
O, quizá más bien, pervertidas. La cuestión es que cada vez
resulta más habitual ver en televisión spots publicitarios
sobre películas en cartel que transmiten una idea, o un
tono, de la película que tiene bien poco que ver con el
contenido, género y tendencia reales de la misma. El caso
más reciente es el de "Entre
copas (Sideways)", que se nos presenta, en su
promoción catódica, como la típica comedia hollywoodiense
ligera y más bien descerebrada, lo cual tiene bien poco que
ver con su condición de comedia agridulce y de tintes
bastante reflexivos que, en realidad, ostenta. Pero no es el
único caso, ni siquiera el más sonado: aún resuenan los ecos
de las discusiones acerca de cómo se le ocurrió a su
distribuidora promocionar la última película de M. Night
Shyamalan, "El
bosque", como un film de terror, cuando dicha
película no sólo apenas contiene secuencias que quepa
incluir concisamente en tal rubro genérico, sino que la
temática de la misma camina realmente por otro sendero que a
la postre la termina haciendo mucho más interesante y sutil.
Y así podríamos continuar, dando relación detallada de un
sinfín de casos, en cuya condición siempre vendrían a
concurrir idénticas circunstancias a las reseñadas,
y que se podrían venir a resumir en la escasa (por no decir
nula) coincidencia entre lo que se muestra y promete, y lo
que realmente se ofrece y entrega.
El motivo o fundamento de tal
fenómeno no es difícil de adivinar, dado que no requiere
grandes dotes analíticas ni, menos aún, profundos
conocimientos cinematográficos, en la medida en que tiene
más que ver con cuestiones de estrategia comercial que de
otra índole: ya saben, pese a la implantación definitiva del
euro, la pela es la pela... Así pues, supongo que entienden
las distribui-doras que, revistiendo (para ser más precisos,
habría que decir disfrazando) a su producto de un barniz más
comercial, más accesible para, y más del gusto de, un
público masivo, el mismo debe funcionar bastante mejor en
taquilla (que es de lo que se trata). Y, ya puestos a seguir
suponiendo, supongo que el mecanismo debe funcionar con
notables dosis de eficacia, ya que, de otra manera, no se
podría entender reiteración tan contumaz en su puesta en
práctica. En cualquier caso, resulta bastante comprensible,
y no supone más que la aplicación al producto
cinematográfico de las reglas más elementales del marketing
publicitario: si quieres que tu artículo se venda, hazlo
atractivo.
Hay bien poco que objetar desde ese punto de vista.
Las objeciones pueden venir
desde otras perspectivas, que
son aquellas desde las que nos podemos (y debemos) situar
los receptores del producto y su correspondiente envoltorio.
Y también son bastante lógicas y elementales: señores
distribuidores, no nos gusta que nos tomen el pelo, y menos
aún si se hace con preme-ditación, alevosía e
intencionalidad bastante manifiesta. Se pueden asumir
argumentos del más variado tipo y pelaje para justificar un
margen de discordancia entre lo que el spot, con sus
limitadísimos veinte segundos, nos promete y lo que el film
anunciado en el mismo nos ofrecerá posteriormente;
admitamos, incluso, que
aun cuando tal intencionalidad no existiera, sería harto
complicado resumir y transmitir, en tan poco tiempo, el tono
y línea generales de la película en cuestión. Pero que a uno
intenten pasarle gato por liebre, y además impunemente, pues
qué quieren que les diga, como que no, que no cuela...
Otra
cuestión ciertamente llamativa, y respecto a la cual siempre
habrá quien se haga la pregunta, no por simple, menos
capciosa, es la siguiente: si tan repetido es el fenónemo, y
con tanta reiteración se produce, ¿por qué no aplicamos las
cautelas y prevenciones que corres-ponderían al caso?
Bastaría con ser lo suficientemente escéptico acerca de lo
que se nos muestra, acudir a otras fuen-tes informativas más
fiables –por su extensión, por su objetividad– y asunto
resuelto. Pero héte aquí que, en lo que respecta a esta
posibilidad, no hay peligro alguno para las responsables de
los dislates que aquí se denuncian, ya que éstas se limitan
a ratificar, una y otra vez, la certeza de ese viejo aserto
que dice aquello de que el hombre es el único animal que
tropieza dos veces (y dos mil, diría yo) en la misma piedra.
Vaya, que no tenemos arreglo, y, una vez pasado el berrinche
preceptivo, cuando comprobamos lo lejos que estaba la
película que acabamos de ver de lo que su promoción
televisiva parecía anunciar, ya estamos listos para, a la
próxima ocasión propicia, volver a picar en el mismo anzuelo
con delecta-ción y estolidez. Panfilillos que somos, me
temo, qué se le va a hacer...
En fin, amigos lectores, estas
líneas no pretenden ir más allá de la condición de
comentario jocoso acerca de un tema que, al fin y a la
postre, tampoco reviste mayor trascendencia –salvo que
queramos observarlo bajo el prisma de su significación
paradigmática, ya que ésta no deja de ser una manifestación
más de la consideración, y su consecuente trato, con que nos
obsequian los poderes económi-cos (o sea, los poderes): nos
tratan como a tontitos...–. Para los ya precavidos, no
supondrá más que la formulación, relativamente ordenada y
puesta en negro sobre blanco, de ideas y reflexiones que a
ellos mismos les habrán pasado por la cabeza en cuanta
ocasión se hayan encontrado con este fenómeno; pero para
aquellos –que, a buen seguro, alguno habrá por ahí suelto–
que nunca hayan reparado en ello, igual puede resultarles de
alguna utilidad, si a partir de ahora guardan alguna
prevención, aunque sea mínima, ante la publicidad televisiva
de las películas. Ya lo dijo el viejo profesor –que ése sí
que era sabio–: al loro, al loro...