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                                                                 3 Marzo 2004

Y el Oscar es para... todo el universo mundo

Cartel oficial de los 76º Oscars® - Copyright © 2004 AMPAS A diferencia de lo que parece sucederle a cierto personaje (o personajillo) del mundo del famoseo (ese que viene pululando en estos últimos años por la prensa rosa más abyecta y bajuna), a mí la noche, en general, no me confunde, pero sí hay una noche, en particular, que suele dejarme bastante descolocado: es la noche de los Oscars®... Al igual que con el cine del que constituye bandera representativa, Hollywood hace de su gala señera un producto de referencia obligada y consumo ineludible, y, un año más, vuelvo a ser incapaz de sacar una conclusión clara y rotunda, ni sobre la ceremonia celebrada ni sobre los premios otorgados.

La ceremonia: lo de siempre, o más de lo mismo. Ni su concepción, ni su enfoque, ni su retransmisión televisiva –más allá del “retraso” de 5 segundos que terminó convirtiéndose en poco más que argumento para un chiste ligero...– ofrecieron el más mínimo punto de originalidad. Billy Cristal no estuvo bien ni mal, sino todo lo contrario: por supuesto, eficiente y muy en su papel, con un sentido del ritmo y una asimilación de su papel ciertamente envidiables. Y en cuanto al resto de participantes, poco que resaltar: los multipremiados miembros del equipo de "El señor de los anillos: El retorno del rey" se explayaron en los agradecimientos de rigor; las actrices premiadas (Charlize Theron y Renée Zellweger) aportaron un punto de cierta humanidad, con discursos de un tono algo más cálido; y los actores premiados (Tim Robbins y Sean Penn), de los cuales cabía haber esperado algún detalle más audaz, nos dejaron a todos –en ese aspecto– con la miel en los labios (la timidísima alusión de Penn a las armas de destrucción masiva queda a años luz de su combativa postura precedente acerca del conflicto iraquí). ¿Lo de Blake Edwards? Dejémoslo estar, supongo que pudo resultar bastante gracioso... En fin, nada nuevo bajo el sol.

¿Y los premios? Más allá de tremendas obviedades (hablar, a estas alturas, de que "El señor de los anillos: El retorno del rey" arrasó, o de que "Master and Commander: Al otro lado del mundo" fue la gran derrotada, o de que Bill Murray perdió su gran oportunidad, es quedarse en tópicos bastante manidos...), se me hace enormemente difícil sacar una conclusión general, o resumir con una frase mi impresión sobre el resultado global. No sé si las once estatuillas de "El señor de los anillos: El retorno del rey" (siguiendo la estela de "Titanic" o "Ben-Hur") son el tributo obligado a las exigencias comerciales del producto que más apostó (en presupuesto, claro está) y que más respetó las “reglas del juego”; o, más bien al contrario, suponen un grito de rebeldía, y una afirmación de independencia de criterio (bastante incorrecto, políticamente hablando), de la Academia contra la exigencia del tópico purista que impide reconocer la valía artística de un producto de este corte (que, por no tener, no tenía ni a un solo intérprete nominado...), además de reparar una injusticia histórica que, yendo más allá de las dos partes precedentes de esta misma película, se haría extensible a otras grandes producciones del género de aventuras y similares; no sé si los Oscars® a los dos intérpretes masculinos de "Mystic River" no son una forma de reparar la injusticia que suponía el no otorgar el premio mayor a la película (que, posiblemente, en una línea más ortodoxa, lo hubiera merecido sin excesiva discusión...); no sé si el Oscar® a Charlize Theron demuestra, una vez más, cómo los miembros de la Academia son incapaces de sustraerse a ese atractivo magnético que parece ejercer sobre ellos cualquier trabajo interpretativo cuya base fundamental radique en un proceso de transformación física brutal (y los precedentes son tan numerosos...). Es más, ¿cabe hablar de justicia o injusticia, corrección o incorrección, acierto o desacierto, cuando se está hablando de una decisión adoptada por un colectivo variopinto de casi seis mil personas –los/as miembros de la Academia–, entre las cuales es de suponer que, más allá de ciertos consensos elementales, cabrá encontrar más puntos de diferencia que de concordia? Complicado, complicado...

En definitiva, numerosas dudas y escasas certezas. Y, posiblemente, sólo una convicción difícil de soslayar: el próximo año, más allá de lo que podamos –¿y debamos?– despotricar contra el imperio inexorable de una maquinaria comercial que deja pocos resquicios para todo lo que no produce ella misma, volveremos a estar todos pendientes de lo que se cuece alrededor de estas estatuillas de un tío calvete con las que ella misma se regala y homenajea. Tiempo al tiempo...

Manuel Márquez
manuel@labutaca.net

 

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