que, por
decirlo suavemente, a menudo eran bastante inferiores a
algunas de sus compañeras de viaje. Y es que este año no
había nada que discutir, la verdad. La película de Clint
Eastwood es, simplemente, la mejor del año. Y los académicos
han sabido reconocerlo. ¿Estará cambiando algo? Pues algunas
cosas parecen indicar que sí: una ceremonia mucho más ágil
que otros años (qué recurso tan sencillo ese de reunir a los
nominados antes de cada premio en el escenario para ahorrar
tiempo, qué cutre por otra parte esos premios entregados en
las butacas con el mismo argumento) con un Chris Rock
combativo, generalmente acertado y muy inspirado en las
improvisaciones, que hizo que la gala se nos pasara en un
suspiro, a diferencia de las inacabables jornadas de otros
años. Algo está cambiando, desde luego... Y otras cosas
esperemos que cambien, para evitarnos vergüenzas ajenas, en
años posteriores.
Porque digámoslo ya, el momento de la noche no perteneció a
Clint Eastwood, Jamie Foxx o Alejandro Amenábar. El
momento de la noche fue el Oscar® a la Mejor Canción
Original. La Academia, en un egoísta, absurdo y despreciable
gesto, había privado a Jorge Drexler, músico y
cantante, defender su canción nominada, "Al otro Lado del
río", encima del escenario, por aquello del miedo a perder
audiencia con un desconocido y humilde músico. En su lugar,
Antonio Banderas (que la defendió bien, pero cuya voz
resulta de lo más inapropiado para este tema en concreto) y
Carlos Santana perpetraban una versión muy lejos de
sus virtudes. Pero se anunció el Oscar® y, ante la sorpresa
general (la favorita, sin duda, era la francesa Vois Sur Ton
Chemin), Jorge Drexler ganaba el premio. Y, al recogerlo, en
una hermosa lección de elegancia, en lugar de dar la lista
de los consabidos agradecimientos, hizo lo que la Academia
le había negado: cantó la primera estrofa de SU canción, con
SU voz. El auditorio aplaudió y él, con una tímida despedida
se retiró del escenario con su autoridad moral intacta.
Lo
más sorprendente de esta edición es que pocos peros se le
pueden poner a los premios en la mayor parte de las
catego-rías, especialmente en las grandes. Adjudicadas Mejor
Película y Mejor Director a Clint Eastwood y el Oscar® a
Mejor Actor a Jamie Foxx por convertirse en Ray Charles en
"Ray",
pocos discuti-rán el acierto de que Hilary Swank haya ganado
su segundo Oscar® por su increíble trabajo en "Million
dollar baby", por muy fan que se sea de Annette Bening. Y
otro tanto puede decirse de Morgan Freeman, claro
ganador en su categoría: los dos eran, de nuevo, los
mejores. Podrá discutirse el premio a Cate Blanchett,
pero meterse en la piel de una leyenda como Katharine
Hepburn y salir más o menos airosa no está al alcance de
cualquiera y, reconozcámoslo, Natalie Portman es tan
joven que sin duda tendrá otras
opciones, y el resto de candidatos posiblemente no estaban
a la altura.
Los guiones se convirtieron en el refugio del cine
alternativo,
en el toque moderno de una gala dominada por el clasicismo.
Un indiscutible acierto me parece premiar al genial aunque
imperfecto guión de "¡Olvídate
de mí!", destacando sus muchas virtudes, su
sentido del riesgo y su originalidad por encima de sus pocos
defectos. Y "Entre copas (Sideways)", que venía de arrasar
el día anterior en los Independent Spirit Awards, su
verdadero campo de batalla, se podía sentir más que
satisfecha de llevarse un Oscar® al Mejor Guión adaptado,
que reconoce el talento de esta notable película que tiene
precisamente en su estructura, sus diálogos y su
construcción de personajes sus puntos fuertes. En cuanto al
resto, todo transcurrió placidamente: cuatro premios
técnicos para "El aviador" con reconocimiento a grandes
profesionales en sus respectivos campos como Thelma
Schoonmaker, Robert Richardson, Dante Ferretti
(por fin, tras seis pasadas nominaciones sin premio, el
ansiado Oscar®) o Sandy Powell incluidos. La
disputadísima categoría de la Mejor Banda Sonora se la llevó
la favorita, la hermosa música de Jan A.P. Kaczmarek
para "Descubriendo
Nunca Jamás" (quizás la que mejor cumplía su
cometido en el film), un Oscar® al que no pondré un pero
pese a mi preferencia personal por el trabajo de James
Newton Howard en la olvidada "El
bosque". "Los
Increíbles" sumó a su cantado Oscar® a la
Mejor Película de Animación, un Oscar® de Montaje de Sonido;
un Oscar® al Sonido se llevó "Ray" (un poco
sorpren-dentemente). También sorprendió un poco, pero
tampoco en exceso, que "Spider-Man
2" se llevará los efectos visuales por
delante del despliegue futurista de "Yo,
robot"... pero las diferencias de calidad
entre una y otra película son tan abismales a favor de la
del simpático trepamuros que no será un servidor quien se
queje. Para redondear la noche, "Ryan" cumplía el
pronóstico (un servidor, permítanme la inmodestia una vez
mas en esto, lo anunció desde la primera vez que lo vio allá
en la pasada Seminci: se ha cumplido) y se llevaba el
merecido Oscar® al Corto de Animación... y Nacho Vigalondo
no ganaba el Oscar® al Mejor Corto de Ficción, como tampoco
"Super
size me" (ni "La
historia del camello que llora") se llevaba
el Oscar® al Mejor Largome-traje Documental, que iba a las
manos de "Born into brothels", una dura historia
sobre la prostitución que no conozco.
En
fin, ¿qué quieren que les diga? Yo no recuerdo una ceremonia
de los Oscars® en los últimos diez años de la que, una vez
ha terminado, no tenga una sola queja seria que echarme a la
boca (más allá de la estupidez ya mencionada del boicot a
Jorge Drexler, que encima terminó bien: Hollywood no lo
hubiera hecho mejor en una de sus películas comerciales). Me
divertí en la gala con Chris Rock, la cosa fue fluida,
incluso rápida, y la Academia se reivindicó por completo
ante mis ojos eligiendo a los mejores en las categorías más
importantes y no cometiendo errores de bulto en las
categorías técnicas... Por salir todo bien, salió bien hasta
el acertado discurso de agradecimiento de Alejandro Amenábar
recibiendo el Oscar® a la Mejor Película de Habla No
Inglesa, tan correcto como conciso. Sí, me sobró Beyoncé
Knowles cantando tres temas (qué cosa tan ridícula) y
Antonio Banderas cantando la de Drexler mientras los
Counting Crows, encantados de la vida, daban guerra sobre el
escenario cual pequeños Shreks, disfrutando como enanos;
pero son detalles menores en unos premios que, a mis ojos,
han recuperado gran parte de su antiguo brillo con unas
decisiones acertadas. El año que viene cometeré el error de
esperar que mantengan este nivel. Pero eso será el año que
viene. De momento me quedo con este fabuloso sabor de boca.