
A diferencia de lo que parece
sucederle a cierto personaje (o personajillo) del mundo del
famoseo (ese que viene pululando en estos últimos años por
la prensa rosa más abyecta y bajuna), a mí la noche, en
general, no me confunde, pero sí hay una noche, en
particular, que suele dejarme bastante descolocado: es la
noche de los Oscars®...
Al igual que con el cine del que constituye bandera
representativa, Hollywood hace de su gala señera un producto
de referencia obligada y consumo ineludible, y, un año más,
vuelvo a ser incapaz de sacar una conclusión clara y
rotunda, ni sobre la ceremonia celebrada ni sobre los
premios otorgados.
La ceremonia: lo de siempre, o
más de lo mismo. Ni su concepción, ni su enfoque, ni su
retransmisión televisiva –más allá del “retraso” de 5
segundos que terminó convirtiéndose en poco más que
argumento para un chiste ligero...– ofrecieron el más mínimo
punto de originalidad. Billy Cristal no estuvo bien
ni mal, sino todo lo contrario: por supuesto, eficiente y
muy en su papel, con un sentido del ritmo y una asimilación
de su papel ciertamente envidiables. Y en cuanto al resto de
participantes, poco que resaltar: los multipremiados
miembros del equipo de "El
señor de los anillos: El retorno del rey" se
explayaron en los agradecimientos de rigor; las actrices
premiadas (Charlize Theron y Renée Zellweger)
aportaron un punto de cierta humanidad, con discursos de un
tono algo más cálido; y los actores premiados (Tim
Robbins y Sean Penn), de los cuales cabía haber
esperado algún detalle más audaz, nos dejaron a todos –en
ese aspecto– con la miel en los labios (la timidísima
alusión de Penn a las armas de destrucción masiva queda a
años luz de su combativa postura precedente acerca del
conflicto iraquí). ¿Lo de Blake Edwards? Dejémoslo
estar, supongo que pudo resultar bastante gracioso... En
fin, nada nuevo bajo el sol.
¿Y los premios? Más allá de
tremendas obviedades (hablar, a estas alturas, de que "El
señor de los anillos: El retorno del rey" arrasó, o
de que "Master
and Commander: Al otro lado del mundo" fue la
gran derrotada, o de que Bill Murray perdió su gran
oportunidad, es quedarse en tópicos bastante manidos...), se
me hace enormemente difícil sacar una conclusión general, o
resumir con una frase mi impresión sobre el resultado
global. No sé si las once estatuillas de "El
señor de los anillos: El retorno del rey" (siguiendo
la estela de "Titanic" o "Ben-Hur")
son el tributo obligado a las exigencias comerciales del
producto que más apostó (en presupuesto, claro está) y que
más respetó las “reglas del juego”; o, más bien al
contrario, suponen un grito de rebeldía, y una afirmación de
independencia de criterio (bastante incorrecto,
políticamente hablando), de la Academia contra la exigencia
del tópico purista que impide reconocer la valía artística
de un producto de este corte (que, por no tener, no tenía ni
a un solo intérprete nominado...), además de reparar una
injusticia histórica que, yendo más allá de las dos partes
precedentes de esta misma película, se haría extensible a
otras grandes producciones del género de aventuras y
similares; no sé si los Oscars®
a los dos intérpretes masculinos de "Mystic
River" no son una forma de reparar la
injusticia que suponía el no otorgar el premio mayor a la
película (que, posiblemente, en una línea más ortodoxa, lo
hubiera merecido sin excesiva discusión...); no sé si el
Oscar®
a Charlize Theron demuestra, una vez más, cómo los miembros
de la Academia son incapaces de sustraerse a ese atractivo
magnético que parece ejercer sobre ellos cualquier trabajo
interpretativo cuya base fundamental radique en un proceso
de transformación física brutal (y los precedentes son tan
numerosos...). Es más, ¿cabe hablar de justicia o
injusticia, corrección o incorrección, acierto o desacierto,
cuando se está hablando de una decisión adoptada por un
colectivo variopinto de casi seis mil personas –los/as
miembros de la Academia–, entre las cuales es de suponer
que, más allá de ciertos consensos elementales, cabrá
encontrar más puntos de diferencia que de concordia?
Complicado, complicado...
En definitiva, numerosas dudas y
escasas certezas. Y, posiblemente, sólo una convicción
difícil de soslayar: el próximo año, más allá de lo que
podamos –¿y debamos?– despotricar contra el imperio
inexorable de una maquinaria comercial que deja pocos
resquicios para todo lo que no produce ella misma,
volveremos a estar todos pendientes de lo que se cuece
alrededor de estas estatuillas de un tío calvete con las que
ella misma se regala y homenajea. Tiempo al tiempo...