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CRÍTICAS DE MATRIX RELOADED / REVOLUTIONS

Por Leandro Marques
Calificación:

El regreso del mito

  La primera fue un anticipo. La segunda, la confir-mación de que Matrix es mucho más que una pe-lícula, es la materialización en la pantalla de la últi-ma y máxima tecnología adaptada al lenguaje cine-matográfico. En medio de una época caracterizada por el despliegue infinito de recursos visuales en el cine, Matrix traspasó el límite de lo pensable, no sólo en cuanto a lo que efectos especiales y traba-jo con la cámara se refiere sino, principalmente, en cuanto a cómo eso repercute e inaugura nuevas po-sibilidades de imaginar un cuerpo confrontando con otro. "Matrix reloaded", por eso y mucho más, es sin duda una de las segundas partes más espera-das de los últimos tiempos. Pero tener una obra maestra como antecedente inmediato no la ponía en una situación sencilla ¿Cuánto más podía esperarse luego de la película ini-cial? ¿Cuánto sería justo pedirle después de que el impacto visual e incluso filo-sófico de la primera parte cambiara cabezas, modos de pensar, de personas en todo el planeta?

  Una primera cosa a resolver de antemano es la siguiente: Matrix es una trilogía cuya primera parte es inigualable y por lo tanto incomparable. "Matrix reloaded" es sólo su prolongación, la película que continúa el conflicto entre el hombre y la máquina que lo somete planteado en la cinta inicial. Como en aquélla, narrativamente la historia de la segunda parte es impresionante, los realizadores cuentan con un talento increíble para llevar al espectador al compás de su relato, invitarlo a ser parte. Tanto es así que la película termina cuando parece que recién está comenzando, y eso que dura casi dos horas y media. Los hermanos Wachowski revolucionaron el cine porque supieron entender que cada escena, cada tramo de sus películas debe aprovechar al máximo sus posibilidades visuales, estéticas y auditivas, y que éstas deben complementarse entre sí para, más allá de lo que se ve, cons-truir una atmósfera que diga algo más. Ésa es su riqueza artística incuestiona-ble, la fusión entre un todo visual explotado como nunca antes en el cine, y el poder de un algo más que se presiente en todo momento. Ese algo más, esa tensión invisible que transmite cada plano, es la esencia que transformó a Matrix en una saga de culto.

  Sin embargo, en esta segunda parte el guión no es del todo sólido, no profundiza tanto en los con-flictos interiores de sus personajes y, como era de suponer, deja un poco de lado sus componentes fi-losóficos para darle más espacio a las peleas y la acción. Esta elección queda demostrada en la ca-racterización del protagonista Neo, El Elegido, el ser predestinado a salvar a la humanidad. En rela-ción a la primera parte, el personaje interpretado por Keanu Reeves ha evolucionado de manera nota-ble, ahora es capaz de volar, de pelear contra centenares sin perder la calma, conoce sus ilimitadas posibilidades físicas dentro del mundo virtual de Matrix. No obstante, fuera de lo referido a estas destrezas, nada más parece haber cam-biado en su mente, o al menos el guión no se preocupa (o lo hace muy por en-cima) por sus conflictos internos, por  su modo de encarar la vida desde que en-tendió que su rol en el mundo había cambiado radicalmente.

  En la batalla por defender a Zion, la última ciudad humana, de un inminente y presumiblemente de-vastador ataque de las máquinas, sólo hay una es-peranza: Neo, secundado por su enamorada Trinity (interpretada por Carrie-Anne Moss, la actriz de o-jos más lindos) y por el líder Morfeo (Laurence Fishburne). La guerra tiene que acabarse, y quizás el camino a seguir para lograrlo esté dentro de ca-da ser, en la búsqueda de una verdad, de la res-puesta a una pregunta simple: ¿Cuál es la razón por la que cada uno de nosotros está aquí? Por supuesto que por fuera de este planteo hay una guerra, y eso quiere decir malos y buenos, odio y amor. Esta versión de Matrix está centrada en la confrontación constante. E incorpora nue-vos personajes a la lucha. Villanos y amigos. La mayoría de ellos son pintores-cos, como los gemelos contra los que combate Neo, como la mujer diabólica y hermosa (encarnada por Monica Bellucci) que le ayuda, o como el viejo cerrajero dueño de la llave al futuro, entre otros. Pero de todos los personajes secunda-rios, el más divertido de todos es el agente Smith, el mismo que Neo derrotó en la primera parte, ahora con la habilidad de multiplicarse en cientos de clones de sí mismo, todos unidos por el odio y los ánimos de destrucción de El Elegido.

