
Aun admitiendo que no soy admirador de la magna trilogía dedicada
–con gran esmero– por Peter Jackson a “El señor de los anillos”, me
sigue pareciendo un dislate que los miembros de la Academia
estadounidense decidan (como siempre ocurre en estos asuntos,
misteriosamente de manera unánime) conceder todos los grandes
y pequeños premios Oscar® a “El
señor de los anillos: El retorno del rey”, el
desenlace del gigantesco proyecto de Jackson. Nadie me negará que no
suena a tongo que una película logre once de once. Más aún cuando la
película, en su estructura más o menos esencial, la saga se rodó de un
tirón, y los profesionales y su meritorio trabajo es el mismo en “El
señor de los anillos: La
comunidad del anillo” que en “El
señor de los anillos: Las dos torres” –no me privaré de
decir que para mí es la parte más brillante– y que, finalmente, en
“El señor de los anillos: El retorno del rey”.
Mi queja no obedece a intención alguna de pretender restar méritos a
“El retorno del rey” –y no mencionaré que Peter Jackson, según un
buen puñado de informadores, pretendía montar una película
sensiblemente diferente, y más larga, que la que finalmente se ha
exhibido–, sino a la de reivindicar tres películas excelentes, de las
que salen muy de tarde en tarde por el coso angelino: “Mystic
River”, “Lost in translation” y
“Master and
Commander: Al otro lado del mundo”, películas
inferiores en presupuesto pero muy superiores en cuanto a valores a
la fastuosa ilustración tolkieniana, y que se han tenido que conformar con
migajas.
Y si bien me alegro porque hayan premiado por fin a
Sean Penn –aunque
sea con uno de sus trabajos más tendentes a la sobreactuación–, lamento que se hayan quedado fuera premios para
Clint Eastwood o,
sobre todo, para Peter Weir, que ya acumula cinco candidaturas y se
vuelve a superar, película tras película, como para que no se recompense
públicamente. Tiempo le queda a Sofia Coppola para volver a
demostrar lo que ya ha dejado claro: que es uno de los nombres a
añadir a la lista de directores independientes estadounidenses con
ganas de decir cosas, y decirlas con criterio. Como probablemente le ocurrirá a
otros de sus compañeros de viaje –léase Paul Thomas Anderson–, quizá
no pueda volver a pasearse por la alfombra roja si no cede ante los
gustos estándar del marketing y de la adolescencia mental, pero tampoco
pasará nada.
Ya puestos a quejarnos por el reparto de premios, simplemente
señalar que la actuación de una ciudadana iraní llamada Shohreh
Aghdashloo estaba muy por encima de la pose de Renée Zellweger en
la gélida “Cold
Mountain”. Pero también la de Ben Kingsley
en “Casa
de arena y niebla” era mejor que la de Sean Penn. Son gustos, como
todo, y ya puestos, a mí también me habría gustado más que le dieran
un Oscar® a Bill Murray, sobre todo si Sean Penn no se atreve a decir
nada en contra de su gobierno, o en contra de la censura rastrera a
la que fue él sometido, como su amigo Tim Robbins. Al final, las dos
mejores actuaciones de la película de Clint Eastwood han sido
lanzadas por sus intérpretes a las turbias aguas de ese río místico
que gobierna George W. Bush.