  Los ritmos y la dinámica del film no ofrecen un espacio vacío, la trama avanza arrollándolo todo en su marcha. Dejando bien en claro en pantalla, una secuencia tras otra, el colosal presupuesto que dis-ponía y las capacidades creativas para bien aprove-charlo. De todas maneras, es Matrix. Y eso signifi-ca que no se trata de una simple película de cien-cia ficción sostenida en sus efectos especiales. Uno de los secretos del éxito histórico de las pelí-culas del género fue justamente utilizar los efectos no como un fin en sí mismos sino como una herramienta a través de la cual con-tar otra cosa. En Matrix, esa otra cosa tiene forma de signo de pregunta. Un sig-no de pregunta gigante que sirve también para definir un estado de la época ac-tual, abrumada por cuestiones de poder, control, significado. Ésa es la clave de Matrix: capta la sensibilidad de un momento de la humanidad. Esa interpelación a escala humana, como llave de acceso a la individualidad de cada uno, con la que es difícil no identificarse, funciona también en esta versión recargada de la saga.



Por Mateo Sancho Cardiel
Calificación:

Acción y poesía se reconcilian en "Matrix reloaded"

  Después de cumplir con sobresaliente la dificilísima tarea de reinventar la rea-lidad y, de paso, el concepto de cine con “Matrix”, los hermanos Wachowski “re-cargan” todo su potencial creativo para el cuadro central de un tríptico llamado a ser la gran experiencia de la ciencia ficción del cine de última generación. Su “Matrix reloaded” no sólo no decepciona, sino que consigue, a pesar de numero-sos y notorios errores, el asalto más absoluto al espectador para arrancarle la admiración, el entusiasmo y sumergirle en un frenético viaje en busca del más difícil todavía con sorprendente coherencia, con una reconfortante fidelidad al espíritu de la primera parte, sin renovación de fórmulas, pero sí con la exquisita sofisticación de todo aquello que hizo de “Matrix” una película de culto en el mismo momento de su estreno.

  La elegancia con que los hermanos Wachowski ponen a su servicio toda la poderosa maquinaria de la Warner Brothers para realizar el más estricto ci-ne de autor es el factor más sugestivo de esta pro-ducción en la que, a pesar de sus profundas heri-das en la estructura narrativa y de su indudable ten-dencia al exceso, las propuestas lanzadas de ma-nera diseminada son tan atractivas que impregnan toda la cinta de esa lírica, de ese magnetismo teñi-do de filosofía oriental que dan a la factoría “Matrix” su sello genuino e inimitable. Hipnóticas hipótesis acerca del origen del hombre, su libertad, su destino, de la búsqueda del conocimiento y la capacidad para amar son descubiertas con acierto en un tapete de lujo. Porque la apoteosis es-tética que supone “Matrix reloaded” nos ofrece una experiencia visual tan intensa que nos sitúa ante una obra pictórica más que cinematográfica, que aúna en sus fotogramas las tendencias más ultramodernas de las pasarelas de moda, la composición más primorosa de planos, la soberbia utilización del color, el abru-mador refinamiento de los escenarios y, por supuesto, el apocalíptico uso de las más avanzadas técnicas cinematográficas, que elevan la acción a la belleza ma-temática de una coreografía musical.

  El esfuerzo de creación de un universo propio se traduce, pasado el abigarramiento inicial y teniendo manga ancha con la alternancia entre la banalidad y la espiritualidad en sus diálogos, en un prodigio sensorial que envuelve, fascina, llena de euforia al espectador y lo voltea en un viaje en el que, al mo-verse según sus propias coordenadas, al inventar sus propias reglas, escapa con inteligencia de po-der ser juzgada por cualquier explicación lógica, consigue que el público otorgue su licencia para creerse (casi) todo lo que se pasee por la pantalla. Por su capacidad innovadora, por su argucia para crear un relato con aroma de leyenda épica, los hermanos Wachowski consiguen situar lo posible y lo verosímil a kilómetros de distancia, y levanta expectación desde ya por el desenlace en su tercera entrega, a pesar de que su concepción como trilogía desperdicia la gran oportunidad que tenía este apasionante relato de ofrecer un epílogo redondo, oscuro y desgarrado que, por exigencias del show bussiness, quedará, esperemos que aplazado y no desvir-tuado, en un próximo y ya rodado “Matrix”, y que es cambiado en “Matrix reloa-ded” por otro que empaña ligeramente lo que, hasta veinte minutos antes de ese “concluirá...”, era de una poética bellísima, casi magistral.


   

                               

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